Crítica teatral
“EL CASO DE LA MUJER ASESINADITA”
LA POESÍA SECRETA DEL DISPARATE
Una comedia de Mihura y De Laiglesia, representada con éxito por ZEATRON en el Teatro Imperial
Por: José Manuel Villafaina
El veterano grupo vocacional dombenitense ZEATRON TEATRO ha vuelto a cosechar el favor del público con la representación de “El caso de la mujer asesinadita”, una de las comedias más originales y sugerentes del teatro humorístico español. Bajo la dirección del profesor Dámaso Giráldez, la compañía recupera un texto que, pese al paso de los años, conserva intactas su frescura, su capacidad de sorpresa y su inteligente sentido del humor.
No resulta casual esta elección. Desde hace años, Giráldez ha mostrado una especial afinidad por aquellos autores que transformaron profundamente la comicidad española durante el siglo XX. Miguel Mihura y Álvaro de Laiglesia forman parte de esa brillante generación que, frente al humor costumbrista tradicional, apostó por una forma de hacer reír más imaginativa, absurda, poética y crítica. Un humor influido por las vanguardias europeas y por figuras tan singulares como Ramón Gómez de la Serna.
La relación de Mihura y De Laiglesia, fundadores y figuras esenciales de la legendaria revista La Codorniz, ayuda a comprender el espíritu de esta obra. Aquella publicación, célebre por su lema «La revista más audaz para el lector más inteligente», convirtió la ironía, el doble sentido y la sutileza en auténticas formas de expresión. En una época marcada por la censura, sus autores aprendieron a insinuar más que a afirmar, haciendo del ingenio una verdadera forma de libertad.
Escena de la obra
Ese mismo espíritu impregna “El caso de la mujer asesinadita”. Lo que parece una divertida comedia de intriga -una mujer que sueña su propio asesinato y ve cómo la realidad reproduce su pesadilla- acaba convirtiéndose en una reflexión sobre la insatisfacción, la soledad y la búsqueda de la felicidad.
La protagonista, Mercedes, atrapada en la rutina de un matrimonio acomodado, ve cómo la frontera entre sueño y realidad se desdibuja progresivamente. A partir de ahí, Mihura y De Laiglesia construyen un brillante juego teatral donde conviven la comedia, la fantasía, el misterio y el romanticismo.
El humor no busca únicamente la carcajada. Bajo los diálogos disparatados y las situaciones absurdas late una mirada crítica hacia las convenciones sociales y una profunda comprensión de las debilidades humanas. Por eso la obra alterna constantemente la sonrisa y la melancolía.
Especialmente original resulta su desenlace, donde lo que parecía una tragedia termina transformándose en una delicada historia de amor. La muerte deja de ser un final para convertirse en una forma de encuentro, aportando al texto una inesperada dimensión poética.
Otra escena de la obra
En definitiva, “El caso de la mujer asesinadita” sigue siendo una de las comedias más brillantes del teatro humorístico español: una obra donde el absurdo se pone al servicio de la poesía y donde el espectador termina descubriendo, tras la risa, una pequeña y entrañable verdad sobre la vida.
La puesta en escena concebida por Dámaso Giráldez constituye uno de los mayores aciertos del espectáculo. La experiencia acumulada en numerosos montajes al frente de ZEATRON TEATRO le permite dirigir con seguridad, ritmo y sentido teatral a un grupo vocacional cuya calidad interpretativa alcanza por momentos un notable nivel profesional.
Giráldez conduce con dominio las distintas líneas argumentales de la obra, equilibrando la comicidad, la fantasía y la emoción. Especialmente destacable resulta su trabajo con los actores, que construyen una atractiva galería de personajes excéntricos, entrañables y profundamente humanos. Como sucede en las mejores obras de Mihura, tras el disparate afloran sentimientos reconocibles: la soledad, el deseo de libertad, la necesidad de afecto o el temor a una existencia excesivamente rutinaria.
La dirección sabe captar además la esencia de un humor inteligente y refinado que nunca renuncia al entretenimiento. Bajo la aparente ligereza de las situaciones cómicas emerge una mirada tierna y lúcida sobre las debilidades humanas.
Quizá por ello la obra conserva intacto su encanto. Detrás de los equívocos y las extravagancias encontramos emociones universales que siguen llegando al espectador. Y así, cuando cae el telón, permanece la sonrisa, pero también una delicada sensación de ternura. Porque estos personajes, suspendidos entre el absurdo y la poesía, terminan pareciéndose mucho más a nosotros de lo que inicialmente imaginábamos.
Otra escena de la obra
En el apartado interpretativo, el numeroso elenco trabaja con gran cohesión coral al servicio de ese delicado equilibrio entre humor, poesía y absurdo que caracteriza el universo de los autores. Paquita Galindo (Mercedes), Rocío Rodríguez (Raquel), Jesús Gallero (Norton), Juan Moreno (Lorenzo), Toñi Granado (Rosaura), Filo Gómez (Teresa), Rufino Cardoso (Renato), Ana M. Quintero (Trinidad), Román Valadés (Llopis), Marifé García (Doña Paula), Carmen Rodríguez (Doña Lucía), Luisa Casado (Purita), Fran Valadés (Arístides) y Rosa M. Sánchez (Chófer) consiguen dar vida a personajes que habitan un mundo ligeramente desplazado de la realidad, donde lo imposible se acepta con absoluta naturalidad y lo extraordinario forma parte de la vida cotidiana. Entre todos destacan los protagonistas, piezas fundamentales de una refinada maquinaria teatral donde se entrelazan constantemente la comedia, la fantasía y la emoción.
Paquita Galindo borda el personaje de Mercedes, centro de la obra y figura más compleja de la función. Construye con sensibilidad a esta mujer atrapada en una vida rutinaria que oscila entre la ingenuidad, la ironía y la melancolía, moviéndose siempre entre la realidad y el sueño.
Juan Moreno le da una excelente réplica como Lorenzo, un hombre convencional y respetable que encarna las limitaciones de una existencia acomodada. Su interpretación evita el trazo grueso y compone un personaje tan humano como reconocible.
Rocío Rodríguez está fenomenal como Raquel, aportando frescura, naturalidad y desparpajo a un personaje que simboliza la juventud y la ilusión, alejándolo del tópico de la simple rival sentimental.
Mención especial merece Jesús Gallero, el más sobresaliente del reparto. Magnífico en movimientos, gestos, dicción y presencia escénica, vuelve a conquistar al público con un Norton entrañable, poético y soñador, símbolo de la libertad y de la posibilidad de escapar de una realidad demasiado estrecha.
Otra escena de la obra
El resto de personajes secundarios contribuye eficazmente a construir el peculiar ambiente creado por Mihura y De Laiglesia, enriqueciendo con solvencia y sentido del ritmo ese universo donde el humor y la fantasía conviven con absoluta naturalidad. De entre ellos destacó la organicidad de Carmen Rodríguez (Doña Lucía).
El público, que llenaba el Teatro Imperial y que sigue fielmente las propuestas de ZEATRON TEATRO, correspondió al trabajo de la compañía con cálidos aplausos. Una respuesta merecida para un montaje que supo trasladar al escenario toda la gracia, la ternura y la imaginación de Mihura y Álvaro de Laiglesia. Al finalizar la representación quedaba en la sala algo más que la satisfacción de una comedia bien servida: permanecía esa agradable sensación que dejan las buenas obras, aquellas que nos invitan a sonreír mientras nos susurran, con delicadeza y sin solemnidades, alguna pequeña verdad sobre la condición humana.
Saludo final de todo el elenco









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