Por: Blas Curado Fuentes
Después de un agosto demoledor en cuanto a incendios forestales devastadores, tanto en nuestra tierra como en el resto de España, muchas son las reflexiones al respecto. La mía -como Ingeniero de Montes- la cuento de manera sencilla en estas líneas para quien la quiera escuchar.
Primero voy a explicar de forma rápida, realista y sencilla una de las principales causas que hacen que se produzcan incendios tales como los que hemos padecido este verano.
Lógicamente son muchos los factores causantes en estos casos: cambio climático, olas de calor, poca limpieza del monte, escasa inversión en prevención y extinción, salarios bajos e inestabilidad laboral de bomberos forestales, escasos medios aéreos de extinción, dificultad de extinción con agua ante semejantes “monstruos”, poca investigación en otros productos extintores como el ecofire, abandono del mundo rural, la España vaciada, los pirómanos, los rayos, el viento, la burocracia medioambiental, los ecologistas, etc.
Pero yo personalmente conozco de primera mano uno de los principales factores causantes endógenos y arraigados en nuestra cultura y población.
Mi madre, como ejemplo. Sí, todos tenemos familia de alguna forma u otra. Pues bien, heredas una tierra (un cacho de terruño) que ha ido pasando de manos en manos entre familiares y herederos, que siendo en sus orígenes un terreno aprovechado por el ganado (pastos) se mantenía limpio de combustible vegetal porque el paisano (en este caso algún pariente mío lejano, muy lejano) lo mantenía con ovejas y sacaba una renta. Le interesaba que no se quemara. Estaba todos los días en la finca (cerca de Alange, Don Álvaro), cuidando de las ovejas que era lo que mantenía a su familia.
Con las décadas, hasta llegar a las manos de mi progenitora, ese trozo de tierra extremeña (unas 4 hectáreas) se ha convertido en un polvorín, pasto para el fuego. El matorral invade la finca, los árboles apenas podados de encinas y almendros tienen continuidad vertical con el matorral, un peligro total. No hay rastro de los tradicionales verdes pastos en la finca bajo el arbolado bien podado. Eso es historia. Ahora, con el paso del tiempo, nadie ha estado ya metiendo animales, a nadie le interesaba, nadie lo arrendaba, nadie hacía nada, sólo se tiene ahí, sin más. Tengo tierras. Sí, muy bien, pero te van a arder tarde o temprano.
Mi madre intenta por todos los medios venderla o alquilarla, pero sin éxito pues lógicamente se busca sacar tajada a las propiedades y no se dirige bien la posible venta al potencial interesado. No basta con ir a una agencia inmobiliaria a poner un cartelito en la ventana, en la ciudad. No. Lo suyo es ir al pueblo más cercano a la finca y decirlo en el bar del pueblo, colocar cartel en el bar y en el corcho del ayuntamiento y ponerlo barato pues tal y como está no vale casi nada, es más un problema. Como hemos perdido esas costumbres, no se hace. No se venderá y pasará a manos de herederos como cual “marrón” que pasa de manos con el paso del tiempo, sin hacer nada al respecto. Pues limpiar la finca cuesta dinero y más si no la usas para nada y encima no le sacas una renta. Se entiende.
Esta dejadez en las fincas heredadas y no explotadas es más común de lo que se piensa en Extremadura, y en España en general. Todos tenemos tierras, unos más y otros menos, pero la mayoría (cosmopolita y de espaldas al campo) ni se acuerda que la tiene hasta que fallece el dueño y sorpresa, te toca una finca o una parte de ella, dejada de la mano de Dios, te toca un problema. Y así si multiplicamos esta situación real y cotidiana, tenemos un territorio formado por millones de parcelas más o menos pequeñas en manos privadas que ni siquiera se acuerdan que son propietarios de ellas. Al final, y como consecuencia, la región está abandonada y sin mantenimiento del combustible vegetal, que crece y crece cada año y es imparable, favoreciendo la continuidad de un incendio o siendo su origen, que sumando unas y otras fincas, se convierte en lo que hemos visto este agosto, gigantes de llamas imparables y fuera de capacidad de extinción. Y lo más grave es que hay responsabilidades civiles y penales…
Por otro lado, la solución. Al igual que la causa, no es la única solución al problema. Son varias. Pero en este caso me centro en algo de sentido común y que ya se hace en otros ámbitos.
Los propietarios o titulares o explotadores de fincas tienen derechos de cobro de dinero por mecanismos como la PAC (política agraria comunitaria) por cultivar, buenas prácticas agrícolas y medioambientales, etcétera. Muy bien, pues la idea es extrapolar este concepto de la PAC a la prevención de incendios forestales. Cada titular, propietario o explotador de una finca debería recibir un dinero en función de la dimensión del cortafuegos perimetral que debiera hacer a su finca. Si no lo hace será requerido para su devolución o congelación de derechos. Es decir, se trata de establecer un mecanismo de pago por finca (independientemente de que sea forestal, cultivo o lo que sea) por superficie de cortafuego perimetral. De esta forma seguro que muchos tendrían su finca bien limpia en su perímetro, pues con este dinero podrían hacer frente a su ejecución.
Y es que actualmente la normativa, por ejemplo en Extremadura, sólo obliga a realizar cortafuegos a fincas grandes (de más de 400 hectáreas) y a fincas de más de 200 hectáreas (si están en zona de alto riesgo de incendio). Es decir que tan solo se obliga a éstas a hacer el cortafuegos, pero no se les compensa ni se les paga por ello. Ocurren dos cosas. Primero que al no haber contraprestación no se motiva a su ejecución. Y segundo que se quedan fuera de la prevención de incendios la mayoría de las fincas, pues está claro que las hay menores de 400 hectáreas y con gran riesgo y peligro de incendio.
La normativa está mal hecha, una vez más, y nadie hace nada para arreglarlo, llegaremos al próximo verano y a llorar otra vez…






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