Balance del 72 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida
UN BUEN FESTIVAL CON UN TROPIEZO SIGNIFICATIVO
Por: José Manuel Villafaina
Como cada año, tras la clausura del Festival llega el balance oficial, acompañado del habitual redoble de tambores de su director, Jesús Cimarro, proclamando el éxito de la edición con las consabidas cifras de espectadores, repercusión e impacto económico, convenientemente aderezadas para la ocasión. Un relato ya gastado, que convence cada vez menos y que parece formar parte de un ritual más sostenido por la costumbre que por su utilidad. Estas cifras ya aburren. Quizá por eso este año, por primera vez, ni siquiera estuvieron en la presentación los máximos responsables de la Junta y del Ayuntamiento junto al director. Un festival de estas características no debería medirse sólo con la calculadora: también debe someterse al criterio artístico.
Y aquí conviene empezar por reconocer algo que este año sí merece ser destacado: la 72 edición ha sido, en términos generales, una buena edición. Frente a temporadas anteriores desiguales, el Teatro Romano ha recuperado buena parte de su dignidad escénica. La mayoría de las propuestas presentadas han mantenido una línea de calidad, con lenguajes, estéticas y planteamientos diferentes, pero capaces de defender su presencia en un escenario tan exigente como el emeritense.
La programación ha mantenido, además, una coherencia grecolatina que debe valorarse positivamente. Es cierto que solo “La comedia de la olla” procede directamente del repertorio clásico, mientras el resto son recreaciones, versiones o textos contemporáneos inspirados en el universo grecorromano. Pero precisamente ahí reside una de las virtudes de esta edición: los clásicos no han aparecido como piezas de museo, sino como materia viva para hablar del poder, la memoria, la libertad, la desigualdad, la identidad, el deseo o la condición humana.
Escena de LAS NUEVE MUSAS
Los nueve espectáculos han ofrecido un abanico de propuestas donde han convivido teatro, danza, música, flamenco, poesía y lenguajes contemporáneos. Algunas han alcanzado excelencia; otras han mostrado sus costuras, pero ninguna ha pasado inadvertida. Y eso, en un festival, ya es una forma de éxito mucho más interesante que cualquier cifra de taquilla. Entre todas, la tragedia “Fedra en los Infiernos” y la comedia “Las 9 Musas” han sobresalido como las propuestas más completas de la edición. La primera encontró en Lydia Bosch una Fedra de poderosa intensidad y construyó un universo visual de gran fuerza; la segunda cerró el Festival con una celebración musical y escénica de enorme atractivo, convirtiendo a las antiguas inspiradoras en mujeres de nuestro tiempo.
Escena de FEDRA EN LOS INFIERNOS.
También hubo propuestas singulares. “Spartacus” estuvo bien, pese a cierta falta de ensayos, perceptible en su protagonista Miguel A. Muñoz; “Electra Jonda” montada por el veterano Manuel Canseco demostró que la tragedia griega puede hablar con acento andaluz sin perder su esencia; “Timón de Atenas” encontró en un gran Pepe Viyuela y en la inteligente dirección de Hernán Gené una manera de revelar la actualidad de Shakespeare; “Bacanal” recuperó, con Chevi Muraday, la dimensión ritual del teatro mediante el cuerpo, la música y la palabra; y “El viaje de Edipo” logró, con la especial dirección de actores de Emilio del Valle, que la vieja estirpe de los Labdácidas volviera a hablarnos de poder, violencia y memoria. Incluso “La comedia de la olla”, aun siendo más complaciente de lo que hubiera sido deseable, cumplió una función importante: recordar que el Festival debe mirar hacia el repertorio clásico propiamente dicho. Porque Plauto sigue ahí no solo con sus carcajadas, sino también con la mordacidad que convirtió a la comedia romana en una de las fuentes del teatro occidental.
Y después estuvo “Cómicos de Roma”. Aquí llega el tropiezo. Y no un tropiezo menor, sino el fracaso más evidente de la edición. Una obra de Mamet concebida como homenaje a la resistencia del teatro terminó siendo el espectáculo que menos consiguió defenderse teatralmente. El texto, inspirado en los mecanismos de Plauto, tenía posibilidades; la adaptación de José Pascual era funcional y conservaba su agilidad. Pero la puesta en escena no encontró el ritmo, la imaginación ni la precisión que reclamaba la farsa. El resultado fue una representación fallida, sin la chispa necesaria para convertir el ingenio verbal en verdadera comicidad. La dirección de actores tampoco acertó con el tono y Fernando Tejero, sobre quien recaía el peso de la función, ofreció un Strabo decepcionante, lejos de la astucia, vulnerabilidad y carisma que el personaje necesitaba. Ni el reparto ni el montaje lograron transformar el texto en esa fiesta teatral que prometía.
Escena de CÓMICOS DE ROMA.
La respuesta del público fue igualmente significativa. A pesar del lleno del Teatro Romano, propiciado por la popularidad de sus intérpretes, los aplausos quedaron muy lejos del entusiasmo suscitado por otros espectáculos. Y no deja de ser una lección para quienes confunden con mucha facilidad éxito de convocatoria con éxito artístico. La circunstancia adquiere mayor relevancia porque “Cómicos de Roma” pertenece a Pentación, compañía del director del Festival. No es necesario convertir esto en una acusación para señalar una cuestión que merece reflexión: cuando quien dirige un festival participa directamente en sus producciones, y además estas figuran como las de mayor respaldo económico, resulta importante que existan transparencia, criterios claros y una distancia suficiente entre la gestión y la promoción. De lo contrario, el aplauso corre el riesgo de convertirse en parte del presupuesto.
Este año la participación de Pentación se ha limitado a cinco días, en condiciones similares a las de las demás compañías -anteriormente le dedicaba abusivamente el doble-, lo que ha permitido incorporar una propuesta más a la programación. Es un dato positivo. Pero por ello resulta más difícil comprender que el espectáculo propio haya sido el eslabón más débil de una cadena que este año funcionó bastante bien. Porque ahí está la gran paradoja de esta edición: el Festival ha sido mejor que algunos de los discursos que lo acompañan. Mientras las cifras oficiales vuelven a ocupar el centro de la escena, las obras han ofrecido argumentos mucho más interesantes para valorar lo ocurrido en el Teatro Romano. El público puede llenar las cáveas por muchas razones -algunas sospechosas de favoritismo en la propaganda-; el verdadero éxito consiste en conseguir que, después de apagarse las luces, algo permanezca en la memoria.
También sería deseable recuperar algo que se ha perdido: el debate profesional. Hay demasiadas actividades paralelas que poco aportan más allá del ambiente, la visibilidad y la animación. El Festival necesita algo más sustancial: reflexión, discusión, encuentro entre creadores, críticos, investigadores y profesionales que ayuden a pensar qué Festival queremos para el futuro. Mucha pirotecnia puede iluminar una noche; no necesariamente alumbra un camino. Y ese camino debería conducir hacia un Festival que encuentre el equilibrio entre la necesaria dimensión popular y la exigencia artística. El Teatro Romano puede llenarse con nombres conocidos -y no hay nada malo en ello-, pero su prestigio no puede depender exclusivamente del tirón mediático. Mérida necesita espectadores que salgan del teatro llevando consigo una pregunta, una emoción o una imagen que no tenían cuando entraron. Por eso, el balance de esta 72 edición puede resumirse sin necesidad de maquillajes: ha sido un festival más equilibrado, con espectáculos que han aportado calidad y personalidad, y un tropiezo significativo: precisamente la producción de Cimarro, que este año recibió el Premio MAX de Honor al mejor productor. ¡Qué ironía!
Quizá los dioses del Olimpo, que durante siglos han observado con paciencia nuestras miserias humanas, hayan querido enviar este año un mensaje a Mérida. O simplemente se hayan limitado a hacer lo que hace un dios cuando ve demasiada autocomplacencia: lanzar un rayo. El rayo cayó sobre “Cómicos de Roma”. Y, por una vez, Zeus pareció tener buen criterio.
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LO MEJOR DEL FESTIVAL 2026 EN EL TEATRO ROMANO
Este crítico, que ha asistido a todos los estrenos, valorando los mejores trabajos artísticos de los espectáculos en esta 72 edición del Festival, cree que merecen una CORONA DE HIEDRA y PLACA DE BRONCE (sencillo reconocimiento que se otorgaba en los certámenes teatrales de las Grandes Dionisias griegas) los siguientes:
Mejor espectáculo Tragedia: «FEDRA EN LOS INFIERNOS», de la compañía La Raíz Producciones y Coribante Producciones
Mejor espectáculo Comedia: «LAS 9 MUSAS», de la compañía El Negrito Producciones (de Don Benito)
Mejor texto Tragedia: JOSE MARÍA DEL CASTILLO, por «Fedra en los infiernos»
Mejor texto Comedia: RICARD REGUANT, XÈNIA REGUAND y FERRÁN GONZÁLEZ, por «Las 9 Musas»
Mejor dirección Tragedia: JOSE MARÍA DEL CASTILLO, por «Fedra en los infiernos»
Mejor dirección Comedia: RICARD REGUANT, XÈNIA REGUAND y FERRÁN GONZÁLEZ, por «Las 9 Musas»
Mención especial mejor dirección de actores: EMILIO DEL VALLE, por “El viaje de Edipo”
Mejor Actor Protagonista Tragedia: PEPE VIYUELA, por “Timón de Atenas”
Mejor Actriz Protagonista Tragedia: LYDIA BOSCH, por “Fedra en los infiernos”
Mejor Actor Protagonista Comedia: CARLOS SOBERA, por «La comedia de la olla»
Mejor Actriz Protagonista Comedia: COLECTIVO DE ACTRICES DE «LAS 9 MUSAS»: CARMEN CONESA, NEREA RODRÍGUEZ, ANGY FERNÁNDEZ, NOEMÍ GALLEGO, MIRIAN QUEBA, CLARA ALVARADO, ERIKA BLEDA, MARIA PASCUAL Y ADRA GUASCH
Mejor Actriz de Reparto Tragedia: ALEJANDRA TORRAY, por “Electra Jonda”
Mejor Actor de Reparto Tragedia: JUAN GEA, por «Electra Jonda»
Mejor Actriz de Reparto Comedia: Desierto
Mejor Actor de Reparto Comedia: Desierto
Mejor escenografía: ANA TUSELL, por «Fedra en los infiernos»
Mejor iluminación: FLORENCIO ORTIZ, por «Fedra en los infiernos»
Mejor vestuario PIER PAOLO ÁLVARO/ROGER PORTAL, por «Fedra en los infiernos»
Mejor música: JOSÉ LUIS MONTÓN, por «Electra Jonda»
Mejor coro: Los doce bailarines de la COMPAÑÍA IBÉRICA DE DANZA por « Electra Jonda»
Mejor coreografía: CHEVI MURADAY, por “Bacanal”
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