TIEMPOS REVUELTOS
Por: Gregorio Gil Ruedas
“Nunca hubo una buena guerra o una paz mala”
Benjamin Franklin.
Político y científico considerado uno de los padres fundadores de los Estados Unidos.
Era algo esperada la intervención en Oriente Medio que vuelve a prender la llama de un nuevo conflicto bélico que añadir a los existentes. Nos acostumbramos a convivir con ellos, pero o nos interesan menos o nos caen muy alejados. ¿A quién le importa que Pakistán, que tiene armamento nuclear, se enfrente a sus vecinos de Afganistán a los que culpa de terrorismo en su territorio? Sí, la Afganistán de Bin Laden, donde muyahidines y talibanes expulsaron a rusos y americanos que abandonaron a sus habitantes propiciando un estado islámico. ¿Y la guerra de Ucrania? Tan cerquita, en suelo europeo, y que lleva cuatro años de muerte con más de 2 millones de víctimas y la destrucción de ciudades e infraestructuras. ¿Para cuándo la ansiada paz?
Hace tan poco que Gaza dejó las portadas de los informativos con el inestable acuerdo de un alto el fuego entre israelíes y gazatíes con Hamás de por medio -y que ya veremos lo que durará-, cuando la paciencia de Trump con Irán finalizó y soldados americanos con la colaboración de Israel, han atacado el país de los ayatolás, como ya ocurrió en Irak, y el territorio del Líbano en donde los israelitas persiguen deshacerse definitivamente de Hezbolá. Motivo: se acusa a Irán de exportar la revolución islámica chií, y de entrenar y mantener financieramente a grupos terroristas.
Las guerras sabemos cómo y cuándo empiezan, a veces también la causa o pretexto de la contienda, pero nunca sabemos cuándo y cómo podrán darse por finalizadas ni las consecuencias políticas, económicas y estratégicas que crearán. Y todo dentro del conjunto de tropelías y desmanes que la guerra acarrea a una población civil indefensa que engrosará el cuantioso número de víctimas inocentes.
La repercusión en los países de la zona ha sido inmediata con la respuesta rápida de un Irán contestón y bien armado que atacó países árabes cercanos y amigos de EEUU, colapsando el estrecho de Ormuz y cribando el paso de los grandes superpetroleros que conducen el crudo al resto del planeta. Todo lo cual ha resultado una inmediata bomba en el comercio mundial que ha disparado los precios y que constriñe la economía mundial, muy especialmente la europea tan deudora y necesitada del petróleo y del gas como principal fuente de energía.
¿Quién puede estar a favor de una guerra? ¿Y quién puede estar a favor de regímenes autocráticos? “Cabalgar con nuestras contradicciones”, que nos explicaba el otrora vicepresidente Iglesias. Difícil, cuando no imposible, elegir entre ambas. Pero sirve este nuevo conflicto en el Golfo Pérsico para desempolvar y sacar a la calle las pancartas del “No a la guerra” que tan buen provecho electoral brindó. Como si el solo hecho de decirlo fueran las palabras mágicas que hicieran desaparecer la cruel realidad.
En nuestro país, “esa España mía, esa España nuestra”, nos hemos significado al no permitir en la compartida base naval de Rota (Huelva) y la aérea de Morón (Sevilla) el abastecimiento de aviones intervinientes en las operaciones. Negativa española para el uso ofensivo que nos lleva a tensiones con el gobierno americano y que no sabemos qué consecuencias nos reportará. De todos son conocidas las notables discrepancias políticas de ciertos partidos que desde siempre ha conllevado nuestra pertenencia a la OTAN y la discutida participación en el presupuesto de defensa común con nuestros y aliados. Ahora, que la situación parece enquistarse -Irán ni es Venezuela, ni es Cuba- se ha pedido a los países aliados que colaboren en la apertura del estrecho y la respuesta conjunta de Europa ha sido unánime en su negativa.
La incertidumbre en la rápida resolución del conflicto ha repercutido de forma inmediata en la economía mundial y ha bastado una semana para que el litro de diésel pasara de no llegar a 1,30 euros a superar los 1,90 euros por litro lo cual supone aumentos superiores al 40%. Y todos los precios seguirán en distinta medida esta subida generalizada, con especial incidencia en energía -gas y electricidad-, transportes y alimentación, que de manera inmediata han sufrido la escalada de precios aprovechando la situación para obtener beneficios extras. Ya saben que “antes de que me lo suban, ya los subo yo que tengo prisa”.
Por distintos gobiernos europeos se ha procedido con medidas urgentes, ya empleadas en anteriores crisis: bajar los impuestos que gravan los carburantes y alimentos con el fin de moderar su impacto en los hogares. En otros, como el nuestro, se está pensando y repensando qué medidas tomar, en qué productos y porcentajes para así correr el tiempo mientras los ingresos aumentan. Si reciente está el 2022 en que ya se hizo y no hay que romperse tanto la cabeza. Habrá que esperar el momento en que les parezca oportuno a quienes han de decidirlo.
Y mientras se lo piensan, hablemos finalmente un poquito de lo nuestro. Extremadura sigue sin gobierno y Guardiola se ha visto rechazada en las dos primeras votaciones. Ahora bien, después de ambas negativas se adivina un horizonte distinto con el resultado de las elecciones en Castilla y León. La pequeña subida en escaños de los tres grandes partidos sumada al descalabro de la extrema izquierda gubernamental, abocan a PP y Vox a firmar sus pactos autonómicos, lo cual era y es lo más razonable con los resultados obtenidos en las tres autonomías. Y ahora llegará lo difícil: gobernar y convivir, que tampoco es mucho pedirles.
Y esto es una pequeña parte del todo por ahora. Ya saben que las cosas cambian de un día para otro y en su momento lo contaremos.




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