72 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida / La crítica
LYDIA BOSCH ECLIPSÓ EL ECLIPSE SOLAR EN “FEDRA EN LOS INFIERNOS”
Por: José Manuel Villafaina
Fedra en los Infiernos, escrito y dirigido por José María del Castillo, constituye el séptimo espectáculo de la 72 edición del Festival. Coproducido por La Raíz Producciones, Coribante Producciones y el propio Festival, se adentra en uno de los mitos más conocidos de la tradición clásica para ofrecer una lectura contemporánea de nueva creación. Del Castillo ya estuvo en el Teatro Romano hace dos años con “Medusa”, un espectáculo irregular y de evidente vocación comercial que, a juicio de quien firma esta crítica, dejó bastante que desear.
Muchos dramaturgos –Séneca, Racine, Unamuno, Espriu, Mediero, Mayorga, Narros, Becerra, entre otros- han llevado a escena a Fedra, personaje central de Hipólito, de Eurípides, una de las grandes obras del teatro clásico. En el Teatro Romano, desde aquella versión de Séneca, montada en 1953 por universitarios, destacó especialmente, en 1981, la de Martínez Mediero, llevada a escena por la compañía Torres Naharro del Centro Dramático de Badajoz, con un espectacular montaje. El reparto, integrado por figuras como Victoria Vera, Juan Carlos Naya, Manolo de Blas y Terele Pávez, junto a numerosos actores extremeños, actuaba a viva voz y logró llenar las cáveas durante once días. La propuesta recibió el reconocimiento de críticos como Pérez Coterillo y Monleón, fue publicada en Primer Acto y posteriormente emitida por TVE en Estudio 1.
En la propuesta de José María del Castillo, Fedra, esposa de Teseo, vive atormentada por el amor prohibido hacia su hijastro Hipólito. Tras morir, las Moiras le conceden una segunda oportunidad para cambiar su destino, pero vuelve a sucumbir a su pasión y desencadena nuevamente la tragedia que conducirá a la muerte de Hipólito. Desde los Infiernos, deberá enfrentarse a su culpa y al juicio de los demás, en una historia que plantea la compleja relación entre deseo, libertad, destino y responsabilidad.
Uno de los aciertos del texto es presentar a Fedra como un personaje complejo, alejado de la simple condición de culpable. Su fuerza dramática y su voz rebelde permiten abordar con viveza el conflicto entre deseo, destino y libertad. También resulta eficaz la ruptura de la cuarta pared, que convierte al espectador en una suerte de jurado y lo obliga a decidir si debe comprender, condenar o absolver a la protagonista.
La propuesta posee fuerza visual: hilos, velos, sombras, coro y fuego construyen un universo poético de gran teatralidad. El humor, especialmente en las intervenciones de la Nodriza, aporta ligereza y humanidad a una historia que podría ahogarse en su propia solemnidad. Sin embargo, la obra tiende a explicar demasiado aquello que ya ha conseguido mostrar. Los discursos de Fedra sobre la culpa, el deseo y el juicio moral resultan interesantes, pero su reiteración resta fuerza a determinados momentos. Más silencio y subtexto permitirían confiar más en la inteligencia del espectador. También resulta discutible la tendencia a justificar a Fedra. Comprender que no siempre elegimos lo que sentimos no significa quedar exentos de responsabilidad por lo que hacemos. Precisamente esa contradicción -ser víctima del deseo y, al mismo tiempo, responsable de sus consecuencias- podría haberse explorado con mayor profundidad.
Los personajes giran alrededor de Fedra como planetas alrededor de un sol en combustión. Las Moiras representan el destino; Hipólito, la inocencia y el honor; Teseo, el poder y la violencia; Aricia, la memoria del daño y el amor; y la Nodriza, el contrapunto humano y humorístico. Sin embargo, la intensidad de Fedra eclipsa en ocasiones a quienes la rodean. La obra ganaría dotando a sus secundarios de mayor autonomía y profundidad. El lenguaje, aunque poético y visualmente sugerente, mantiene a veces una intensidad excesiva. Cuando todos gritan, hasta el silencio parece pedir turno. Una mayor contención permitiría que las palabras importantes adquirieran mayor resonancia. “Fedra en los Infiernos” es un texto ambicioso e imaginativo, sostenido por una protagonista cuya virtud está en discutir con el mito y con nuestra necesidad de juzgarlo; su debilidad, en querer ofrecernos a veces la respuesta antes de que podamos formular la pregunta.
La puesta en escena de Del Castillo es fiel al texto y consigue depurar algunas de sus debilidades. El director demuestra oficio en el manejo de los elementos escénicos y en la dirección de los intérpretes, con un trabajo de notable dignidad artística. El reto de llenar la inmensidad del Teatro Romano se resuelve mediante una poderosa concepción visual. La escenografía, de Ana Tusell, presidida por un árbol desnudo y espectral, crea desde el inicio la atmósfera inquietante del inframundo. Desde ese espacio, la acción transita con agilidad entre lo terrenal, lo onírico y lo infernal. Hilos, velos, humo, sombras y fuego componen imágenes de gran belleza plástica. La iluminación, de Florencio Ortiz, con sus halos multicolores, potencia el carácter onírico y espectacular del montaje. Los vestuarios, de Pier Paolo Álvaro/Roger Portal, de inspiración clásica con discretos toques contemporáneos, completan una estética coherente y atractiva.
Las coreografías, de Benjamín Leiva, aportan dinamismo y funcionan como verdaderas pantallas poéticas. La música, de Alejandro Cruz, de inspiración mediterránea, acompaña la acción con buen ritmo y crece en intensidad en los momentos álgidos. Todo ello conforma un montaje ágil, bien hilvanado y visualmente poderoso. Entre sus momentos más logrados destaca la fiesta organizada por Fedra, desatada, divertida y de extraordinaria calidad teatral. Una escena de tal desparpajo, ritmo y riqueza visual que merece, sin exagerar, el calificativo de antológica. Ante semejante despliegue, no queda sino quitarse el sombrero.
El elenco se integra con solvencia en el ritmo de las escenas, combinando expresividad corporal, voces y cantos fragmentados en las Moiras y el coro. El conjunto realiza un gran trabajo, con actores principales, secundarios y figurantes –Lydia Bosch (Fedra), Julio Peña (Hipólito), Alejandro Albarracín (Teseo), Marta Calvó, Antonio Albella, Eva Diago, Yaiza Marcos y otros- mostrando dominio expresivo y una adecuada entrega. Todos destacaron. Pero es la Bosch, quien concentra gran parte de la función. Aunque debutante en este escenario, se apropia del personaje con sensibilidad y madurez, demostrando una presencia magnética. Aporta belleza y vitalidad dramática, sin perder la organicidad de su interpretación.
Su mejor momento llega en el monólogo final, donde majestuosa e imponente declama con la potencia de un huracán y convierte la frustración de Fedra en verdadera catarsis. Su furia contra los dioses trasciende el mito y el tiempo; es un lamento que parece atravesar los siglos para llegar hasta nosotros. En ese instante, Fedra se convierte en una voz que reclama, con rabia y dolor, el derecho a ser comprendida. Lydia Bosch firma así una interpretación luminosa y de impresionante fuerza teatral.
El público, que casi rozó el lleno total, siguió el espectáculo con un silencio casi ritual, transformado al final en una ovación entusiasta, cálida y prolongada, que alcanzó los 6 minutos y 12 segundos, según el «aplausómetro» de mi colaborador Eloy López. La ovación creció cuando salió a saludar Lydia Bosch, dejando claro que había conquistado al público. Y la noche tenía, además, algo especial: la función coincidía con el eclipse solar, que parecía dispuesto a competir con el espectáculo. Pero el escenario terminó ganando la batalla. Cuando Lydia Bosch apareció bajo las luces del Teatro Romano, el público pareció olvidarse del cielo. Aquella noche, Fedra no solo salió de los Infiernos: salió también a eclipsar al propio eclipse.
(En las imágenes tres momentos de «Fedra en los Infiernos»)





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