“Dulce Navidad”
Por: Alfonso Calvo Tapia.
Me ha pedido Carlos una colaboración para este especial de fin de año, donde lo más lógico sería centrarlo en todo aquello que rodea a la Navidad y las buenas intenciones que se supone debemos tener durante estos días… Pero, aunque sinceramente confieso que lo he intentado, a estas alturas de mi vida no soy capaz de ser hipócrita, y si nunca he sido partidario de estas fechas, más que nada por el postureo que impera en el personal, ahora, a mi edad, que ya camino cuesta abajo y sin freno, como comprenderán, no voy a cambiar de parecer.
La situación me recuerda a finales de marzo del año pasado cuando pase a engrosar la abultada fila del jubilado y todo el mundo te daba primero la enhorabuena y después adornaba la felicitación con alguna frase maliciosa dando a entender “la buena vida” que me iba a pegar o “el viajero impenitente” en que seguro me iba a convertir… Como si ser jubilado conllevara tener en el bolsillo un pasaje de avión permanente y vitalicio. Debe ser que, como ya saben, me gusta ir a la contra, pero mi rutina actual, es verdad que es mucho más dichosa que tener que tragarme diariamente en papel impreso o en pantalla de ordenador una sarta de mentiras confeccionadas desde una institución pública para consumo común del currito de turno, y por esa condición implícita que lleva aparejado todo funcionario que se precie, no poder decir más de lo preciso, ni en la barra del bar ni en reunión familiar, midiendo siempre las palabras. Evidentemente eso en la actualidad no pasa, tanto porque he perdido esa condición de funcionario o por estar ya de vuelta de tó.
Las cosas se ven de otra manera. Con un prisma diferente. Al desnudo. Sin hipocresía. Por eso -y aquí quería llegar- quizás la otra mañana, en uno de esos paseos frioleros y matinales que regularmente hago para intentar engañar al cuerpo, y una vez que quedé hastiado de los sesudos análisis radiofónicos de los que me empacho diariamente, me dio que pensar en una noticia que había escuchado casi de respajilón y que nos contaba que en Estados Unidos, ese grandioso país -dicen-, había 350.000 personas que carecen de hogar y mal viven entre la calle y los albergues; o esa otra donde me contaba que en el Ayuntamiento de Madrid se toman medidas para apartar a esa gente de los lugares más turísticos de la ciudad… Y me siento culpable, o eso creo. Porque me reconozco mirando para otro lado, como si quisiera dar la razón a las autoridades madrileñas, y supongo que a todas las autoridades de cada una las ciudades de nuestro país; me reconozco decía, cuando en mi pueblo veo a alguien pidiendo a la puerta de un super, tocando en mitad del acerado para ganarse unos euros, con vestimenta ajada y escasa para combatir el frío y me pregunto: ¿Cómo hemos podido llegar a esto? ¿Cómo se puede vivir sin tener un poquito de conciencia de clase? ¿Como nos resignamos sin alzar la maldita voz a que medio país viva resignado durante toda su vida a no poder tener una vivienda por los precios inalcanzables que la casta política ha tenido a bien fijar?
Y a mí me da igual, repito que ya estoy de vuelta y el holocausto habitacional, y quizás también del otro que se avecina, me va a coger descansando de por vida, pero veo demasiada complacencia en los realmente afectados, si acaso una frase de cabreo en la red social de turno, o una queja en la terraza del bar con un tubo de cerveza de por medio…
Ahora, en estas fechas, al parecer lo que toca es cerrar la boca y disfrutar el alumbrado navideño, con casi un millón de puntos de luz y no sé cuántos cientos de miles de euros; del chocolate con churros, gratis total, como está mandado; de la consabida comida de turno con los colegas, con los compañeros de trabajo, con las amigas de pilates, con los compañeros del gimnasio o con los vecinos de la esquina, el caso, al parecer es socializar con quien haga falta y, eso sí, prohibido hablar del trabajo, de la religión y de la política que por lo visto es la mejor manera de socializar… Sera por eso, o porque como ya he dicho, vengo de vuelta, este año me he permitido el lujo de decir que no a la media docena de “invitaciones” que me han llegado. Mi economía me lo agradecerá, pero sobre todo mi mente.
Salud.




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