COMPROMISOS DE LA MEMORIA
Por: Antonio María Flórez
Desde este altozano del camino en el que nos hemos detenido un momento, se contempla por primera vez la extensa planicie de la umbría tierra extremeña. El viajero viene de Madrid por la Nacional V con la intención de adentrarse en la entraña de su tierra natal y la de sus ancestros ibéricos. Viene de muy lejos, después de muchos años, a cumplir un compromiso con su memoria. Se reclina melancólico sobre el balcón difuminado de la tarde, apoyándose en una imaginaria baranda de aire que da al oro ensangrentado del horizonte.
El viajero, aun así, está alegre, como sus andariegos predecesores al partir hacia los anchurosos caminos de la Mancha o en busca de la Alcarria; pero no eran las del alba, ni más temprano, sino bien avanzado el día, cayendo la tarde en el oeste gallardo de las extremas marcas que hay más allá del Duero. A esta tierra conviene llegar en primavera, por la puerta del crepúsculo, para asistir alucinado al festejo polícromo de nubes en arrebol y soles en declive de amarillos y sombras que abren las puertas de la nostalgia y la esperanza del reencuentro para el andariego.
El viajero viene de América y es un híbrido de sangres y de afectos. Tiene raíces hondas en estas y aquellas tierras. Se siente de aquí y de allá. Quería volver a su pueblo para oler de nuevo la fragancia de las flores y el limonar del patio de su casa, para mirarse en las aguas del río de los mil ojos, para sentir en la piel el tibio ardor de los soles de mayo y las mujeres en flor de la vega del Guadiana; en fin, para evocar el aroma de sus años mozos en Don Benito y la comarca. Una circunstancia familiar propició el regreso y por eso viaja hoy por estas sendas que son las trochas que trasegaron aquellos que abrieron el camino de la Conquista en la lejana América y que él mismo anduvo hace algunos años. Ha nacido en esta tierra, pero hace mucho tiempo vive en las lejanas montañas del café y las esmeraldas, en un mítico país que ahora nombra como Edenia. Quiere entender la razón de sus afectos y por qué en ambas tierras siente a veces cosas tan semejantes, sentimientos tan iguales, sueños tan parecidos.
Ya es de noche y el viajero ha seguido su camino. Se adentra ahora en las luces y calles estrechas de la noble Trujillo. Se instala en un parador y sale a la Plaza Mayor a tomarse unos vinos en cualquiera de sus mesones y a cenar en uno de los restaurantes del segundo nivel, donde le ofrecen perdices en salsa de hierbas y vino de la región. Camina luego por su amplio marco y observa la heterogénea arquitectura de sus tres soportales. Palacios y edificios blasonados apabullan de historia al observador. Baja al primer nivel y se apoya en la piedra granítica de la fuente donde hace años le bañaron sus amigos en un festivo domingo de Pascua. Recuerda la fiesta del «chíviri, chíviri, chíviri», y los besos de una chica que le hicieron soñar con un amor que nunca pudo ser porque tuvo que viajar a América. Las tragedias de su destino a veces han atentado contra sus anhelos.
Pizarro. Trujillo
A la siguiente jornada, el viajero toma su auto en dirección a Miajadas. Quisiera escaparse hasta Aldeacentenera para ver pastar reses bravas en sus verdes dehesas o trepar a la sierra de Montánchez en busca de un lugar donde probar sus jamones y extasiarse con el paisaje desde la imponencia de su castillo medieval. Pero no, debe seguir y se adentra en las hoy feraces tierras de las Vegas Altas. La carretera es estrecha después de Miajadas y se observan a ambos lados extensas planicies de huertas de regadío sembradas de frutales, hortalizas y cereales que otrora lo fueran solo de secano.
Ya se acerca a Don Benito, cabeza de comarca y ciudad centenaria de rancio abolengo y reconocido liderazgo regional. Al viajero se le agita la respiración, el corazón le late más deprisa y una nerviosa emoción lo desazona. Está llegando a su «pueblo»; ahí nació y pasó luego buena parte de su juventud. Hay un puente sobre el Guadiana antes de entrar a la tierra de los llamados calabazones —por una antigua costumbre que tenían sus habitantes de orear calabazas en la segunda planta de sus viviendas, la cual llamó poderosamente la atención de los franceses de la invasión napoleónica—. Ese puente se cruza por el vado, justo en el punto de una antigua conservera. Ahí el río discurre plácido, sereno, transparente y rumoroso; va camino del mar océano, regando estas milenarias tierras de rojizos y hambrientos terrones.
Don Benito es la razón de su viaje, pero además será la sede desde donde lanzará sus próximos periplos por las Vegas Altas y la Serena. Ya sabe de sus cómodos hoteles y de sus excelsos cocineros: anhela deleitarse con la buena comida extremeña que se prepara en sus prestigiosos restaurantes y bares, y a fe que así lo comprueba en su primera noche de estadía: se da un verdadero banquete de tapas en los bares de la Plaza de España. Por la tarde ha visitado la casa donde nació y siente que sus raíces se llenan de savia y nutrientes recuerdos: ha olido las flores del patio y el agridulce aroma de los limoneros, y también ha hurgado en sus viejos papeles y ha mirado sus fotos y objetos personales que marcaron su adolescencia. La antigua casa blanca del viajero queda cerca de una avenida, junto al parque y la estación de autobuses, en una calle que tiene nombre de actriz, lleva a la vía del tren y acoge la casa del destacado pintor Juan Aparicio, autor de uno de los retablos de la centenaria iglesia gótico-herreriana de Santiago. Recorre muchas de las vías del centro: las iglesias de Santa María y de San Juan, el colegio Claret, la fuente del Guadiana, el teatro Imperial, la calle donde vivió el ilustre filósofo y diplomático Donoso Cortés, la antigua mansión del conde de Don Benito, la Casa de la Cultura de Rafael Moneo y el particular barrio de los «alemanes» construido a golpe de recursos de emigrantes de los años sesenta, donde se topa con el típico jayán extremeño, amigo del sol y enemigo del sarraceno, que tan acertadamente describiera Francisco Valdés en sus Estampas: «Si miráis de frente la cabeza de este hombre […] notaréis que su pelo, hirsuto y canoso, cae sobre la rugosa frente en forma de M mayúscula; que sus ojos son pardos, siempre secos, que su boca es fina y su nariz aguzada al modo semítico; que las arrugas de su rostro son profundas, salientes los pómulos, despegadas y cerdosas las orejas, negros y largos los dientes». Indudablemente esta ciudad es tierra culta, de eruditos, artistas y poetas: Luis María Gómez Canseco, Pedro Torre Isunza, Antonio Martín Romo, Paco Señor el de Muchedumbres en la lumbre y María Rosa Vicente, la de Canto de la distancia («Acababa de veros. / Paseando la plaza, sombra y fuente. / Quise casi deciros: Vamos a soñar.»).
El viajero ha decidido usar la mañana de un nuevo día para visitar Medellín, en una curva del río tutelar de las Vegas Altas, a sólo ocho kilómetros de su base. El pueblo no tiene siquiera tres mil habitantes y fue fundado por un cónsul romano –Quinto Cecilio Metelo – en el año 74 antes de Cristo, con el nombre de Metellinum. De lugar de descanso para la soldadesca acantonada en Emerita Augusta, tuvo luego una vital importancia estratégica durante las épocas visigótica y musulmana al controlarse desde su castillo medieval el paso por el río Guadiana, sobre el que se construyó en el siglo XVII un largo puente de unos cuatrocientos metros de longitud en el que aún se conserva un templete con el escudo de los Austrias.
AMF. Bogotá
Pero la importancia de este pueblo viene dada por haber sido la cuna de uno de los más grandes conquistadores de América, Hernán Cortés, que derrotó a Moctezuma y se apoderó del imperio invasor de los aztecas, subyugadores de los tlaxcaltecas, totonacas, texcotanos y otras decenas de pueblos de esa región mesoamericana. Aún se conserva en la iglesia de San Martín la pila donde fue bautizado el artífice de una de las gestas más heroicas del Descubrimiento. Pero el viajero sostiene que, en este pueblo, además, debieron nacer otros importantes exploradores de otras regiones de América, especialmente de Colombia, porque en lo que él llama Edenia se conservan algunos giros lingüísticos y construcciones muy similares a las que ve en las calles de este pueblo y no en vano una de las ciudades más importantes de este país se llama Medellín.
Al mediodía se toma una cerveza en uno de los chiringuitos de la playa del río y regresa a comer a Don Benito, para luego seguir por la avenida de circunvalación construida en homenaje al expedicionario local Alonso Martín, el primer hombre del grupo de Núñez de Balboa que avistó el océano Pacífico, cercano a Francisco de Pizarro y a Álvaro de Mendoza. Va camino de Villanueva de la Serena, la tierra del descubridor de Chile, Pedro de Valdivia, quien sirvió a las armas en las huestes de los Pizarro en el Perú. Villanueva está cada vez más cerca de Don Benito; finalmente, estos pueblos de rivalidad centenaria en pocos años terminarán fusionados. De este pueblo el viajero tiene muy gratos recuerdos: allí nació su madre y vivieron sus abuelos hasta que la Guerra Civil acabó con sus propiedades y buena parte de la obra pictórica y fotográfica del artista emeritense Alfonso Trajano, su abuelo materno; también evoca a entrañables amigos, a juveniles amores y largas jornadas de práctica deportiva en un club de baloncesto llamado Doncel.
Camina por sus calles despaciosamente, degustando el añejo sabor de sus casas bajas y señoriales. El pueblo le ha rendido tributo a la literatura bautizando a muchas de sus vías con el nombre de escritores; no en vano aquí nació el médico novelista del Noventayocho Felipe Trigo, a quien se le rinde homenaje todos los años con un importante concurso de novela. El viajero se extasía con la Casa de los Bolos, la estatua de la Sirena en la Plaza de la Constitución y la torre de la iglesia de la Asunción. Luego va a la piscina –donde tanto entrenó–, se asoma a Entrerríos y a la ruta de los pantanos y de la Siberia extremeña, pero sabe que esa ruta no puede ser afrontada en este viaje y deberá esperar tiempos más propicios. Debe regresar a su pueblo, donde le espera una cena de reencuentro y despedida con algunos familiares y amigos, y alistarse para el regreso a Madrid y luego a América.
Esta tierra, otrora belicosa, de mesnadas viriles, osadas y guerreras, de viriatos, garcías de paredes, pizarros, corteses, valdivias, martines, orellanas y cuestas, por muchos siglos mostró la altivez de su mirada desafiante y victoriosa contra el romano agresor, el moro invasor, el turco infiel, el genovés traficante, el rebelde americano y el pérfido francés. Pero también mordió el polvo de la derrota y doblegó la testuz ante el infortunio de la debacle de los imperios. Y el desarraigo, la pobreza, la injusticia, las inclemencias de la naturaleza, las enfermedades y el hambre diezmaron sus campos y urbes, e hirieron su orgullo por decenas de años. No obstante, hoy se alza de nuevo, altiva y soñante como tierra de buenos augurios.
Y en este breve recorrido que ha hecho por los lugares, las palabras y los rostros, el viajero ha reconstruido buena parte de sus recuerdos, ha recompuesto sus pasos y entendido un poco mejor por qué siente cosas tan parecidas a ambos lados del Atlántico y porqué estos hombres que viajaron a tan lejanas tierras sucumbieron al fasto del paisaje y sus tesoros.
Antonio María
AMF







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