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Especial Navidades 2025

POR EL CAMINO MACHADIANO

 

Por: Manuel de Jesús Gallego Cidoncha

Se cumplen en estos días otoñales cincuenta años de mi fructífera relación literaria y humana con el escritor Antonio Machado. Empecé a conocerlo en profundidad en Cáceres, en la antigua Facultad de Filología (Colegio Universitario de Filosofía y Letras), adscrita ya entonces a la Universidad de Extremadura. El anfitrión fue el catedrático Ricardo Senabre Sempere, profesor de la asignatura denominada Crítica Literaria. Gracias a él, a su erudito conocimiento en dicho campo, a sus extraordinarios recursos comunicativos y, sobre todo, a su meticulosa habilidad para iluminar y esclarecer la compleja comprensión de los textos, pude asomarme y ver la profundidad conceptual y poética que había tras la cadenciosa y emotiva música que creó el cantautor Joan Manuel Serrat para divulgar y ensalzar parte de la obra de un escritor tan relevante y admirado en Las Letras Españolas.

Sí, avanzaba el otoño de 1975 (etapa significativa de la historia reciente de España) cuando una mañana de octubre llegó Senabre al aula y, tras el protocolario saludo, empezó a leer el poema titulado A José María Palacio (Campos de Castilla), carta en verso fechada en Baeza el 29 de abril de 1913. Aunque dicha lectura, en principio, poco emocionó mi interior y poco iluminó mi pensamiento (tan disperso me encontraba entonces en el ámbito educativo y tan desligado, en consecuencia, del territorio poético), momentos después, sin mediar preámbulos, su extraordinaria capacidad persuasiva fue envolviéndome (durante varios días, “golpe a golpe, verso a verso”) en un proceso didáctico tan cautivador, tan conmovedor en la comprensión del aspecto temático, tan hábil y certero en el esclarecimiento de la estructura métrica y formal del texto, tan sugerente en la interpretación de la simbología lírica y, sobre todo, tan impregnado de fervor y pasión literaria, que jamás, pese a la enorme distancia de las cinco décadas transcurridas, he sido capaz de olvidar su efecto catártico en mi interior. Tanto me sobrecogió el comentario de dicho poema en aquellas circunstancias de mi vida, que puedo afirmar, sin lugar a dudas, que en la asistencia a aquellas clases y en la disección de aquel texto tan magistralmente comentado, sitúo la fuente donde empecé a degustar el sabroso fruto lírico y, sobre todo, donde nació la luz referencial que ha abastecido y orientado mis afanes pedagógicos durante toda mi trayectoria docente.

En efecto, nunca he olvidado aquella lección magistral de don Ricardo Senabre. Siempre ha permanecido en mí el poso emocional de aquel poema en el que Antonio Machado evocó Soria desde el sur andaluz de Baeza, y preguntó, henchido de nostalgia, si ya en aquellas fechas, la primavera empezaba a regenerar la vida en el frío manto de su estepa (“Palacio, buen amigo, / ¿está la primavera/ vistiendo ya las ramas de los chopos, / del río y los caminos?”) ¡Cuánto me sobrecogió que, movido por su profunda afectación a causa de la temprana muerte de su joven esposa, y consciente de que la Primavera (con mayúscula) había sido capaz de engendrar vida en un olmo viejo y seco (“hendido por el rayo/ y en su mitad podrido/ con las lluvias de abril y el sol de mayo/, algunas hojas nuevas le han salido”   Campos de Castilla, CXV A un olmo seco), pidiera a su amigo que fuera al cementerio de El Espino, para depositar unas flores y verificase si, por fin, ya se había producido el milagro creador en la tierra que abrigaba sus restos! Era evidente, como bien apostillaba Senabre, que, aunque la esperanza enajenaba al poeta, también alentaba y daba sentido a su existencia de una forma parecida a la quedó inmortalizada en el extraordinario poema CXXII de Campos de Castilla (Col. Austral): “Soñé que tú me llevabas/ por una blanca vereda/… Sentí tu mano en la mía/… tu voz de niña en mí oído/… Eran tu voz y tu mano / en sueños, tan verdaderas!… / Vive, esperanza, ¡quién sabe / lo que se traga la tierra!”.

Así pues, cincuenta años llevo transitando por el camino machadiano. En el desarrollo de este tiempo he degustado tanto y tan frecuentemente sus parajes, me he nutrido con tanta avidez en sus fuentes vitales que, como es fácil suponer, buena parte de su legado (literario y humano) inspira y conforma ya, de manera intrínseca, mi pensamiento y mi actitud de vida. A consecuencia de ello me siento un deudor más de Antonio Machado, de ahí que exprese públicamente, en este artículo, mi adhesión al extensísimo grupo de personas que, durante todo este año, han celebrado con satisfacción y gratitud el CL aniversario de su nacimiento. En unión de todas ellas, ondeo, con mi palabra, la bandera machadiana a la que, por falta de espacio, solo adorno con los siguientes conceptos o símbolos poéticos:

1.- “Caminante, son tus huellas/ el camino y nada más”. (CXXXVI Campos de Castilla; Proverbios, XXIX. Col. Austral).

Para Machado, la vida humana es sinónimo de camino. Si con anterioridad secular (siglo XV), Jorge Manrique nos había inculcado el tópico de que la vida es un río que va “a dar en la mar” (muerte) donde fenece y se sumerge en el olvido, Machado refuerza esta idea de tránsito y pérdida inexorable con un matiz muy perspicaz y acertado: la huella que deja el caminante. Esta marca dignifica, sin duda, la acción humana; aún más si es profunda, pues su señal persistirá en la memoria colectiva contra viento y marea (“Caminante no hay camino/ sino estelas en la mar”). Es decir, Antonio Machado dota a la metáfora manriqueña de sentido ético, pues nos exhorta a fortalecer nuestra voluntad de caminar por la vida realizando acciones nobles de manera altruista.

2.- “Españolito que vienes/ al mundo te guarde Dios. / Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”. (CXXXVI Campos de Castilla; Proverbios, LIII).

El contenido de estos versos, inmortalizados por la música de Serrat, constituye, también en el siglo XXI, un firme e incuestionable “aviso a caminantes”. Aunque Machado predijo esta situación en una obra publicada al menos dos décadas antes de la última guerra civil española y su mensaje noventayochista caló muy poco en aquella España cainita de La II República (él, incluso, murió desterrado en el exilio), la semilla de la solidaria advertencia sí arraigó en la esperanzadora restauración democrática de La Constitución de 1978, de ahí el progreso económico, social y cívico tan extraordinarios que ha experimentado nuestro país en las últimas décadas. Ante tal evidencia, urge continuar ondeando el proverbio machadiano con fuerza y constancia, no vaya a ser que, en esta sociedad actual tan polarizada, esta dramática advertencia deje de constituir el luminoso faro cívico que nos alerta y conciencia del ingente perjuicio y doloroso daño que causa una guerra fratricida.

 

3.- “… Seca, Dios mío, / de una fe sin amor la turbia fuente.” (CXXXVII Campos de Castilla; Profesión de fe)

La apelación a Dios fue frecuente en la poética machadiana. “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye, otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.” (Campos de Castilla, CXIX). Machado cree en Él y lo busca con decisión: “Así voy yo… / pobre hombre en sueños, / siempre buscando a Dios entre la niebla” (Soledades, LXXVII). Lo encuentra esencialmente en la misericordia de Cristo: “Yo amo a Jesús, que nos dijo:/ Cielo y tierra pasarán” CXXXVI, Campos de Castilla; Proverbios XXXIV); y en la fraternidad y en el amor al prójimo, pues la acción ejemplar de Cristo vivo sí constituye y enardece su canto: “No puedo cantar ni quiero, / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!” (CXXX Campos de Castilla; La Saeta). También lo halla en su interioridad, en su corazón: “Anoche, cuando dormía, / soñé, ¡bendita ilusión! / que era Dios lo que tenía/ dentro de mi corazón” (Soledades, LIX). En suma, Machado cree en un Dios vivo con quien sabe que, sin duda, se encontrará tras la muerte: “Converso con el hombre que siempre va conmigo/ -quien habla solo espera hablar a Dios un día” (XCVII, Campos de Castilla; Retrato)

4.- “Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre». (Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo) “La verdad es la Verdad, la diga Agamenón o su porquero”.

La obra de Machado está impregnada de valores morales y éticos. Entre tantas frases y versos que pueden acreditar esta opinión, he elegido estas dos expresadas por Juan de Mairena, su heterónimo, porque son dos ejemplos nítidos de la profundidad de su pensamiento, y justifican, sobre todo, la autenticidad de su modesta actitud de vida. Las uno en este cuarto concepto por la sencilla razón de que ambas entrelazan y manifiestan, en su significado esencial, que la valía de la persona, su esencia, se cimenta y asienta esencialmente en su interioridad cuando en ella florecen con exuberancia atributos morales como la dignidad, la integridad, la empatía y solidaridad con el prójimo, la generosidad, la fortaleza ante los embates del mundo o la vida, etc. Solo este tipo de valores enriquece de verdad a la persona y muestra su verdadera dimensión personal y altura o categoría humana. Como bien nos enseñó Machado, conviene no confundir… valor y precio.

 

5.- “Soy clásico o romántico? No sé.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, / pero mi verso brota de manantial sereno/ y más que un hombre al uso que sabe su doctrina, / soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.” (XCVII, Campos de Castilla, Retrato)

Este quinto concepto o rasgo simbólico que integro en la bandera machadiana refuerza el criterio ético-moral del apartado anterior, pues añade un matiz significativo en los beligerantes y conflictivos tiempos que hoy vivimos. Machado, como manifiesta en el primer verso, conoce bien su ideología, pero no se siente mediatizado, ni adoctrinado, ni supeditado a ella. Es, pues, una ideología razonada, en absoluto dogmática, pues esa actitud no sería coherente con una respetuosa relación con el oponente o adversario, que, al mismo tiempo, es su prójimo: “No es el yo fundamental/ eso que busca el poeta, / sino el tú esencial” ((CLXI Campos de Castilla; Proverbios, XXXVI). Sin duda, Machado respeta al prójimo como bien atestiguan diferentes proverbios: “Busca a tu complementario, / que marcha siempre contigo/ y suele ser tu contrario” (CLXI Proverbios XV), “Enseña el Cristo: a tu prójimo/ amarás como a ti mismo, / mas nunca olvides que es otro” (CLXI Proverbios, XLII). Sí, Machado respeta al contrario, porque sabe que la verdad es compartida; no es exclusiva de uno u otro: “¿Tu verdad? No, la verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela. (CLXI Proverbios, LXXXV). ¡Qué actitud vital tan diferente, tan alejada de algunos postulados ideológicos actuales, excluyentes, cainitas, que exigen, con bastante vehemencia, respuestas y alineamientos sociales, culturales o políticos tan antagónicos, tan polarizados respecto a los que manifiesta y siente el contrario, el otro, el prójimo!

Así pues, en virtud de estas consideraciones, ¡cuánto beneficio vital me ha proporcionado caminar por el camino machadiano y adentrarme en sus llanuras, profundidades y recovecos! A través de “las colinas doradas, los verdes pinos y las polvorientas encinas”, yo también he ido, como él, “soñando caminos de la tarde”. Como él, también he ido “cantando, viajero a lo largo del sendero”. Y ahora, igual que a él, también “la tarde más se oscurece;/ y el camino que serpea/ y débilmente blanquea/ se enturbia y desaparece”. / “¿Mi hora? …. El silencio me responde:” No temas; / tú no verás caer la última gota / que en la clepsidra tiembla. / Dormirás muchas horas todavía/ sobre la orilla vieja, / y encontrarás una mañana pura, / amarrada tu barca a otra ribera.”  (Soledades)

Amigas y amigos lectores, feliz año 2026.

 

Manuel de J. Gallego Cidoncha

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