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EL MILITARISMO O LA CULTURA DE LA DEFENSA

El Estado da cañones, los ricos dan los bueyes

Y los pobres dan a sus hijos. Cuando termina la guerra,

El Estado recupera sus cañones, los ricos recuperan sus bueyes

Y los pobres se quedan con sus tumbas.

Proverbio serbio.

 

Por: Mariano Escobar Muñoz

El precio de un caza F35 Lockheed Martin está entre 180 y 200 millones de euros; es el modelo del que España tenía apalabrado un lote de 48 unidades con EE.UU. hace unos meses. Un misil intercontinental Minuteman de los que hay una amplia gama a gusto de la bestia de turno, entre 10 y 28 millones de euros y sirve para una sola vez, salvo que los militares y militaristas sigan el consejo del genial Miguel Gila y aten el cartuchito con una cuerda para recuperarlo para otra ocasión; un portaaviones nuclear, como el más famoso y poderoso del mundo, el Gerald R, Ford, los militares y militaristas pueden adquirirlos en la filantrópica Newport por la módica cantidad de unos 15.000 millones de euros la unidad. Una bagatela si calculamos que con su precio se podrían construir más de 150.000 viviendas sociales.; otra bagatela.

Decía el irrepetible Eduardo Galeano, con aquella contundencia, certeza y solemnidad que le caracterizaba que «ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: yo mato para robar», para robar y por tanto, quedarme con lo que es, por derecho, de otros ya sean territorios, recursos o conocimientos. Pero no a lo bestia; eso era antes. Ahora las formas, las comeduras de coco son que las guerras siempre invocan nobles motivos, se mata en nombre de la paz, en nombre de dios, en nombre de la civilización, en nombre del progreso, en nombre de la democracia y si por las dudas, si tanta mentira no alcanzara, ahí está los grandes medios de comunicacion dispuestos a inventar los enemigos, elementos tan esenciales que, sin ellos, las guerras serían, como mucho, monólogos del citado humorista.

La cada vez más apabullante e insoportable presencia de información gratuita sobre el virus cerebral que es el militarismo más desaforado tiene un objetivo, confesado sin rubor ni recato alguno y no es otro que conseguir, lenta pero irreversiblemente, un poso en la conciencia de los que solamente somos números en las estadísticas de los estudios de las ciencias sociales porque, como dice el refrán, «lo que bien se aprende, nunca se olvida». Ese objetivo no es una tontería o un capricho pasajero; es la creación, gota a gota, de lo que según expertos muy expertos en el arte de aborregar tigres de manera definitiva y sin posibilidad de vuelta atrás, hay que llamar cultura de la defensa, con un par, un eufemismo que, utilizado como aquella mentira repetida miles de veces hasta convertirse en verdad, nos lleve, a todos (o la mayoría de los ciudadanos) a interiorizar imposibles equivalencias consistentes en que un misil, un bombardero, o un portaaviones no son armas y mucho menos ofensivas sino elementos de un sistema de defensa emulando argumentalmente aquella expresión de que la mejor defensa es un buen ataque, un buen ataque que elimine al supuesto enemigo y muerto el perro, se acabó la rabia y cualquier posibilidad de contagio, porque, el mejor enemigo es el enemigo muerto y si nosotros decidimos quien o quienes son nuestros enemigos…

Y todo basado en el convencimiento de que los que certificaremos todo este tenebroso sistema, somos como el pollo desplumado que vuelve a la mano que nos ofrece un puñado de pienso.

Esa relación distópica, por ser delicado y pelín cursi en el lenguaje, copia del modelo que nos narró aquel escritor británico, de nombre Eric Blair y alias George Orwell que para justificar los desmanes del poder de Eurasia se cambiaban las palabras para justificar los hechos, el nombre de los ministerios: Ministerio de la Verdad, de la Abundancia o Ministerio de la Paz… en una sociedad que estaba permanentemente en guerra; es el militarismo absoluto hacia el que nos dirigimos inexorablemente.

Es muy raro el día que estos chicos que ahora se llaman periodistas no nos muestran sus saberes sobre el nuevo misil (nuclear, balístico, supersónico, de corto o largo alcance) que tal o cual país acaba de poner en el escaparte, el nuevo caza, bombardero, destructor, corbeta o submarino, va a sustituir por obsoletos con otros más altos, más fuertes, más letales con nuevas anestesias. Los datos son de una pedagogía que te caes de culo (es un decir), que, cual folleto de rebajas de un hiper, nos cuentan hasta el precio y las formas de pago.

Desde el final de la II guerra mundial el militarismo («el predominio de lo militar en la política y el gobierno de una nación», según el DRAE o «la doctrina por la cual las fuerzas armadas ejercen una influencia dominante en una nación, su gobierno y su política») es el elemento superior en esa especie de anestesia permanente a la que nos someten los medios de comunicación día a día, sin respiro, sin descanso, como si la vida fuera eso que antes se llamaba pausa para unos consejos publicitarios publicitaria, el militarismo, en todas sus versiones y facetas le discute la primacía  a las bondades, ventajas y milagros del capitalismo, en tan perfecta armonía, que la única conclusión razonable es la de que el uno es la causa y consecuencia del otro y, sobre todo, que la pervivencia del Sistema no es posible sin la sagrada simbiosis.

Pero, a pesar de la capacidad venenosa de ambos fármacos, nada sería de ellos, por aquello tan de física elemental como que una mesa con dos patas no tiene estabilidad y es necesaria una tercera, la que suponen los medios de comunicación, con el añadido de que una mesa con tres apoyos, siempre asienta, pero con más, no siempre. Los medios de comunicación, mercenarios de las más variopintas causas (en la Historia, no hay guerra sin religión ni religión sin guerra; lo mismo que no hay ideología sin voceros ni voceros sin ideología) son los enfermeros que consiguen que la pócima vaya entrando en vena con la dosis y frecuencia justa para que no nos mate y nos elimine de la ecuación, pero sí que estemos muy malitos. Son «la oveja negra de la familia que mata al lorito con perejil» (J. Krahe). Como gota malaya, son capaces de conseguir que, cuando apuramos el cáliz que nos ofrecen todos los días, todas las horas y todos los minutos, rezumando infame ignorancia, ponzoña y mentiras por todos los bordes del copón dorado y nuestra risa boba de «pues a mí me gusta» con la que ya estamos listos para matar y/o morir mientras las banderas (elemento fundamental en las guerras), son palos con jirones que flamean y el mapa es un papel que se reparten, los reyes mientras los hombres pelean. Los reyes son hoy (todos, sin excepción) los políticos miserables y siniestros, soberbios y analfabetos, ridículos bufones de una Europa patética (lo que mal empieza, peor termina) y del imperio que, podrido y desahuciado no quiere morir en la cama, como dicen que dijo el mítico Sansón a los filisteos en el templo.

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