Web mariano 6 jul 2026 a

ESTOS SON MIS PODERES

Por: Mariano Escobar Muñoz

 

Los primeros años del siglo XVI dicen los que saben muchísima Historia, infinitamente más que yo que fui poco más allá del Grado Medio a finales de los años cincuenta, fueron de lo más entretenidos en lo que se refiere a los que ya entonces se llamaban mandamases que no paraban quieto un rato con sus guerras, guerritas o escaramuzas en una Europa que andaba desnortada (más o menos como ahora, o sea casi siempre), que olía a chamusquina por los vientos que soplaban por las sacristías y por las pretensiones imperiales de sus capicorros que querían ser reyes, y los que ya lo eran querían ser emperadores, lo que les hacía perder el culo por guerrear al lado del santo padre de turno dado el papelón de estraza que desempeñaban semejantes personajes, y su poderosísimo dedo índice, que era el que señalaba, como el caño de una pistola, al agraciado en la tómbola con el pito y la pelota que significaba en cargo de emperador.

En ellas andaba el rey católico más católico de todos los católicos (de ahí su mote, apodo o como se llamase entonces), Fernando V de Aragón, desfaciendo entuertos por tierras italianas, siempre en el lado bueno de la Historia (ya entonces los había), cuando un mal día va su santa esposa, Isabel I, y se muere en olor de santidad, como no podía ser menos.

La que se montó fue más que regular, ya que todos los perros querían presa. La poderosa y un pelín intrigante, díscola y beligerante nobleza castellana que, al parecer, estaba hasta la coronilla de sufragar aventuras belicosas europeas del «macho vara» Fernando, pretende y avisa que quiere de reina a Juana, la hija de los reyes católicos a la que, según cuentan las crónicas, se la había ido la olla por culpa de su marido, un alemán, nieto de un emperador teutón que, ¡cómo serán las cosas y qué atributos no tendría «el figura» que le llamaban, el Hermoso!

La oficialidad, que rezumaba aceite de lámpara eclesiástica por todos los puntos cardinales, dijo que nanai y con la anuencia de don Fernando que seguía haciendo méritos en tierras lejanas, se nombró regente del reino a un pájaro conocido como el cardenal Cisneros, un franciscano que llevaba santificando a Isabel y Fernando desde las largas campañas de la (re)conquista de Granada de las garras del infiel sarraceno. Completaba el personaje su hoja de servicios cuando, a finales del siglo XV, «observaba con inquietud a la población de fe musulmana residente en el antiguo reino… por lo que decidió cristianizarlos de manera drástica (o sea, por sus santas pelotas); eso provocó revueltas mil que fueron sofocadas con la contundencia que acostumbraban unos reyes tan católicos en materias tan delicadas.

En su currículum constaba, además, los muchos trienios como confesor de la reina Isabel, lo que no era cualquier cosa y un montón de servicios a la corona de Castilla.

Cuando unos años después falleció el rey Fernado, volvió la burra al trigo y al carguito de regente, la nobleza castellana también volvió a un conocido erre que erre y, en un fiestorro entre colegas, le conminaron a mostrar cuáles eran sus poderes para mandar tanto; toda su respuesta fue abrir las ventanas hacia el patio donde había varios batallones de artilleros en formación militar con sus cañones relucientes: «Estos son mis poderes».

Cuando esto escribo, pronto será 4 de julio, una fecha que, por las buenas o las malas, se puede considerar como la fecha más importante del mundo «civilizado»: es la fiesta nacional del imperio EE.UU., o sea, de todos nosotros también; todos los años la misma matraca, pero este 2026 lo es, elevado a la enésima potencia. Por ser el 250 aniversario de la proclamación de independencia de los Estados Unidos de América del Norte, la cosa será como en el cumpleaños del abuelo: toda la familia viva acudimos a cantarle, en todos los idiomas, y a ofrecerles nuestra incondicionalidad, larga vida y nuestros mejores deseos.

El próximo 4 de julio la cosa amenaza ir un poco más cargada de bombo. La prensa española, sin excepciones, prietas las filas, llevan desde hace un año mostrando su verdadero rostro y, sin tapujos, conminando, bajo amenaza de excomunión informativa y de derechos del protectorado que somos, a participar en un asunto sobre el que habría que discutir a fondo sobre qué nos va o nos viene realmente sobre esta astracanada; una fiesta militarista hasta la náusea en la que hay dos objetivos primordiales para los que la organizan, señalando, con toda claridad a los destinatarios de semejante demostración de fuerza y poderío, el del patrón y sus empleados y, que los aspirantes al trono imperial que ocupa EE.UU. sepan que el imperio no está solo: más de 70 países aliados, amigos, vasallos, servidores incondicionales, lacayos por las buenas o por las malas, los mejores, los más ricos y poderosos daremos todo por defender el trono de nuestro benefactor.

Muchos meses bombardeando (como corresponde al asunto) las pocas neuronas que nos quedan con los datos, las cifras, los juguetitos que se van a exponer en el escaparate de la capital del Imperio e instando y contándonos, con el correspondiente recochineo para los díscolos, que a los pies del emperador debemos llevar «lo mejor de lo mejor que tenemos», que, al parecer y según ellos, son portaviones con nombres rimbombantes, acorazados, destructores, cazas, bombarderos, fragatas, tanques o misiles comprados, casi siempre y por obligación al mismo proveedor, mucho músculo militar que lo que, a falta de cerebro y neuronas, es lo mejor que tenemos. Por lo visto, las repetidas humillaciones, vejaciones y faltas de respeto del emperador a políticos españoles (entre otros) son pelillos a la mar y no hay que tener en cuenta sus insultos a esa tan querida España y a los que la representan. Ya sabemos que los que discrepan, los que discuten y se pelean son los que más se quieren.

Esta participación en la bacanal del militarismo y muerte potencial, denota la carencia total de dignidad y de valentía de los llamados líderes europeos para levantar la voz frente estos aquelarres militaristas, por mucho que vayan matizados con trémulos «peditos» de monja como el no a la guerra, tan hipócrita como oportunista y que solamente sirve en una dirección. Definitivamente nos toman por estúpidos. Y lo peor es que, tal vez tengan razón.

De los muchos mensajes que quiere lanzar el Imperio con esta charlotada, el primero, es decirles gráficamente y en voz alta a los díscolos, a los discrepantes de siempre, a los que están en el lado malo de la Historia o sea, Rusia, China, Irán y poco más, que el Imperio no está solo en la defensa (e imposición) de los valores sacrosantos de libertad, democracia, mercado, modelos económicos y valores judeocristianos, y ahí están sus amigos, aliados y servidores mostrando su incondicionalidad en la consecución de la tarea, al coste que sea y en el momento y lugar que sea; vamos, el primo de “zumosol” y sus colegas subiéndose la manga de la camisa y mostrando la patata, el músculo militar; si se portan bien, bien, y si no, ya saben, aquí está mostrándose sin filtros la que les va a caer. Supremacismo puro y duro, chulería barata y matonismo.

La catadura moral y personal de los políticos europeos queda en evidencia en esta situación de humillación y falta de respeto a las que son sometidos por participar en un aquelarre de poderío militar como bastión fundamental para la defensa y prevalencia del sistema capitalista porque, a la postre -de eso se trata-, ese es el trofeo de esta contienda; y, en realidad, no lo disimulan porque no hay otro. No hay un solo político, españoles tampoco, que tengan un arrebato suicida por arriesgar la posibilidad de cargos futuros que levante el dedito y diga, tímidamente, «por ahí no»; y no lo hacen porque no tienen vergüenza, ni principios y porque nos toman por imbéciles con gestos o manifestaciones ambivalentes que pueden significar una cosa y, a la vez, la contraria, y que lo mismo sirva para un roto que para un descosido.

Ni el Emperador y sus eunucos, tocando los pífanos que tanto alegran su ánimo y tranquilidad de conciencia, parecen entender lo evidente, lo que no puede ser la certeza de lo que avisa Vladimir Putin (¡uy!, perdón), y muchos más con neuronas en el cerebro, cuando dice que, si los de fuera de la muralla del castillo, se ven abocados a una guerra global, no habrá vencedores ni vencidos; simplemente tendremos que volver a iniciar este proceso, este ciclo de lo que hemos llamado vida, maravilloso a pesar de la gentuza que nos hemos dejado echar encima, arrancando de la situación en la que estábamos hace miles de años. Pues no lo entienden.

No sabría explicar el por qué, pero me viene esto a las mientes y creo encontrar alguna relación con lo que antecede: era el año de nuestro señor de 1970. Este menda que garabatea estas insensateces no tuvo el valor de negarse a hacer la mili porque mucho de boquiqui, pero lo que había fuera del trullo le tironeaba más que pasarse un par de años en el trullo. Acudió a la llamada a filas. Una tarde, en el campamento viejo de Obejo (Córdoba) repartíamos nuestro precioso pero inútil tiempo entre matar hormigas marcando el paso mientras hacíamos una cosa que se llamaba, con una impropiedad absoluta, instrucción por las mañanas y otra cosa por el estilo llamada teóricas. En una de estas últimas, el profe, un viejo sargento intentaba explicarnos como se combatía al enemigo en una guerra. Tenía un viejo libro en las manos que, misteriosamente no soltaba nunca; era, según él, un libro de tácticas militares para vencer al enemigo en la batalla. Cuando terminó su disertación sobre materia tan compleja, un recluta socarrón preguntó, literal: «Mi sargento, ¿Y si el enemigo tiene un libro como ese?» El bueno del sargento reflexionó unos segundos y respondió solemnemente: «Eso es imposible; este libro sólo lo tiene el ejército español». Lo que me lleva a concluir, con total convencimiento, que, sumando los coeficientes intelectuales y el sentido de la decencia del faraón Trump y de sus lacayos Macron, Merz, Starmer, Sánchez y el resto de esa miserable caterva que padecemos, no alcanzan la mitad del sargento de Obejo Viejo.

Canta, con tristeza y convicción Víctor Heredia:

Me preguntaron cómo vivía, me preguntaron

Sobreviviendo dije, sobreviviendo

Tengo un poema escrito más de mil veces

En él repito siempre que mientras alguien

Proponga muerte, sobre esta tierra

Y se fabriquen armas para la guerra

Yo pisaré estos campos sobreviviendo

Todos frente al peligro sobreviviendo

Tristes y errantes hombres sobreviviendo.

 

Gracias Víctor; un abrazo muy largo, hermano.

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