Tribuna
PREMIOS MAX 2026 EN EL TEATRO ROMANO: ¿QUIÉN PAGÓ REALMENTE LA FUNCIÓN?
Entre el prestigio del Teatro y la exigencia de transparencia
Por: José Manuel Villafaina
Los Premios Max desembarcaron por primera vez en el Teatro Romano de Mérida con una gala visualmente atractiva, ágil y sostenida, con sus aciertos y desaciertos, en buena medida por el talento de artistas extremeños. Sin embargo, una vez apagados los focos y retiradas las alfombras rojas, quedaba en el aire una pregunta que algunos observadores del teatro extremeño formulaban en voz baja: ¿quién pagó realmente la función?
La cuestión no es menor. Los Premios Max son una iniciativa de la Fundación SGAE, entidad financiada fundamentalmente mediante los derechos generados por los propios autores. Así lo recordaba públicamente, con su habitual ironía y lucidez, el dramaturgo Manuel Martínez Mediero en declaraciones publicadas en HOY el pasado 5 de junio: «Estos premios los pagamos los autores, aquí no hay dinero bobo».
Crónica de Villafaina de EL BEBE FURIOSO de Mediero, hace más de medio siglo (51 años en Puerto Rico).
Al mismo tiempo, es sabido que la gala contó con el respaldo económico y logístico de la Junta de Extremadura, el Ayuntamiento de Mérida, el Consorcio de la Ciudad Monumental, RTVE, el Ministerio de Cultura y diversas entidades colaboradoras. Todo ello figura en la información oficial difundida con motivo del evento. Lo que resulta más difícil encontrar es el desglose concreto de las aportaciones realizadas por cada institución y la valoración del retorno obtenido por cada una de ellas. Y es ahí donde la cuestión deja de ser teatral para convertirse en un asunto de transparencia pública.
Se trata, simplemente, de conocer cuánto costó la gala, qué recursos aportó cada administración y qué beneficios culturales, económicos o promocionales obtuvo a cambio. Los ciudadanos tienen derecho a conocer el destino de los fondos públicos y los propios autores a saber qué papel desempeñan sus aportaciones en la financiación de unos premios que llevan su nombre. Al fin y al cabo, los focos iluminan el escenario. Pero también deberían iluminar las cuentas.
Conviene recordar, además, una realidad elemental: el Teatro Romano de Mérida no necesita prestigio prestado. El prestigio lo aporta Mérida y lo encarna uno de los conjuntos patrimoniales más extraordinarios de España. Celebrar allí los Premios Max no engrandece al monumento; más bien sucede lo contrario. Es el monumento quien confiere singularidad, relevancia y proyección a unos galardones cuya influencia pública ya no parece tan indiscutible como en otras etapas.
Por ello, resulta legítimo preguntarse si existe una correspondencia equilibrada entre lo que Extremadura aporta y lo que recibe a cambio. Esa cuestión merece, cuando menos, una explicación transparente. A mi juicio, sería la propia SGAE quien debería asumir el coste del alquiler de un espacio tan excepcional como el Teatro Romano, precisamente por el valor simbólico, histórico y cultural que incorpora a la ceremonia.
HACE 51 AÑOS, UNO DE MIS ESCRITOS SOBRE MEDIERO EN EL NUEVO DIA DE PUERTO RICO.
Entre el reconocimiento y la controversia: el premio MAX de honor
Y, en medio de estas consideraciones, surge otra cuestión llamativa: la concesión del Premio Max de Honor a Jesús Cimarro. La decisión también ha suscitado comentarios, especialmente por coincidir con la celebración de la gala en el mismo espacio cuya programación dirige desde hace quince años. Una circunstancia que, como mínimo, invita a la reflexión.
La elección resulta aún más discutible para quienes recuerdan la trayectoria de Martínez Mediero, próximo a cumplir noventa años. Dramaturgo comprometido, perteneciente a aquella generación de autores reconocidos y, al mismo tiempo, relegados durante los años de la censura franquista, Martínez Mediero desempeñó además un papel fundamental en la fundación del verdadero Festival de Mérida surgido en los años ochenta.
No deja de ser significativo que varias de sus obras alcanzaran reconocimiento internacional en aquellos años, con estrenos en Nueva York y en San Juan de Puerto Rico. Puedo dar fe de ello personalmente, pues entonces ejercía como articulista y crítico teatral en “El Nuevo Día”, el diario de mayor difusión de la isla. Tuve ocasión de realizar un amplio reportaje y una crítica sobre el éxito de su obra “El bebé furioso” el 28 de agosto de 1975, experiencia que me permitió comprobar de primera mano la acogida y el interés que despertaba su teatro fuera de España.
Crítica del estreno del BEBÉ FURIOSO en Puerto Rico (EL NUEVO DIA).
En sus reflexiones y críticas sobre los Premios Max, Martínez Mediero afirmaba también que «lo que más le apena es que se haga el ridículo a su costa» y denunciaba «el odio y el olvido» que, a su juicio, han acompañado buena parte de su trayectoria. Quizá se trate de palabras nacidas de la decepción. Quizá no. Pero la pregunta permanece: ¿no habría tenido sentido que una gala organizada por una sociedad de autores y celebrada en Extremadura reconociera mejor que a Cimarro a uno de los dramaturgos extremeños más relevantes de su historia?
Plantear esta cuestión no supone negar méritos profesionales a Cimarro. Sin embargo, sí resulta legítimo preguntarse si concurrían circunstancias excepcionales que justificaran, precisamente en este momento y en este contexto, la concesión del Premio Max de Honor.
Durante su etapa al frente del Festival se han coproducido más de un centenar de espectáculos -122, según mi propio recuento-, sin que ninguno haya obtenido un Premio Max de especial relevancia. A ello se suman las controversias que, en distintos momentos, han acompañado determinados aspectos de su gestión, señalada por una orientación más comercial que cultural, así como las críticas que suscitaron en su día su elección a dedo y los desaparecidos Premios Ceres, cuyo elevado coste en un contexto de dificultades económicas y cuya discutida repercusión pública fueron ampliamente cuestionados.
La impresión que queda es que este galardón llegaba en un momento particularmente oportuno. De ahí que interprete su concesión bajo la sospecha de una cierta reciprocidad institucional: facilitar el uso de un espacio tan emblemático como el Teatro Romano y, a cambio, otorgar un premio honorífico a quien dirige su programación. No afirmo que tal circunstancia haya existido, pero sí que esa percepción existe y que las instituciones públicas deberían ser especialmente cuidadosas para evitar cualquier apariencia de trato de favor o de coincidencia de intereses.
Porque la transparencia no solo sirve para disipar dudas. También protege el prestigio de quienes reciben los reconocimientos, fortalece la credibilidad de quienes los conceden y evita que cualquier decisión quede envuelta en sospechas innecesarias. Muchos extremeños pueden tener la sensación de que, al igual que ocurrió en su día con los Premios Ceres, se les ha presentado una operación cuya rentabilidad cultural y social para la región no resulta del todo evidente. Y esa percepción, acertada o no, merece ser respondida con datos, explicaciones y transparencia.
Ganadores de los Premios Max.
Al final, la gala pasó. Los focos se apagaron. Los galardones ya tienen dueño. Lo que todavía no está tan claro es quién pagó realmente la función.
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Nota de la Redacción: José Manuel Villafaina Muñoz, es exdirector del Centro Dramático
de Badajoz y exdirector de Centro Dramático y de la Música de la Junta de Extremadura
Fotos de las 5 páginas publicadas hace más de medio siglo (51 años) en el Diario “EL NUEVO DÍA” de Puerto Rico, dedicadas al autor pacense Manuel Martínez Mediero y de los ganadores de los premios MAX en el Teatro Romano.








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