POSTULANTES
Por: Mariano Escobar Muñoz
Dama, dama, de alta cuna, de baja cama…
Los que me conocen un poco saben que soy un pueblerino de pura cepa que, mi nacimiento aparte, reúno un buen puñado de cualidades, unas congénitas otras adquiridas, para merecer el título, incluso con buena nota: la posguerra en mi pueblo, por las especiales características sociales de su pequeña población, fue el primer libro en el que aprendí a leer verdades que nunca, por nada ni nadie, tuve que rectificar; tan evidentes y verídicas eran y fueron.
Unos años después, entonces no supe con exactitud el por qué, una maravillosa canción de una no menos maravillosa cantante española decía cosas como, «en los palcos del real, los «tés» de caridad, jugando a remediar». Sin entrar en más jonduras, la primera de las muchas veces que la escuché, aquella canción me llevó al escenario donde yo había vivido en primera personita y en primera fila muchas secuencias de esa película que tanto marcó mi infancia y juventud.
En esto de bautizar a los niños y niñas que acababan de nacer las cosas han cambiado desde entonces, una barbaridad. En mi pueblo (supongo que en los demás las cosas serían más o menos) los niños eran bautizados cuanto antes porque, por razones obvias, algunos fallecían al poco de nacer con lo que, si eso sucedía, tendría que cumplirse aquel refrán incalificable que decía, más o menos, que, «el que tiene padrino, se bautiza, y el que no, se queda moro», y aunque el sentido real fuera otro, eso, jamás, cualquier cosa, menos moro, por mucho que aquellos ayudasen a ganar la guerra a los nuestros. Fuera por eso o porque la cosa era poco digerible, luego resultó que los niños que fallecían sin recibir el santo sacramento no tenían nada que ver con las cosas de la morería y se les buscó un acomodo igualmente intragable pero menos rasposo para gargantas delicadas que se llamó el limbo. Allí sí cabía todo hasta encontrar algo más fumable.
Por aquellos tiempos, la lengua popular llamaba al sacramento de marras «sacar de pila» bautismal y se supone que eso era un elemento fundamental en todos esos episodios, razón por la cual, a falta de voluntad propia, por razones más que evidentes, la familia buscaba u ofrecía al mejor de los padrinos (y madrinas) posibles que tenía la potestad de imponer el nombre al nuevo personaje, además de sufragar el traje el ágape o lo que fuera en la fiesta de alistamiento del nuevo soldado de cristo, cuando había un mínimo de posibles, porque de lo contario, la cosa no pasaba del nombre y a chutar.
Las «damas» postulantes del bando ganador de la guerra, aprovechando cercanías o algún tipo de parentesco, por muy lejano que fuera, se ofrecían a lo que consideraban una de las más rentables obras de caridad de aquellos tiempos de posguerra y no solo por las indulgencias, bulas, privilegios y beneficios que llevaban aparejados los ejercicios de la caridad bien entendida sino por lo que suponía ser padrino (o madrina) sin mayores inversiones ni responsabilidades.
A pesar de ser un pueblo pequeño, recuerdo algunas veces haber visto a alguna dama engalanada salir de la misa del domingo y, libro misal y rosario de lujo en manos enguantadas, velo (¡velo, sí, he dicho velo!) negro y alta peineta, dirigirse a la casa del recién nacido cuando ya era oficial quien iba a ser la madrina en el próximo bautizo. En asunto de tanto fuste, todo debía estar bajo control
Leo uno de estos días en la «canallesca» que doña Margarita Robles, esa mezcla impagable entre señorita Rottenmeier y conventual madre superiora, cual dama postulante del gobierno de España, viaja a Ucrania cargada de regalos armamentísticos (eso sí, exclusivamente defensivos o como mucho para matar rusos o ucranianos separatistas del Dombás que, como todo el mundo sabe eran malos, de lo peor, no como los de aquí que son buenos, de lo mejor, cuando apuntalan al gobierno progre) para sacar de pila a algunos soldados ucranianos y así arrancarlos de las garras de la Rusia satánica que los quiere moros de por vida y me acuerdo, no solamente por su enorme parecido físico, de una tía política que marchó con su familia a una muy grande y lejana ciudad de nuestra geografía a mediados de los años cincuenta del siglo pasado; allí les fue relativamente bien y, años después, cuando empezaron a volver unos días en verano, mi tía venía con un saco lleno de ropa usada para mí y mis hermanos, cosa que no venía nada mal; ella misma hacía el reparto con su inefable capacidad para hacer justicia y sentido para dar a cada cual lo que más le convenía y gracias a una de sus prendas, los dos hermanos mayores nos ganamos, por un tiempo, el mote de «los tíos del pasquín». Pero eso será asunto para otra batallita del abuelo cebolleta.
Doña Margarita se pone a la tarea, según las órdenes del progre(sista) presidente del Gobierno que disfrutamos sin merecerlo, y en sus tés de caridad gusta de jugar a remediar a su modo. Ante la falta de capacidad para proponer negociaciones e ir contra la guerra, contra todas las guerras (eso es cosa de personajillos como el primer ministro pakistaní, a buen seguro, moro, musulmán y sunita, ¡horror!) los progres españoles mandan a uno (o una) de sus figuras a soplar las brasas con regalitos de armamento ya desclasificado, retirado y demodé, como la ropa de mi tía; no lo dicen las crónicas y por tanto no lo diré yo pero, a buen seguro que, entre «Ucrania a formar parte de España (pero el Sáhara, no)», ofrendas florales por los soldados caídos contra los separatistas prorrusos, Orden de la princesa Olga (¿?) en su grado III, «estando en el lado correcto de la historia, estamos al lado de los ucranianos y sus valores democráticos», habrán pagado el ágape del bautizo de algunos niños ucranianos en acto solemne en la catedral de San Miguel de las Cúpulas Doradas además de invitarles a pasar unas vacaciones con sus mamis en residencias militares españolas (sic). No parece lo mismo que hace este gobierno con esos peligrosos moros y negratas que vienen del Sur para robarnos, violarnos y quedarse con todo lo «nuestro».
Para que luego diga el loco del pelo rojo (o naranja) que no gastamos lo suficiente en el sostenimiento del Sistema, en la defensa de la democracia y las libertades y el orden internacional; como diría el futbolero Luis Enrique: «es que no tienen ni puta idea».
Margarita Robles en Ucrania.






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