De la fragua de Ramón al eco del taller de Francisco
Autor: José Antonio Gutiérrez Gallego.
Hay lugares que no necesitan carteles para convertirse en el centro del mundo. Me lo recordaba hace poco mi buen amigo Juan Ángel Ruiz Rodríguez -guardián de la historia local- en su blog, La Fragua de Ramón.
En ese espacio digital, Juan Ángel rinde homenaje a su abuelo y a la fragua que regentaba en un rincón extremeño del pueblo de Cristina. Aquel taller, más que un ámbito de trabajo entre chispas, yunques y el resuello constante del fuelle, funcionaba como un verdadero foro romano en versión rural. No era solo un lugar de producción artesanal, sino también un centro de sociabilidad: allí los vecinos debatían los asuntos del día, cerraban tratos con un apretón de manos y compartían noticias y opiniones mucho antes de que existieran los telediarios.
Este espíritu de hermandad no era, ni mucho menos, patrimonio exclusivo de Cristina; en cada rincón de nuestra geografía latía un corazón similar. Sin ir más lejos, en Don Benito, la memoria nos devuelve a la mítica herrería del Maestro Elías en la calle Palomar. Allí, entre el ritmo del martillo y el yunque, se forjó una tradición que su hijo Carlos supo heredar con idéntica maestría, manteniendo vivo aquel refugio donde los parroquianos no solo buscaban un arreglo, sino el calor de la buena vecindad.
Pero no se crean que esa estirpe de «ágoras populares» se perdió con la última fragua. Lo que antes era la simple herrería, hoy ha mudado de piel, pero no de alma. Ahora, el santuario de la palabra se ha trasladado de la fragua al foso, y del herraje al cambio de aceite.
Lo comprobé yo mismo un viernes de este lluvioso mes de febrero, cuando una cadena de borrascas que parecía no querer cerrar la puerta del cielo. Fui al taller de Francisco, el marido de mi querida prima Isabel, un hombre de los que en nuestra tierra llamamos «aparente», según el léxico diferencial de Don Benito, del ilustre calabazón Manuel Casado Velarde, dicho de personas: gracioso y simpático, /…/ es un término arcaizante y no es de uso general en el castellano actual.
Llegué a la hora del cambio de aceite, y allí estaba el coche, listo sobre el elevador. Pero Francisco no estaba solo. Dos parroquianos, al calor de la faena, desgranaban lances de caza con el entusiasmo de quien relata una gesta épica. Al poco, la puerta dejó pasar a otro vecino que traía en la boca el aroma del campo; con un discurso bien hilado y cargado de razón, nos dio una lección magistral sobre cómo se queda la tierra después de tanta lluvia. Se notaba que sabía de qué hablaba, de esos hombres que conocen el terrón por su nombre.
Aquello era un no parar. Apareció un padre con su hijo y un cachorro de perro, un bicho juguetón que aún no sabía lo que era un rastro pero que ya protagonizaba las alabanzas de los presentes. Y, como si faltara un personaje para completar el cuadro, entró un habitual con su gorra calada, saludando con esa familiaridad de quien entra en su propia casa.
Lo curioso, lo verdaderamente hermoso de esta escena costumbrista, es el respeto sagrado al espacio. Francisco trabajaba entre llaves fijas y filtros, y aunque la tertulia hervía a su alrededor con expresiones tan de la tierra como: el marcador discursivo para expresar sentido de conformidad «cádace» o el escéptico «no me gusta cómo caza la perrilla» o la célebre exclamación de lo extraordinario «mucha vista», nadie invadía el terreno del mecánico. Había una frontera invisible, un código de honor entre el oficial y su «corte» de tertulianos.
Ya me lo había advertido mi muy admirado y buen amigo Emilio Ruiz -un hombre cuyo ejemplo, si yo fuera más aplicado, debería seguir con más tesón para mejorar como persona-. Él ya me había puesto sobre la pista de estas escenas cotidianas, contándome cómo algunos de sus conocidos buscaban en los talleres mecánicos no solo una reparación de vehículos, sino un refugio donde invertir sus horas de ocio en la mejor de las compañías.
Al salir de allí, con el coche a punto y el espíritu renovado, comprendí que la fragua de Ramón no ha muerto. Solo ha cambiado el olor a carbón por el de la mecánica. Porque mientras existan hombres como Francisco, habrá un rincón en nuestros pueblos donde la charla sea el mejor lubricante para la vida y donde, por un rato, el tiempo se detenga entre amigos.






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