Por: Jose Manuel Villafaina
Este noviembre, el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (CELCIT) celebra cincuenta años de existencia. Medio siglo de un sueño hecho institución, de una travesía incansable que ha unido orillas y voces, llevando al teatro iberoamericano a encontrarse consigo mismo y con el mundo.
Es imposible abarcar en unas líneas la magnitud de lo que significa el CELCIT desde aquel noviembre de 1975, cuando se decidió su fundación. Desde entonces, rara vez ha habido iniciativa, encuentro, éxito o frustración en el ámbito teatral latinoamericano, español o portugués en la que no latiera, discreta o intensa, la presencia de este organismo. En cada festival, en cada intercambio, en cada diálogo entre dramaturgos y actores, se siente su huella: el sacrificio, la imaginación, la tenacidad apasionada de quienes lo sostuvieron.
Un organismo nacido del exilio y la fraternidad
El CELCIT fue, desde sus inicios en Caracas, un refugio y un motor. Allí, unido a Luis Molina López, manchego de Aldea del Rey, que pocos años antes había creado la Federación de Festivales de Teatro de América en Puerto Rico con exitosas experiencias -entre ellas las Muestras de Teatro Iberoamericano de San Juan y otras organizadas en distintos países de América Latina-, confluyeron exiliados de las dictaduras latinoamericanas -como el dramaturgo argentino Juan Carlos Gené o el investigador teatral chileno Orlando Rodríguez-, junto a voces españolas y venezolanas decididas a tender puentes donde antes había muros. Su espíritu no fue nunca el de levantar una torre institucional, sino el de encender una lámpara en medio de las sombras: crear espacios de solidaridad, diálogo y encuentro.
Homenaje del CELCIT a ARTHUR MILLER en el Festival Internacional de Caracas (Venezuela). En la foto: María Teresa Otero (Presidenta del CELCIT), LUIS MOLINA (Director General), ARTHUR MILLER y otros conocidos dramaturgos e intelectuales del teatro.
Pronto se convirtió en referencia decisiva, articulando festivales, encuentros y redes de colaboración en el continente latinoamericano y en España. Fue así como nacieron intercambios que permitieron a compañías de distintas latitudes compartir escenario, generando un conocimiento mutuo que, antes de su intervención, parecía impensable.
Luis Molina, fundador y alma del CELCIT, encarnó esa misión quijotesca de ir de país en país, de festival en festival, convencido de que el teatro debía ser movimiento y no compartimento aislado. Y en efecto, su empeño abrió caminos.
La Veleta: una casa para la utopía
Tras décadas de labor en su sede de Venezuela y de incontables viajes por América, Luis Molina regresó a España. Eligió Almagro, la ciudad del teatro por excelencia, para dar al CELCIT una nueva casa. Allí, en una finca manchega cargada de resonancias cervantinas, nació en 1998 el Teatro Laboratorio La Veleta, un espacio de creación, acogida y memoria.
Más que un edificio, La Veleta es un símbolo: un puerto donde recalan compañías de todo el continente y un escenario que guarda las huellas de más de 400 grupos latinoamericanos. Bolivia, México, Cuba, Ecuador, Chile, Perú, El Salvador, Costa Rica, Venezuela, Uruguay, Colombia, Brasil, Argentina, Puerto Rico… y otros países han dejado allí su acento, su cuerpo, su historia.
Y La Veleta es también un homenaje vivo a quienes dieron su vida por el proyecto. Su escenario guarda la energía de una mujer muy querida tanto en América Latina como en España: Elena Schaposnik, secretaria general del CELCIT, quien falleció este año. Elena fue brújula, ternura y rigor, fuerza discreta que sostuvo con amor y disciplina la travesía de esta institución. Hoy, su voz late en cada tabla del teatro.

Homenaje del CELCIT a ALBERTI en el Festival Iberoamericano de Cádiz. En la foto: ALBERTI, LUIS MOLINA (Director del CELCIT) y JUAN MARGALLO (Director del Festival).
El puente perpetuo
El CELCIT y La Veleta de Almagro no se conformaron con ser espectadores de la tradición. Han organizado festivales, encuentros, talleres y publicaciones que dialogan tanto con el Siglo de Oro español como con las dramaturgias contemporáneas de América Latina y España. Han tejido complicidades con instituciones y festivales en Caracas, Cádiz, Bogotá, Manizales, Badajoz, Trujillo y otros lugares. Han recibido numerosos premios y distinciones -en España desde la Medalla de Isabel la Católica hasta un MAX de las Artes Escénicas-, pero lo esencial no está en los reconocimientos, sino en las vidas tocadas y las comunidades creadas.
A lo largo de este medio siglo, más de una generación de artistas ha encontrado en el CELCIT un faro. Jóvenes actores que iniciaron sus pasos en sus escenarios hoy son maestros y referentes; compañías que viajaron con incertidumbre hallaron allí un hogar común. En sus salas se han escuchado voces diversas, lenguas hermanas, silencios compartidos. El CELCIT ha sido, y sigue siendo, una cartografía viva de la memoria teatral iberoamericana.
Si el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro es el esplendor barroco que recuerda de dónde venimos, el Festival Iberoamericano de Teatro Contemporáneo, organizado por el CELCIT/La Veleta, es la respiración de un presente vivo que une a Europa y América en un mismo latido.
Homenaje del CELCIT a VALLE-INCLAN en el Festival Iberoamericano de Cádiz. En la foto: ANTONIO BUERO VALLEJO, RICARD SALVAT, CARLOS JOSÉ REYES y LUIS MOLINA.
Medio siglo de una lección viva
Hoy, al cumplirse cincuenta años de su nacimiento, el CELCIT sigue siendo una lección de constancia y de fe en la cultura. Una demostración de que el teatro no es solo espectáculo, sino también resistencia, ternura y comunidad.
Desde su constancia y su penumbra -como su fundador expresó en algunas ocasiones-, el CELCIT es un faro hecho de personas concretas, que entregan horas y vida a un diálogo que no conoce fronteras. Un diálogo que se reinventa en cada encuentro, en cada escenario, en cada silencio compartido.
Cincuenta años después, el CELCIT/La Veleta ondea todavía en tierras manchegas, como signo y metáfora: un sueño que no pertenece a un país, sino a todos; un hogar del teatro iberoamericano en su tránsito infinito.
Porque el CELCIT nos recuerda, con la voz de sus fundadores y de quienes lo han acompañado, que el teatro es puente, es viaje y es pregunta. Y que mientras haya quien suba a un escenario a buscar respuestas, este sueño seguirá en pie, iluminando el camino del teatro iberoamericano.
José Manuel Villafaina y Luis Molina López (director general del CELCIT) en Mérida, después del I Congreso de Teatro España-América Latina, celebrado en sedes de Mérida y Trujillo a principio de los años 80, tras las JORNADAS DE TEATRO Y CINE HISPANOAMERICANO EN EXTREMADURA.










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