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UN HOMBRE BUENO AL QUE MI PADRE ADMIRABA

Autor: José Antonio Gutiérrez Gallego

Probablemente haya personas más próximas, conocedoras y autorizadas para hablar de José Luis Capilla. Sin embargo, me resulta imposible resistir la necesidad de dedicar unas palabras a quien, además de haber sido un referente para nuestra comunidad, fue una buena persona cuya ausencia nos ha dejado sobrecogidos. A ello se suma la insistencia de una buena señora que acaba de cumplir sus primeros 97 años —mi madre—, que me ha animado una y otra vez a asumir esta tarea obligada y, al mismo tiempo, profundamente grata: escribir sobre alguien que es, en esencia, bueno.

Siento un profundo agradecimiento por su manera de ser, por su trato siempre impecable y por esa serenidad cálida que me supo transmitir en cada encuentro. Para mí, su cercanía ha tenido un significado especial, pero fue aún más valiosa la forma en que se relacionaba con mi padre: con un afecto sincero, constante y desinteresado. Ese gesto, repetido a lo largo del tiempo, dejó una marca imborrable en nuestra familia, porque no respondía a una simple cortesía, sino a una auténtica admiración compartida.

No es fácil ganarse el cariño generalizado de todo un pueblo y de toda una comarca; es un privilegio reservado únicamente a quienes, como él, logran trascender su figura pública y llegar al corazón de todos por su humanidad. José Luis lo hizo sin estridencias ni afán de protagonismo, simplemente actuando con naturalidad, coherencia y respeto. Por eso su pérdida pesa tanto hoy: porque quienes dejan una huella así no se marchan del todo, permanecen en la memoria colectiva, en los recuerdos que se comparten sin esfuerzo y con sincero afecto.

Desde hace mucho tiempo, José Luis ha representado para Don Benito una voz reconocible, cercana y profundamente respetada. Su presencia ha acompañado a varias generaciones, convirtiéndose en un referente cotidiano no solo por su profesionalidad, sino también por la confianza que transmitía a quienes lo escuchaban y trataban cada día. Era de esas personas que, aun sin proponérselo, forman parte del paisaje emocional de un pueblo.

Ha ocupado innumerables espacios en la vida diaria de la localidad, no solo por su labor como locutor de radio, sino también por su disposición constante a colaborar en todo

aquello que se le solicitaba, siempre sin excusas ni reservas. Su presencia era una constante: en actos, en iniciativas comunitarias, en proyectos que necesitaban una voz o simplemente una mano dispuesta a ayudar. Esa disponibilidad natural lo convirtió en una figura imprescindible, integrada en la vida de Don Benito de una manera que muy pocos logran.

Si hubiera que elegir una palabra para definirlo, sería “mesura”. Poseía esa rara virtud de abordar cualquier asunto —por delicado o polémico que fuese— con equilibrio, serenidad y una humanidad profunda que desactivaba tensiones y generaba confianza. Su forma de hablar, de escuchar y de posicionarse ante los conflictos lo convertía en un referente moral, alguien cuya opinión se valoraba tanto como su manera de expresarla.

Aún recuerdo conversaciones con él en las que compartía su preocupación por el clima de crispación que se instaló en la localidad tras los últimos movimientos políticos, tanto antes como después de las elecciones municipales. Su moderación y su saber estar le otorgaban una autoridad moral poco frecuente. Precisamente porque respetaba a todo el mundo, todo el mundo lo respetaba a él.

Cuando este año puje en el ramo de San Gregorio, buscaré su complicidad para lograr la puja de esos exquisitos dulces entre los que se encuentran, junto a los de tantas buenas mujeres, los de mi querida tía Reyes. Estoy seguro de que, allí donde esté, sonreirá al verme enredado en esa divertida tradición tan nuestra, diciéndole al turronero: “¡A qué se queda sin ellos!”

El autor del artículo y José Luis Capilla (der)

Hoy, al recordarlo, comprendemos con mayor claridad el valor incalculable de aquellas personas que, sin hacer ruido, sostienen la convivencia y construyen comunidad. José Luis, sin duda, forma parte de ese selecto grupo de ciudadanos comprometidos. Y su legado —hecho de voz, de templanza y de bondad— permanecerá largo tiempo entre nosotros.

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