WEB ARTICULO maria jose 2 26 agosto 2026

ESPECIAL FERIA DE DON BENITO 2026

JUEGO DE RINCONES

Por: María José Fernández Sánchez

 

Donde quiera que mires a tu alrededor, pudiera estar sellado de recuerdos que un día en el pasado hicieron sentir de mil formas diferentes. Me refiero a los rincones que quizás una vez buscamos a oscuras cuando éramos más jóvenes para compartir nuestra intimidad; después guardaste en silencio lo que a la luz dejaría de ser un secreto a voces.

Así se esconden mil historias, la que se cuenta en voz velada, mirando hacia todas partes para ver si nos vigilan; y es que poseer algún secreto hace sentirnos elegidos o tal vez especiales. Algunos secretos se atesoran, igual que se hace con las nuevas palabras que desean salir por primera vez de tu boca; ellos son juegos de escondites que se guardan en los recovecos del alma y solo se los contamos a quienes confiamos o estimamos plenamente. Muchos tienen la potencia de un proyectil: aquel que le toca le tatúa el corazón. Donde se deposita nuestra confianza, lo que pesa como una losa cuando no se comparte, ya que pudiera ser una confidencia extremadamente delicada.

Yo tuve secretos desde que era niña; todos los tenemos. Los he llevado durante años mientras han sido para mí preciados. En algún momento, te liberas de ellos cuando dejas de concederles tanta importancia, momento en que la vida te hace madurar y decides sacarlo a la luz; te das cuenta de que lo que creías un mundo lo ves ahora como en una niñería, aunque en el fondo entendamos por qué, en su momento, se pudo sentir de esa y no otra forma.

En los años 70, mis padres poseían una economía muy justa, por tal motivo cada temporada llegaban paquetes a casa y mi madre se ponía muy contenta: era ropa de mis primos que ya no utilizaban por cualquier motivo. Mis primos vivían en Barcelona y tenían un nivel de vida más alto que nosotros. Por aquellos entonces confieso que no me importaba ponerme algunas cosas suyas, aunque fuesen muy diferentes a las que mi madre me compraba contadas veces en el mercadillo. Recuerdo que lo que más me llegó a traumatizar fue cuando me obligaron a ponerme mis zapatos ‘Bonanza’ con un agujero en cada dedo gordo, debido a que me quedaban pequeños y se notaba de todos modos el contraste del calcetín. El caso sucedió justo la tarde que mis padres decidieron ir a dar una vuelta en el coche al pantano de Puerto Peña -conocido como embalse de García de Sola- y me exigieron que llevase puesto semejante calzado. Tendría yo unos catorce años y mi hermano seis cuando bajamos del auto para dar una vuelta por la carretera, camino al embalse… Recuerdo perfectamente que bajé mosqueada del vehículo, por no querer llevar puestos esos zapatos: llevaba torcido el gesto y agarraba a mi hermano de la mano. Cuando estábamos distanciados bastantes metros de nuestros padres, veo que iban a cruzarse unos chicos por el camino y uno de ellos me comenzó a silbar… El rubor se me subió a la cara y me puse con un sonrojo terrible; pues enseguida pensé: ¿No se estarán riendo de los agujeros de mis zapatos? ¿Cómo era posible que no se fijaran en ellos? Reconozco que esa era mi vergüenza. También pensaba que yo no merecía tales piropos. “¡Tierra, trágame!”. Para mí era vital que no se volviese a dar la misma situación, hasta tal punto que, desde entonces, me hice la promesa de que cuando fuese mayor saldría de casa dignamente arreglada. Por tal motivo, entre otros, nunca me he puesto vaqueros destrozados; no me he tatuado ni he llevado piercings.

Otra historia que guardé un tiempo y que me dio mucha rabia fue en una feria de agosto, cuando un concejal le dijo a mi madre que yo me presentase para Miss. Al escucharlo me hizo ilusión, pero ella se negó rotundamente. Pero, ¿por qué, mamá?, todas mis amigas se van a presentar. Entonces, cuando llegamos a casa, me dijo que me tendría que comprar un vestido nuevo y no tenía dinero. En fin, dejo ahí caer un secreto de mis rincones del alma, para que entendáis cómo pudiera yo haberme sentido de niña, en algunas circunstancias.

Los secretos también forjan sueños y algunos se comparten; muchos de ellos van cargados de ilusiones. Me viene el recuerdo de cuando éramos jovencitas; mi íntima amiga y yo pensábamos en cómo sería nuestro marido cuando nos echásemos novio, porque nosotras queríamos conocer el amor, casarnos y tener hijos. Recuerdo que lo imaginábamos maravilloso; y es que desde niñas vemos cómo se va desvelando nuestra vida. Por aquellos años espiábamos a los mayores en las conversaciones que eran subidas de tono, los que delante de nosotras se ponían muy serios y muy dignos. Ello me trae el recuerdo de una historia que viví hace unos días y que transformé en el siguiente poema:

‘EL RINCÓN DE LOS GATOS’

“Por las tardes, a los pies de una puerta falsa verde, se hallaba un gato albino. Yo lo veía la mayoría de las veces cuando subía a la casa, y me preguntaba qué haría. El gato nunca decía ni hacía nada; simplemente allí esperaba tranquilo, digo yo, alguna respuesta. Una tarde me acerqué al gato decidida a averiguarlo, acariciándole el lomo; debajo de la puerta bufó una gata celosa y esquiva. Entonces supe de sus soledades”.

Llegado el momento actual, ya dije, estas cosas me parecen una niñería, aunque comprendo que, con esa edad, tenía cierta carga emocional. Hoy confieso que he pasado muchos años vistiendo con prendas que me han favorecido; también reconozco que llevar ropa a disgusto pone de mal humor, y más teniendo un agujero en el calzado. El aspecto es esencial, y más en los años 80, donde cualquier jovencita poseía un pantalón vaquero. Para mí, tener uno era un lujo, pues mi padre era sastre y me los hacía de paño; y en lugar de utilizar cremallera, llevaban botones, y me ponía de los nervios.

Hoy día sigo poniéndome ropa de mi agrado, aunque sin tanto esmero, y desde hace muchos años he dejado atrás la angustia que me hacía sentirme inferior a cualquier persona que fuera bien arreglada. Lo que me parece curioso es que ahora los jóvenes visten con peor aspecto que en el siglo XX: vaqueros rotos, atuendo femenino extremo; incluso combinaciones disparatadas o pantalones bajos, dejando al aire la ropa interior.

Escondo en mi corazón historias que os podía referir; dejo como muestra el artículo, para demostrar que, según la época, tenemos unas costumbres y unos valores distintos, en especial las generaciones más jóvenes. Cuando iba a Madrid, me encantaba ver cómo iban las personas por la calle un día de diario: ejecutivos, empresarios, chicas monísimas, etc.; todos muy arreglados. Ahora, se denota un gusto por lo mediocre en la sociedad en general. Y no solo hablo de ropa extrema, sino del aspecto de algunos círculos que se muestran decrépitos, provocativos o chabacanos. La gente se viste menos, se pone cómoda, le favorezca o no. Hasta cierto punto no me parece mal esa actitud, a costa de perder estilo y cierta dignidad ética.

LAS FIESTAS

Este verano han sucedido o se irán sucediendo sus fiestas en cada lugar. Por estas fechas se festejan las de Don Benito. Mi consejo es que os vistáis lo más favorecedores posible; que vayáis pensando en un atuendo delicado y maravilloso que no os hayáis atrevido a poner, por miedo a que digan que vais demasiado elegantes; arriba las fiestas, la gente bien arreglada que se perfuma y camina con solemnidad, pues son las que alegran el entorno y suscitan miradas por las calles. Viva la gente linda, bonita y maravillosa de Don Benito en su fiesta grande.

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