Crítica Teatral
La gala de los premios MAX 2026 en el Teatro Romano de Mérida
MÉRIDA VISTE A LOS MAX CON UNA NOCHE DE GRANDEZA… Y ALGUNAS INCÓGNITAS
Por: José Manuel Villafaina
La XXIX edición de los Premios Max de las Artes Escénicas, organizada por la SGAE, desplegó su habitual combinación de focos, solemnidad, agradecimientos y reivindicaciones culturales en el incomparable marco del Teatro Romano de Mérida, que una vez más demostró tener más presencia escénica que muchos de los asistentes.
En lo estrictamente premiador, la ceremonia volvió a confirmar una realidad difícil de ignorar: las artes escénicas españolas parecen discurrir, según el mapa de los Max, entre Madrid y Cataluña. El Centro Dramático Nacional y el Teatre Nacional de Catalunya se repartieron los principales galardones teatrales, cinco para cada uno, dejando al resto del país en la posición de espectador de una competición que rara vez parece verdaderamente abierta.
No es una novedad. Desde hace años, los Premios Max conviven con críticas sobre cierta endogamia cultural, la presencia recurrente de los mismos circuitos de producción y un tono institucional que no siempre logra conectar con el público general. Hay quien sostiene que los Max funcionan más como un mecanismo de legitimación interna del sector que como una auténtica fiesta de las artes escénicas. Quizá por ello surgieron posteriormente los Premios Talía, aunque tampoco ellos hayan escapado a polémicas similares.
Autoridades en la alfombra roja del Teatro Romano, antes de la gala. (Fotos cedidas por la gala y Eloy López)
Pero vayamos a la gala, donde el talento extremeño asumió buena parte de la responsabilidad artística.
La dirección artística corrió a cargo de Cristina D. Silveira, que ofreció una propuesta digna, visualmente cuidada y, sobre todo, sorprendentemente breve. En tiempos en que algunas ceremonias parecen concebidas para poner a prueba la resistencia física del espectador, la concisión fue uno de los mayores aciertos de la noche.
La velada combinó danza, música y recreaciones inspiradas en Esquilo, Sófocles y Eurípides, junto a evocaciones de María Zambrano y Catalina Clara Ramírez de Guzmán. Diecisiete bailarines e intérpretes extremeños aportaron dinamismo y cohesión visual a una propuesta donde la danza asumió un papel protagonista. Sin embargo, los momentos más memorables llegaron de la mano de los fragmentos trágicos interpretados por María Luisa Borruel (Medea), José Vicente Moirón (Edipo), Esteban G. Ballesteros (Sócrates), Alberto Amarilla (Prometeo), Pepa Gracia (Antígona) y la madrileña Isabel Ordaz (Hecuba), actuaciones que nada tuvieron que envidiar a las de muchos de los galardonados. En el apartado musical brilló especialmente la soprano Mar Moran, acompañada al piano por Belén Castillo y el joven bailarín pacense Óscar Alonso, de reconocida trayectoria internacional.
Pero pese a sus indudables aciertos, la gala no terminó de encontrar una verdadera unidad dramática. Más que una dramaturgia reconocible, ofreció una sucesión de cuadros escénicos de notable factura. El concepto de «grandeza», invocado en varios momentos, tampoco acabó de definirse con claridad.
Según se había anunciado, la propuesta giraba en torno a las raíces, los orígenes, la tierra, los mitos y el futuro de las artes escénicas. Sobre el papel sonaba sugestiva. En la práctica, el espectador se encontraba transitando por un amplio mosaico de referencias heterogéneas donde convivían Ceres, Medea, Pasolini, Margarita Xirgu, Sócrates, Diotima, Catalina Ramírez de Guzmán, Robe Iniesta, María Zambrano, Edipo, Antígona, Hécuba, la danza butoh, compositoras extremeñas, danza para la infancia y homenajes a extremeños que desarrollaron su carrera fuera de la región.
Artistas participantes en los Max, saludando al final. (Fotos cedidas por la gala y Eloy López)
La dificultad surgió al intentar convertir ese universo de referencias en un relato reconocible. El resultado recordaba por momentos a un gazpacho conceptual elaborado con ingredientes de calidad: mitología clásica, filosofía, memoria histórica, danza, poesía y reivindicación territorial. El problema no estaba en los ingredientes, sino en la proporción de la mezcla. La acumulación de alusiones terminaba imponiéndose sobre la claridad del discurso, dejando al espectador -a veces fascinado, a veces extraviado- la tarea de descubrir por sí mismo los vínculos entre unas piezas y otras. Una dificultad que probablemente resultó aún más evidente para quienes siguieron la ceremonia a través de la retransmisión televisiva.
También se echó en falta la presencia de la comedia. Resulta paradójico que una ceremonia dedicada a celebrar todas las artes escénicas terminara inclinándose de forma tan marcada hacia la solemnidad y la tragedia. Los fragmentos interpretados fueron bellos y emotivos, pero el conjunto acabó instalado en un tono excesivamente grave, como si Esquilo, Sófocles y Eurípides hubieran monopolizado la lista de invitados. Al fin y al cabo, los propios griegos sabían que después de la tragedia convenía dejar entrar un poco de comedia.
Y si hubo héroes discretos en la noche, fueron aquellos bailarines encargados de recordar a los premiados una verdad tan antigua como el propio teatro: que el tiempo pasa. Con admirable eficacia aparecían cuando algún galardonado confundía el agradecimiento con unas memorias completas, una conferencia improvisada o el borrador de sus futuras obras completas. Gracias a su simpática actuación, incluso los discursos institucionales -de Antonio Onetti, presidente de la SGAE- quedaron reducidos a una extensión razonable.
El director Andrés Lima, con el elenco ganador del Max 2026, al Mejor Espectáculo Teatral.(Fotos cedidas por la gala y Eloy López)
El mecanismo regulador, sin embargo, pareció sufrir una súbita suspensión cuando subió al escenario Jesús Cimarro para recoger su galardón. Fue entonces cuando los diligentes guardianes del cronómetro desaparecieron con la misma rapidez con la que antes habían acudido a rescatar al público de otros excesos oratorios. Un misterio escénico digno de los antiguos dramaturgos.
El director del Festival de Mérida aprovechó la ocasión para ofrecernos una extensa reflexión sobre la cultura, su capacidad transformadora y sus elevadas virtudes cívicas. Todo ello legítimo y, en gran medida, ya conocido. Lo que despertaba cierta perplejidad era el contraste entre ese discurso idealista y la trayectoria de un gestor cuya labor durante años ha estado marcada por una atención constante a la rentabilidad, la visibilidad mediática y el éxito de taquilla. Objetivos, por supuesto, respetables y hasta necesarios para la supervivencia de cualquier proyecto cultural. Pero algunas apelaciones a la esencia casi sagrada de la cultura producían una involuntaria sensación de poesía empresarial. Como si el mercado y la taquilla hubieran decidido, por una noche, vestirse de musas clásicas.
José Vicente Moirón, el único extremeño con un Max, interpretando a Edipo en la gala. (Fotos cedidas por la gala y Eloy López)
Entre algunos asistentes flotaba además un discreto rumor, ese personaje secundario que sabe mucho y nunca falta en las galas culturales. Había quien veía en el premio un reconocimiento tan oportuno como convenientemente alineado con la celebración de los Max en el Teatro Romano. Probablemente no sea más que una de esas sospechas que acompañan siempre a los galardones institucionales. Pero tampoco ayudaba que la coincidencia pareciera escrita por un dramaturgo particularmente aficionado a las simetrías.
En cualquier caso, la ceremonia logró algo que no siempre consiguen los premios culturales: entretener sin hacerse interminable. Y en un tiempo en que muchas galas parecen medir su importancia por la duración de sus discursos, ese mérito merece figurar entre los reconocimientos de la noche.
El actor y productor Juan Carlos Parejo, José Vicente Moirón, la profesora Lydia C. Salsedo y el crítico teatral J.M. Villafaina en los Premios Max. (Fotos cedidas por la gala y Eloy López)









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