Gallardo julio 2025

EL PRINCIPIO DE LA INCOMPETENCIA

Por: Mariano Escobar Muñoz

Tras las elecciones municipales de 2003 tuve ocasión de escuchar de boca de un (por entonces) muy conocido socialista del lugar: «Si en Villanueva de la Serena, el psoe pone una cabra en la cabecera de la lista, también arrasa». Doce años, tres mandatos (exactos) después fui testigo del comentario de un conocido (por entonces) serón con el que se explayó, tal vez sin la menor intención, y desveló un misterio al que poca gente encontraba explicación y que me temo haber referido en alguna ocasión: tras poner a escurrir al señor Gallardo Miranda, alguien presente preguntó que entonces a quién votaría él, a lo que contestó, como si acabara de comerse unas migas con torreznos: «pues a Gallardo; porque, lo dice todo el mundo, es el que va a ganar».

En las vísperas de la pasada Navidad había dos elementos que marcaban las expectativas más quiméricas y encontradas: la casi seguridad de que, otra vez más, no nos iba a tocar el gordo de la lotería, la casi seguridad de que el socialista Miguel Ángel iba a recibir la mayor bofetada electoral que casi nadie, en su partido, tuvo la decencia de evitarle.

Los ilustrados nos dicen que, allá por los últimos años sesenta del siglo pasado, un listo e ilustre desoficiado llamado Pedro, pero en la lengua del imperio, elaboró una sátira que, tanto acertó, tanto se acercó a la realidad en sus aplicaciones que pronto adquirió la categoría de teoría y hasta de principio. Principio de la incompetencia.

Y es que «si en cualquier jerarquía (empresa, partido político…) una persona es promocionada por ser eficiente en su puesto actual hasta llegar a un puesto para el que carece de las habilidades, capacidades o competencias necesarias», resultó, muy difícil que nadie tuviera el atrevimiento para creerse fuera del alcance de tan largos e incontestables tentáculos. Como dice el castizo: ni dios se escapa a esta hidra.

La campaña electoral resultó ser la más divertida que se recuerda y dicen que hasta hubo apuestas (ilegales, por supuesto) en quien adivinaba la siguiente ocurrencia del candidato socialista a presidir la Junta de Extremadura. Desde el primer día dicen que dijo aquello de «dejadme solo» y fue elaborando una divertida contracampaña que ni el más furibundo de sus rivales se atrevió a intentar.

Para empezar, algún enemigo, que al parecer también los tiene, debió inventarle un lema electoral que, como decía Alfonso Guerra con la papeleta sobre la OTAN que habría que acudir a la Guardia Civil a preguntar qué hay que votar para no incurrir en alguna falta grave.

¿Qué tendría escondido el lema del candidato del partido socialista? Algo raro, se decía, porque cada vez que intentaban que alguien cercano, mucho más sabio en estas cosas del lenguaje, aclarase la conjugación electoral del verbo hacer (tan castizo, proletario y familiar), la que hacía el señor Gallardo en su brevísimo saludo para pedir el voto, los interpelados respondían, invariablemente, como a un chiste bueno; cuando acababa la risa, algunos explicaban: «como en una famosa marca de pizzas, el secreto está en el LO»; la evidencia de que pedir algo ya era demasiado.

Resulta elemental deducir que, Peter, en la elaboración de lo que luego resultó su tan reputado principio no pudo inspirarse en nuestro personaje, por puritita razón de incompatibilidad temporal, porque hubiera estado chupado; pero el tío lo clavó, eso hay que reconocerlo.

Lo más gordo de todo del chascarrillo que supuso la candidatura de este personaje es la infinita desfachatez e ignorancia con la que hablaba y prometía los servicios públicos y su necesaria mejora, la que llegaría, si la moneda hubiera caído de canto esta vez; su nivel de competencia, el que creía tener abrazado por tanta loa, tanto aplauso que provocaba una tan dura amnesia sobre su paso por la alcaldía de Villanueva de la Serena. No hubo un alma caritativa que le dijera, en su lenguaje electoral: «recuérdalo o te lo recordarán». Y mira por donde, a un mes largo de la debacle se lo vamos a recordar muy brevemente, que la leña del árbol caído calienta menos de lo justo: pocos dejarán de reconocer que, en el asunto de los servicios públicos (en los demás, también), hubiera sido mucho mejor candidato del PP.

Al poco de su primera mayoría absoluta y cuando todavía andaba algo atribulado pillándole el truco a las dimensiones del sillón presidencial cuando, un día, su musa fluvial, la sirena del Guadiana, se le presentó como si fuera un pastorcillo de Fátima y le ilustró sobre las modernas versiones de los servicios públicos, esos que, como el dinero de los impuestos (según el PP), está mejor en el bolsillo de los ciudadanos y no en las arcas públicas, el estado natural de los servicios públicos es privatizados.

Y claro, entre los consejos de su secretaría particular y las luces de su virgen/sirena se pusieron en marcha  sus ilimitadas capacidades (y competencias) concibiendo su primera gran obra: la privatización del servicio de agua potable para Villanueva de la Serena, todo un regalo para los miles de villanovenses y que consistió, básicamente, en que los recibos del agua, por arte de birlibirloque multiplicaron por dos su cuantía, de una sola tacada: «privatízalo o lo privatizarán».

Desde entonces ya todo fue un no parar con actuaciones de este tipo.

Como, y gracias a la influencia de la sirena de agua dulce, el tema del agua era muy querido para él, un día le informaron (es un decir) sobre la necesidad de corregir algunos problemas que habían aparecido en el depósito del agua que precisaba de reparaciones lo que, entre pitos y flautas, suponía un gasto de unos dos millones de euros.

Pero en lugar de incluir el gasto en el presupuesto municipal (con lo que cada ciudadano aportaría según su nivel de impuestos), el lumbreras imperativo hace tabla rasa y establece una cuota añadida de 2,5 euros en cada recibo trimestral hasta el año 2033 haciendo bueno aquello de que, para recibir, no, pero para pagar todos somos iguales; o que para el asfaltado de una calle, el proyecto no se incluyera en el presupuesto de inversiones sino que se costeara a partes iguales entre todos los vecinos de la calle.

Allá por el año 2017 siendo concejala por Izquierda Unida Encarna Muñoz Bláquez, persona que, sin la menor intención ni esfuerzo para ello, parecía tener una extraña habilidad para sacarle los colores al frustrado presidente de la Junta de Extremadura, la misma habilidad que, por otra parte mostraba Gallardo para meterse él solito sin que nadie le empujara en los charcos más variopintos.

Esta buena señora presentó en el pleno del mes de abril una propuesta sobre la viabilidad, necesidad y conveniencia de que Villanueva de la Serena tuviera unos servicios funerarios municipales. En dicha propuesta la concejala Muñoz aportó estudios previos con datos sobre los lugares, ciudades como la nuestra, incluso capitales de provincias que ya lo tenían establecido.

En esta ocasión no precisó de ayudas de jefaturas de gabinete de alcaldía y se atrevió con la respuesta inmediata en la que volvió a quedar meridianamente clara la fobia que siente el personaje por todo lo que huela a servicio público, camuflándose de economista ultraliberal, capitoste del FMI o tertuliano de la COPE, y afirmando de cosecha propia y sin chuletas que no iba a ser posible porque sería hacer competencia desleal a las empresas privadas; como la sanidad o la educación públicas haciendo competencia desleal a las privadas y suponiendo un estorbo para el sacrosanto negocio privado.

Pues este es el personaje que quiso empujarse a otro nivel más unos escaños más allá desde su primera promoción hasta su nivel de incompetencia. Y como Roma no paga traidores, nadie le avisó de que llevaba mucho tiempo por encima de la evidencia que diagnosticó míster Laurence J. Peter.

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