MIS RECUERDOS DEL NACIMIENTO DEL NUEVO CARNAVAL DE BADAJOZ
Por: José Manuel Villafaina
Hay ciudades que se despiertan con misa de ocho; la mía, en cambio, lo hizo un día al son irreverente de una charanga. Corría 1980 y todavía flotaba en el aire ese olor a pintura fresca con el que la democracia intentaba barnizarlo todo. El Carnaval llevaba décadas prohibido, como si la risa fuera un delito reincidente. Pero la risa -lo supe siempre- es terca y sabe esperar su turno.
Desde mi escaño independiente en el Ayuntamiento insistía en lo que algunos llamaban capricho y yo llamaba memoria. Defendí en la Comisión de Cultura, presidida entonces por el poeta Jesús Delgado Valhondo, la necesidad de devolver a Badajoz su fiesta. Más tarde, el 14 de marzo de 1980, la Comisión Permanente dio -¡por fin!- su visto bueno a mi iniciativa. El diario HOY (15-3-1980) se hizo eco con cierta ironía amable, calificando aquella propuesta como una obstinación casi quijotesca. No les faltaba razón: a veces hay que ser un poco loco para pedir oficialmente lo que el pueblo ya desea en secreto.
Pero antes de los papeles llegó la calle. Todo empezó en tertulias improvisadas, en el quiosco de los hermanos Martínez de San Francisco, donde actores del Centro Dramático de Badajoz, músicos, pintores y estudiantes confundíamos cafés con proyectos. Y una tarde de febrero salimos. Sin permiso solemne, con máscaras teatrales y una convicción sencilla: “¡Esto es carnaval!”. Más de doscientas personas se nos unieron desde el Paseo de San Francisco hasta la Plaza de España. Los guardias municipales miraban con asombro; el público, con regocijo. Yo veía algo más: la ciudad ensayando su libertad.
Aquella jornada espontánea fue el prólogo de todo. Luego vinieron los debates, las resistencias -algunos concejales de UCDex calificaron la idea de utópica- y también los aliados. Al final, el periodista José María Pagador asumió la organización con un grupo entusiasta, respaldado por el alcalde Luis Movilla. Yo colaboré desde la trastienda institucional y desde el teatro, convencido de que el Carnaval no es sino una gran representación donde el pueblo interpreta su papel principal.
El programa de 1981 incluyó pregón, desfile, concurso y verbena. Recuerdo al primer pregonero, Juan José Poblador, y aquellas reuniones en El Tronco y Los Montitos, donde la ilusión se mezclaba con vino de la tierra. En febrero, me disfracé con capa y chistera. Leí por calles y plazas la proclama desde el techo de un Citroën Tiburón de los hermanos Arbaizagoitia mientras Alfonso, el fotógrafo del HOY, inmortalizaba la escena. No era teatro: era la vida ensayando su mejor acto.
Y cuando el 23 de febrero el país se estremeció por el intento de golpe de Estado encabezado por Antonio Tejero, temimos que la máscara volviera al cajón. Hubo dudas, conversaciones con el gobernador civil, aplazamientos prudentes. Pero una semana después, en marzo de 1981, el Carnaval salió oficialmente a la calle. Y ya nadie pudo devolverlo al silencio.
José Manuel Villafaina y Lydia C. Salcedo, vestidos de Romeo y Julieta
En 1982 dimos un paso más. Introdujimos los concursos de murgas y coros, convencidos de que el Carnaval debía tener voz propia y no vivir a la sombra de otros modelos. Admiraba la tradición, desde la antigüedad clásica hasta el esplendor del Carnaval de Venecia, y guardaba en la memoria mi experiencia en el Carnaval de San Juan de Puerto Rico, donde aprendí que la fiesta es un lenguaje universal. Pero Badajoz necesitaba su propio acento.
Imaginé entonces la ciudad como un gran escenario y al pueblo como actor y espectador al mismo tiempo. Coordinamos intervenciones teatrales en la calle, acciones de provocación festiva, juegos dramáticos que invitaban a perder la timidez y ganar imaginación. La Cátedra de Teatro “Torres Naharro” (bajo mi dirección) y grupos teatrales venidos de Madrid y Andalucía enriquecieron aquella apuesta. No queríamos un desfile pasivo, sino una explosión compartida. Una gran fiesta parateatral.
En 1983, cuando el proyecto ya respiraba con fuerza, la organización pasó definitivamente al Ayuntamiento. Ese año, aún como concejal, asumí un papel clave en la expansión de las actividades, trabajando en coordinación con los funcionarios de la Corporación municipal. Era el momento de institucionalizar sin domesticar.
Durante los años siguientes, con alcaldes como Manuel Rojas y Gabriel Montesinos, el Carnaval creció y se consolidó como referencia regional y nacional. Más tarde, otras etapas trajeron cambios discutidos; algunas crónicas hablaron de pérdida de identidad y excesos poco edificantes. Toda fiesta corre ese riesgo: olvidar que nació para celebrar, no para desbordarse sin sentido (¡ay, ese macrobotellón impresentable que aún aguanta!).
A lo largo de estas décadas, no han faltado versiones interesadas sobre el origen del nuevo Carnaval. Sin embargo, investigadores como Javier Marcos Arévalo y Pedro Montero Montero han dejado constancia documentada de aquellos primeros pasos. Uno de ellos resumió con acierto la diferencia de enfoques: unos querían organizar desde arriba; otros, desde abajo. Yo siempre creí que la verdadera arquitectura del Carnaval debía apoyarse en ambos pilares.
Porque el Carnaval de Badajoz no nació de un decreto sino de una convicción íntima: que la cultura es un derecho y la alegría, un acto cívico. Si alguna vez la fiesta se desorienta, bastará recordar aquella tarde de febrero en que, sin más autoridad que el entusiasmo, salimos a la calle. Allí empezó todo. Y allí, si hiciera falta, volvería a empezar.
PANEL DEL MUSEO DEL CARNAVAL DE BADAJOZ EXPLICANDO LOS ORÍGENES DEL CARNAVAL






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