Web villafaina spartacus 2 jul 2026

Inauguración del 72 Festival de Teatro Clásico de Mérida / La crítica

“SPARTACUS”: MITO, LENGUAJE ESCÉNICO Y BÚSQUEDA CONTEMPORÁNEA DE LA LIBERTAD

Por: José Manuel Villafaina

El espectáculo “Spartacus”, coproducido por el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y la productora Lulalulica Events, con la participación de la compañía Düsseldorf Ballet Theater, ha inaugurado la 72.ª edición del certamen con un estreno absoluto que fusiona teatro, danza y lenguaje visual en una ambiciosa propuesta escénica de inequívoca vocación contemporánea.

Inspirada en el mito del legendario esclavo que desafió el poder de Roma, la dramaturgia de Ana Graciani se aparta deliberadamente de la reconstrucción histórica para adentrarse en la dimensión humana y simbólica del personaje. Desde hace más de dos mil años, Espartaco ha dejado de pertenecer a la historia para instalarse en el territorio del mito, donde cada época ha proyectado sus propios anhelos de libertad, justicia y rebeldía.

La autora construye una tragedia contemporánea que reflexiona sobre el poder, la dignidad y el sacrificio a partir de un recurso dramático tan sencillo como eficaz: un Espartaco agonizante, suspendido entre la vida y la muerte, recorre los episodios esenciales de su existencia mientras dialoga con la presencia de la muerte, encarnada en su caballo. Esa estructura permite que palabra, danza, música e imagen convivan con naturalidad en un mismo discurso escénico.

Escena de la obra.

El texto posee una voz poética reconocible y una notable capacidad para crear imágenes de gran fuerza teatral. Sobresalen las escenas dedicadas a Cyra, donde el amor se convierte en el último territorio de libertad para quienes han sido privados de todo, así como la reflexión sobre el poder como auténtico enemigo del ser humano, una idea que trasciende el conflicto histórico y otorga al espectáculo una dimensión universal.

Sin embargo, esa misma ambición poética constituye también su principal fragilidad. La escritura mantiene casi siempre un elevado grado de solemnidad, con escasos momentos de reposo o intimidad. Cuando todas las emociones se expresan desde el mismo registro, la tragedia pierde contraste y algunos de sus estallidos dramáticos ven disminuida su fuerza. A ello se suma cierta reiteración en algunos monólogos y una tendencia a verbalizar emociones que la danza y las imágenes ya transmiten con eficacia. Paradójicamente, esta obra que habla constantemente de la libertad alcanza sus momentos más libres cuando la palabra calla y el cuerpo comienza a hablar.

La puesta en escena de María Graciani constituye un logro de la producción. El Teatro Romano deja de ser un simple escenario monumental para convertirse en el paisaje interior del protagonista. Las proyecciones visuales sobre las columnas (de Arcos Visuales), de gran belleza plástica, dialogan con la excelente iluminación de Francisco Cordero y con la inspirada banda sonora de Tuti Fernández, que combina composiciones propias con obras de MussorgskyRajmáninovSaint-SaënsBorodín y Chaikovski para acompañar, con notable sensibilidad, el itinerario emocional del héroe.

Otra escena de Spartacus.

Sin embargo, el espectáculo transmite también la sensación de haber llegado al estreno necesitado de un mayor recorrido de ensayos. Algunas transiciones y determinadas coreografías todavía reclamaban ese último grado de precisión que solo proporciona el trabajo continuado sobre el escenario. Las circunstancias ayudan a comprenderlo. El fallecimiento de Pascal Touzeau, encargado del proyecto coreográfico, obligó en poco tiempo a reorganizar la producción. El húngaro Peter Agárdi asumió el relevo con profesionalidad, hubo que incorporar nuevos bailarines formados en danza clásica y contemporánea y coordinar los ensayos del cuerpo de baile desde Toulouse con el trabajo interpretativo desarrollado en Madrid junto a Miguel Ángel Muñoz y las hermanas Graciani. Demasiados kilómetros y demasiadas pantallas para un arte que sigue necesitando la respiración compartida del ensayo.

Pero nada de ello empaña la propuesta valiente y visualmente atractiva que vimos, aunque sí explica esa sensación de que algunas piezas del engranaje todavía buscan el grado de precisión que, con el inevitable paso de las funciones, probablemente terminarán alcanzando.

Y, ya que hablamos de Spartacus en Mérida, conviene ejercitar un poco la memoria. El Teatro Romano acogió en 1991 una inolvidable representación a cargo del ballet ruso de la Ópera de Novosibirsk, con un Maximiliano Guerra en el momento culminante de su carrera, cuya interpretación de Espartaco rozaba lo legendario por su fuerza física y su extraordinaria calidad artística. Aquella fue una exhibición de virtuosismo clásico; esta busca otro camino, más teatral y más introspectivo. Las comparaciones son inevitables -los críticos también padecemos ese pequeño vicio de la memoria-.

En el apartado interpretativo destacan las coreografías de los combates entre Espartaco y su compañero gladiador, así como el enfrentamiento final con Craso, resueltas con vigor, limpieza técnica y apreciable intensidad dramática. Especialmente acertado resulta el desdoblamiento del protagonista entre Miguel Ángel Muñoz e Igor Person, un hallazgo escénico que convierte al bailarín en la memoria física del héroe mientras el actor encarna su conciencia.

Spartacus en escena.

Miguel Ángel Muñoz compone un Espartaco de recorrido claramente ascendente. Los primeros compases lo muestran todavía en busca del personaje, con una voz algo desmayada para las dimensiones del Teatro Romano y una presencia escénica que parecía acusar el lógico vértigo del debut en el estreno. Pero, conforme avanzaba la representación, encontraba el pulso de la tragedia y crecía en autoridad dramática, convicción y calidad en la declamación hasta ofrecer una interpretación honesta, emotiva y profundamente humana.

Al concluir la representación, los aproximadamente dos mil espectadores reunidos en el Teatro Romano respondieron con una cálida y prolongada ovación. El aplauso premiaba un espectáculo todavía en proceso de maduración, pero también una propuesta de indudable personalidad artística que se atreve a recorrer caminos poco transitados dentro del Festival.

 

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Las fotos que ilustran este artículo han sido cedidas por el festival.

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