QUERIDO PABLO
Por: Mariano Escobar Muñoz
Van a cumplirse ya mismito 51 años de lo que voy a contar porque, como mínimo, es de estricta justicia que se conozca y se recuerde, aunque muchos de los que lo vivieron ya no están aquí con los que aún aguantamos, algunos en el tiempo de descuento. Reconozco que debí hacerlo hace mucho tiempo, pero ahora, casi cuatro meses después de dejarnos para siempre, hacerlo ya resulta inaplazable contar como fue la primera actuación en la ciudad de Don Benito de uno de los más grandes poetas y cantores que ha tenido Extremadura; su grandeza personal, aún superior a la artística, era tal que, un juntaletras como yo está muy lejos de la capacidad necesaria para describirla mínimamente.
Fue un 31 de enero de 1975 en el Teatro imperial de Don Benito. Gracias a la intervención de un amigo común, nos habíamos propuesto contactar con el entonces emergente cantautor Pablo Guerrero Cabanillas para explorar la posibilidad de que el autor de «A cántaros» nos regalara lo que resultó luego un concierto extraordinario; como cierre a los actos de celebración del patrono de la Formación Profesional en la entonces escuela de Maestría Industrial (años después Instituto Cuatro Caminos). Casualmente, justo un mes después Pablo tendría uno de los más grandes momentos de su carrera musical: su concierto en el Olympia de París que le consagró definitivamente como uno de los más grandes cantautores de nuestro país ya en paralelo con el mítico Paco Ibáñez.
Lo que parecía un sueño imposible de alcanzar se hizo realidad gracias a nuestro común amigo Juanjo Blanca y sobre todo a la generosidad de aquel grandísimo poeta nacido en la cercana Esparragosa de Lares. Un par de conversaciones telefónicas fueron suficientes para que Pablo, Charo, Antonio y Nani aparecieran a media tarde de ese día por Don Benito en un seat600 blanco, ya cuando el sol tímido del último día de enero se dejaba caer por el lado de la capital de la provincia ante la sorpresa de profesores, alumnos y familiares que no daban crédito a que el rumor se hiciera realidad de forma tan sencilla.
Sin tiempo que perder nos fuimos al Imperial donde el maestro Perpi terminaba el montaje de un buen equipo de sonido, elemento importante para Pablo, además de su guitarra y una silla de enea que fue el único capricho del artista; y todo sin dilación ya que aquella «troupe», venida directamente de Madrid, necesitaba volver esa misma noche tras el concierto ya que casi todos tenían que trabajar al día siguiente a primera hora en la capital del reino a más de 300 km. y con aquellas carreteras.
Generalmente suele ocurrir que todo va bien hasta que se tuerce, y aquellos tiempos eran muy dados a cualquier tipo de torceduras. Tras el concierto con un Imperial hasta la bandera de gente que no terminaban de creerse que sobre el escenario estaba alguien al que habían visto y escuchado en la tele en blanco y negro y en la radio sin color, profesores, familiares; y, como era de rigor, autoridades académicas y municipales asistimos a la «tradicional» cena de San Juan Bosco en el Hotel Miriam.
De los viajeros venidos de Madrid, dos de ellos, Antonio y Nani pasaron de la invitación a la cena, prefirieron deambular por Don Benito tomando tapas con unos vinos mientras llegaba el momento de reiniciar el viaje de vuelta esa noche; Pablo, la estrella, fue ubicado en la cabecera de la mesa principal junto a las «autoridades civiles y militares» de la época y Charo y yo nos incrustamos entre mis más cercanas amistades.
Cuando la fiesta languidecía, yo, que no me fiaba de la mitad de la cuadrilla, me había colocado en una mesa secundaria de tal manera que tenía, permanentemente, hilo visual directo con la figura de Pablo, lo vi levantarse con gesto muy serio dirigirse hacia donde estábamos Charo y yo; se me acercó por detrás y me dijo al oído que le acompañara a la puerta. Aunque la mosca no dejaba en paz mi oreja desde hacía varios días, nunca pude imaginar todo lo que vino después. Mientras salíamos a la calle, muerto de miedo, le agarré por el brazo y le pregunté, – “¿Pablo, qué ha pasado?» Me miró un segundo con aquella tristeza que a veces parecía acompañarle y me dijo: – «Parece que han detenido a Nani y Antonio»; – «Pero, ¿por qué?»; – «Dicen que por escándalo público». Quise morirme, pero no hubiera sido la mejor de las ideas con lo que teníamos encima y en lugar de morirme allí mismo en aquella céntrica y solitaria calle de frío y niebla creciente, parece que me volví loco y solo repetía a gritos: «¡hijos de puta, hijos de puta!», hasta que Pablo me abrazó con su corpachón y me tapó la boca con su manaza de larguísimos dedos.
Mi cabeza era una olla a presión a punto de estallar y, atropelladamente, sólo intentaba encontrar alguna idea que me llevara, directa e inmediatamente a la escena de despedir a mis compañeros de infortunio y su seat600 en dirección a sus casas, libres de aquel escenario que a mí me parecía un tenebro de la primera posguerra que por suerte no viví. Estaba claro que no despertaba de un mal sueño porque todo era dura y cruel realidad.
Intentando que el relente refrescara un poco la cabeza nos dirigimos hacia el viejo edificio del Ayuntamiento donde suponíamos que estaría el calabozo de los detenidos y acertamos. Una pareja de «municipales» parecía estar esperándonos, no fue necesario hablar mucho. Nos condujeron hacia lo que nos pareció un sótano con arcos de bóvedas de ladrillo viejo, nos topamos con los detenidos tras una robusta reja en una celda espaciosa dividida en dos partes por otra verja metálica, en una de las cuales estaba Nani y en la otra, Antonio. Todo era deprimente y a ello contribuía en gran medida el miedo un cierto miedo que nos agarrotaba a los cuatro. Nos contaron que estaban sentados en una pequeña escalinata que hay en la puerta de la iglesia en la plaza de al lado besándose y riendo cuando apareció la pareja de los «municipales» diciéndoles a voz en grito que estaban detenidos por escándalo público.
Pablo Guerrero
Preguntamos si podíamos llevarles algo y Nani dijo que un café bien caliente. En un bar cercano nos suministraron un «termo» que llenamos hasta la boca de café ardiendo y hasta un par de vasos y volvimos a la cárcel con nuestros presos por amor.
Volvimos a la fiesta pues habíamos dejado allí a Charo que no sabía nada, pero en buena compañía; la fiesta había terminado y la gente se despedía haciendo tiempo hasta que nosotros volviéramos. Charo estaba aterrada y rompió a llorar. Yo no sabía qué hacer y temí perder otra vez los papeles; en la puerta se despedían las autoridades alguno de los cuales proclamaba que «lo ocurrido era un escarmiento necesario contra esta gente que viene de la capital con sus costumbres libertinas a corromper a nuestra juventud»; mientras me acercaba a ellos escuché esa frase literal que no olvidaré nunca. Me dirigí a dos de ellos, más conocidos y a los que supliqué un gesto, que no tuvieron, diciéndome que lo que yo pedía, que los dejaran en libertad para poder marcharse a Madrid y no faltar al trabajo el día siguiente, solamente podía decidirlo el alcalde, pero ya se había ido a dormir y hasta la mañana siguiente cuando volviera al Ayuntamiento, les pondría la multa que le pareciera bien y, tras pagarla, se podrían marchar… para no volver, dijo uno de ellos. Pablo, abrazado a Charo para calmarla estaba abatido y con una tristeza infinita vino a mí y me dijo: «Déjalo, no hay nada que hacer». Escupí delante de ellos porque no tuve agallas para hacerlo en su cara pensando que, si esto ocurría en el 75, ¿qué no ocurriría en el 45? Agachamos la cabeza y nos fuimos a buscar el seat600 para irnos a Villanueva a pasar la noche en mi casa. Charo, rendida por el cansancio, se acostó en la cama grande sola porque a la mañana tenía que conducir hasta Madrid y Pablo no quería cerrar los ojos por temor a que la pesadilla le asaltara; mi mujer estaba a punto de dar a luz a nuestro primer hijo y no fue a la fiesta; se quedó en nuestro pueblo con su familia, y Pablo y yo pasamos lo que quedaba de noche hasta las 9 de la mañana, sentados en la mesa camilla charlando de nuestras cosas como viejos amigos (que aún no éramos), alrededor de aquello de «¿verdad Pablo que tienes toda la razón en que tiene que llover a cántaros y que una lluvia fuerte se lleve toda esta mierda y limpie nuestra casa», «verdad, Mariano, verdad». Fue una noche en la que descubrí una faceta desconocida (para mí) de Pablo: era un magnífico dibujante que se pasó toda la noche garabateando, mientras hablábamos, figuras humanas en permanente movimiento sobre folios que había sobre la mesa y que guardo como testigos insobornables de lo que nos ocurrió y lo que yo sentí durante esas horas de infierno.
A las 9 en punto estábamos en la puerta del Ayuntamiento los tres damnificados por los residuos de una barbarie que nunca termina. No sé cómo ni porqué había gente en la calle mirando hacia el Ayuntamiento. Pablo y Charo se quedaron en la puerta a petición mía y yo entré. Una funcionaria me dijo que eran 500 pesetas de multa (250 por cabeza). Pagué en silencio y volví a recorrer el pasillo de las bóvedas; enseñé los recibos a un municipal que, tras mirarlos, y como si de una película se tratara, sonaron las llaves y los cerrojos; salimos a la calle atrapada por la niebla y devolvimos el termo a su dueño. Cuatro abrazos largos y fuertes y un muy sentido: «Tened mucho cuidado, por favor; nos vemos cuando vaya por Madrid», «Te estaremos esperando, no se te olvide». Gracias, querido Pablo, gracias por mucho.
Pablo Guerrero







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