Navidad, elecciones y el método olvidado de la transición
Por: José Antonio Gutiérrez Gallego.
Hay señales inconfundibles, ajenas al calendario, que marcan el umbral de la Navidad. No precisamos aguardar al 25 de diciembre; basta con ser testigos de la apertura de inscripciones para la ineludible San Silvestre, recibir la tradicional invitación para la presentación de la revista Caramancho o ver llegar la cortés solicitud de colaboración en el semanario Vegas Altas. Estos gestos anuales, convertidos ya en arraigadas tradiciones, son la verdadera bandera de salida que nos confirma que el espíritu navideño, ese que transforma nuestras rutinas y se despliega en cada rincón, ya ha comenzado a envolver nuestras calles.
Sin embargo, este diciembre trae consigo un ingrediente inesperado -aunque no inédito-: elecciones autonómicas en Extremadura. Unos comicios que, por razones políticas, han pasado de la tibieza primaveral al rigor del invierno. Y con ellos, la convivencia del lenguaje amable de la Navidad con el frentismo que domina el debate político actual. Dos mundos que parecen incompatibles: la cordialidad frente a la crispación, la ilusión frente al enfrentamiento.
Este contraste invita a reflexionar. Hace medio siglo, la toma de posesión de Juan Carlos I marcaba, para muchos historiadores, el inicio de la transición democrática. Si no fue el pistoletazo de salida, al menos supuso un cambio sustancial en la jefatura del Estado. En aquel momento, España vivía con expectación los cambios que podían llegar tras la muerte de Franco. Después de cuarenta años del fin de una guerra fratricida y de una larga y dura represión, el país se encontraba ante un escenario incierto. Había quienes habían combatido en ambos bandos, quienes habían sufrido en carne propia la división y la violencia. El riesgo de repetir aquella barbarie era real, pero el pueblo no quería volver atrás: ansiaba prosperidad, libertad y paz.
La transición no fue perfecta, pero tuvo algo que hoy parece escasear: método. Un método basado en la palabra frente al grito, en el respeto frente al desprecio, en la búsqueda del acuerdo frente a la imposición. Así lo recordó recientemente el rey Felipe VI en el acto de imposición del Toisón de Oro: “En tiempos en los que el desacuerdo se expresa con crispación, mirar hacia ese periodo puede servirnos, no para idealizarlo, sino para recordar su método: la palabra frente al grito, el respeto frente al desprecio, la búsqueda del acuerdo frente a la imposición. La democracia no es solo sus formas y procedimientos, sino la búsqueda leal y conjunta de aquello que sirva mejor al bien común”.
Estas palabras merecen ser escuchadas con atención. Porque la crispación y el frentismo no son síntomas de fortaleza democrática, sino de pobreza discursiva. Benefician únicamente a quienes fundamentan su existencia política en la demonización del adversario. Convertir la política en un combate permanente, donde el otro es siempre el enemigo, empobrece el debate y erosiona la convivencia.
¿Podemos recuperar el espíritu -o, mejor dicho, el método- de la transición? No se trata de idealizar aquel tiempo, sino de rescatar su esencia: la capacidad de escuchar, de negociar, de reconocer la legitimidad del otro. En definitiva, de entender que la democracia no es un ring, sino una mesa. Que el bien común no se construye desde la imposición, sino desde el acuerdo.
Si lo hiciéramos, quizá estas elecciones no empañarían el clima navideño. Quizá podríamos celebrar unas fiestas más parecidas a las que vivimos la mayoría de los años: con luces, con encuentros, con esperanza. Porque la Navidad, al fin y al cabo, es eso: un tiempo para la reconciliación, para la paz, para la palabra amable. Y no hay mejor regalo que devolverle a la política ese tono sereno que tanto necesitamos.
Mensaje del Rey





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