PALABRAS DE A CUARTERÓN
Por: Mariano Escobar Muñoz.
Me declaro bastante escéptico en relación con las tantas y tantas maravillas de la modernidad que nos meten en la cabeza a martillazos, y a veces, hasta con cuña a modo de anestesia, hasta el punto de que me gusta poder afirmar que en la wiki está todo aquello que no sirve para nada. No negaré, faltaría más, que, en la enciclopedia más «proleta», también hay cosas, sobre todo datos, que sirven para dar un ligero valor a nuestras opiniones, tanto que, para zanjar discusiones bizantinas no es infrecuente tirar de internet y aceptar que aquel gol lo marcó aquel futbolista en aquella fecha y en aquel partido precisamente; una de las acepciones de la palabra cuarterón es la que intento aplicar a estas líneas.
El caso es que, en mi pueblo y en mi infancia había (alguien empezará a preguntarse si en mi pueblo faltaba algo aparte de personas) un tipo grandullón, ya por aquel entonces bastante mayor, del bando ganador (era más que evidente, mejor no preguntarme por qué) que tenía una forma de hablar que a mí me parecía peculiar porque entre los escasos cientos de personas del pueblo no había nadie que hablara como él: parco en palabras, rotundo en sus afirmaciones, tanto que a mí me parecían órdenes, o campanazos de la campana grande de la torre de la iglesia y ocurrencias a lo Juan Palomo: él soltaba la gracieta y él mismo se la reía y no recuerdo, en toda mi infancia discusión alguna con nadie. Le decían de mote, nunca por delante, siempre por detrás, «palabras de a cuarterón». Muchos años después empecé a entender ese otro por qué aunque, a buen seguro se fue al otro barrio sin saber cómo le citaban cuando no estaba presente. Un día, entré en la wikipedia y me llevé una gorda decepción pues si un cuarterón equivale, como medida de peso, a un cuarto de libra, yo había vivido en la inopia (una más) creyendo que las palabras de aquel personaje debían ser, al menos de una arroba. Cosas de críos.
Muy a finales de octubre de 2024 se produjo en algunas zonas de la Comunidad valenciana un desastre natural que provocó, entre otras tragedias, la muerte de 238 personas según datos oficiales; un desastre natural, porque la naturaleza reaccionó con violencia inusitada contra el maltrato a que la sometemos continua y permanentemente, pero cuyas causas y responsabilidades no quedaron (ni quedarán nunca) debidamente acotadas. Lo que suele llamarse un deshonroso empate a nada.
Unos días más tarde, el presidente del gobierno de España acudió, con un séquito faraónico, a la remota ciudad de Bakú, capital de Acerbaiyán, uno de los países más importantes del mundo en la producción de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas natural, una pareja más que sospechosa en el cambio climático, según los ecologistas de campanario; sí, de campanario, con minúscula. Una decisión, la de la ubicación de la COP 29 de la ONU, sí hombre, la ONU, sacrosanta para lo que conviene, todavía existe para estos fastos, folclore y tomaduras de pelo de los gobiernos a sus súbditos; una decisión que no se les habría ocurrido a las mentes más poderosas y privilegiadas del mundo si tuvieran, solamente, dos dedos de frente… aunque sean de los de mi nieto. Solamente así puede entenderse el escaso conjunto de decisiones que se acordaron en la pantagruélica juerga que se corrieron invitados (todo pago) por el poderosísimo ministro del petróleo del país anfitrión o las delirantes imposiciones a los que antes llamábamos países en vías de desarrollo (ahora PASC, países arrasados por el sistema capitalista) para el pago de los costes de una contaminación que no producen: puro colonialismo impositivo; sin hablar del resto de aplazamientos de las medidas que nos venden nuestros próceres a los ciudadanitos del mundo civilizado.
Allí estuvo el presidente español que, con la teatralidad que le caracteriza, empezó su intervención con un solemne y compungido: «el cambio climático mata». Le faltó por añadir «y hasta ahí puedo leer» para dar verosimilitud a esa especie de parodia de concurso televisivo; dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno; pues eso, que «con eso y un bicocho…» que, en versión sanchista sería, más o menos: con esta frase y otra que ya me sacaré de la chistera, que no de la cabeza, cumplo una legislatura y gano unas elecciones.
COP 29 de la ONU
Y vaya si se la sacó. Hace poco y como consecuencia del ataque del imperio contra Irán y, ante la más que evidente incapacidad de hacer, o al menos proponer algo contra la guerra, se le ocurrió otro slogan, el de No a la guerra. Un no a la guerra cínico y oportunista, hueco y vacío de las mínimas posibilidades de que signifique algo viniendo de un político sectario y analfabeto en lo que se refiere al conocimiento mínimo de la Historia, de saber qué es lo que ocurre, pero, sobre todo, de por qué ocurre. Nada de nada en la aceptación y palmaria demostración delirante de que la historia la escriben los poderosos y, por ende, la cambian a cada rato según sopla el viento de sus intereses.
En consecuencia de todo esto, mientras su enana conciencia no da más de sí, se embarca en una frase que no le compromete a nada solamente en la esperanza de que este aspecto sea tenido en cuenta por los que ponen la nota en su expediente para ascender en una carrera militar y sobre todo militarista. No a la guerra es una vergüenza y mucho más cuando con dinero de los españoles (siempre detrayendo recursos de los más necesitados) se mantiene otra guerra, la de Ucrania, según su lenguaje. Ni una palabra, ninguna propuesta para la diplomacia, para el diálogo posible. Pedro Sánchez entra de lleno en el cupo de aquella obra de teatro de la que hasta el fascista de W. Churchill dijo en uno de sus escasos brotes de racionalidad: «las guerras las empiezan los políticos locos, las mantienen los políticos miserables y las terminan los hombres de Estado». Parece claro que de estos últimos ya no quedan, ni siquiera en su interpretación más peyorativa. Claro que el delirium tremens que debe provocar el sentirse protagonista y verse ya por adelantado en los libros de Historia hace que todo sea posible: la España imperial renace porque Pedro Sánchez y Margarita Robles (ahí es nada) proclaman que «Ucrania ya es parte de España» y eso no es moco de pavo.





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