VERGÜENZA Y MISERIAS DEL FÚTBOL
Por: Mariano Escobar Muñoz
Me temo que ya hice una vez referencia a una grandísima película, «El Incidente» (Larry Pierce, 1967). Si es así, pido disculpas, porque la vejez tiene, entre otras muchas, estas clacas. Sintéticamente. Domingo por la noche, en un vagón del metro de Londres van ocho o diez personas de vuelta a sus casas. Un par de descerebrados, tupidos hasta las cejas se divierten vejando al resto que van a lo suyo y tratan de no hacerles el menor caso pero la violencia va creciendo. Colocan un zapato encajado en la puerta del vagón de manera que el metro para en las estaciones, pero el vagón no se abre y ni entra ni sale nadie. Viajan, entre otros un joven negro que ni mira el escenario, lee un libro y no levanta la vista de sus páginas. Una pareja de reclutas con uniformes, vuelven al cuartel tras el fin de semana, uno de ellos, con un brazo escayolado en cabestrillo miran en silencio. La tensión crece de tal manera que, los mendas la toman con una pareja de ancianos cuya mujer es la única que resiste. En el colmo, el recluta escayolado se levanta y se va hacia ellos y agrede a uno golpeándole en la cabeza con el brazo escayolado. El compadre saca una larga navaja y apuñala al recluta que cae al suelo junto a la puerta, sangrando. Por fin la poli, que ya conoce la situación, ha conseguido parar el tren, abre la puerta y entran en tropel tres o cuatro agentes que pasan por encima del cuerpo del recluta de la escayola y, sin preguntar nada, se lanzan sobre el joven negro al que al que le colocan las esposas. Títulos de crédito.
Estamos en el punto más alto de lo que es y significa en un deporte como el fútbol: un campeonato del Mundo. Desde hace casi un siglo cada cuatro años, salvo en una ocasión, se celebra, es un decir, una juerga que, unas veces por H y otras por B, su celebración supone todo lo contrario para los que se pueden considerar, sin exageración, víctimas de todo lo que suponga estar en los arrabales de lo que se llama la civilización occidental, judeocristiana; los que están en el lado bueno de la historia, en definitiva, en esta remodelación que, como la carcoma social, ha ido sustituyendo la eterna e inevitable lucha de clases por la confrontación entre buenos y malos, entre los que quieren quedarse con todo, con lo suyo y lo ajeno y los que se resisten a renunciar por las buenas a lo que les corresponde por derecho de lesa humanidad.
Hay una pregunta que pocos de los sumisos se atreven a hacer (de alguna manera habrá que nombrar a los cientos de miles de millones que nos gusta el fútbol) y es, más o menos, ¿cómo es posible que el fútbol, ese noble y bello deporte haya caído tan bajo y en manos de personajes siniestros como los que lo dirigen y manipulan? Da igual que nos refiramos a los grandes y poderosos clubes privados como a organizaciones supranacionales se llamen FIFA, UEFA o Federaciones nacionales casi siempre regidas con las mismas reglas, armas y trampas con las que el sistema capitalista convierte en mierda todo lo que pone en su punto de mira.
La pasión por el fútbol ha sido utilizada como vía de escape ante las peores situaciones por las que ha pasado el ser humano, y, a veces, los inventores de las fiestas mundialistas, las hacen coincidir: Argentina, la dictadura militar, la guerra de las Malvinas y el mundial del 78 o Italia 34 en pleno aquelarre del fascismo y no digamos ya la realización del «Campeonato» en el que estamos inmersos en un país y unas circunstancias cuyas consecuencias nos hacen pensar que las coincidencias van mucho más allá de la casualidad.
Lo dice infinitamente mejor que yo el maravilloso escritor argentino Eduardo Sacheri, cuando en su trabajo titulado: «Dos mundiales y un país de fantasía» se pregunta si ¿será posible inventar una sociedad, que, enceguecida, se crea a pies juntillas todas las barbaridades ilusorias que le cuentan? Una sociedad que empiece a computar aviones derribados y barcos hundidos como si fueran goles de esos mundiales…
Naturalmente se refiere a los mundiales de 1978 (que ganó Argentina mientras en el aire se mezclaban los gritos de celebración de los goles de Mario Alberto Kempes con los de los torturados por la dictadura militar unas manzanas más allá a pocos metros de los estadios), y al de España 82 donde los jugadores argentinos recibieron la noticia de la rendición de Argentina en la guerra que el siniestro Galtieri y sus secuaces habían iniciado contra el imperio británico.
Si escuchamos a los próceres de este deporte llegaremos a la conclusión inmediata de que estamos ante una religión contra la que nada se puede, porque sus seguidores, acólitos o creyentes pierden la más mínima capacidad de razonamiento y justifican las más increíbles fechorías que se pertrechan en su nombre. El fútbol escapa de toda norma, de toda ley y se convierte en una herramienta incontestable, o más bien en un arma contra la que no hay repuesta posible.
Es, además, un arma que entra de lleno en los conflictos más variopintos, siempre con los mismos objetivos. Dicen sus santones, los que manejan los aquelarres de la pelotita, que hay que separar el fútbol (el deporte) de la política en un ejercicio de tan asquerosa hipocresía, que solamente tiene parangón cuando se le pone en paralelo con la religión; y se quedan tan frescos, tan panchos, tan ufanos y tan tranquilos de conciencia, cual es su estado natural cuando barren para un lado, siempre para el mismo lado. El sistema capitalista -y no me refiero ahora a las cuatro pesetillas que resultan como saldo final después de un evento que dura más de un mes- consigue que lo sigan, venerablemente, y según los datos de ellos mismos, más de seis mil millones de personas; el resto, simplemente no tiene aparato de televisión o no puede pagar los peajes televisivos; y no digamos volar a los iuesei para ondear su banderita acojonada bajo las imponentes barras y estrellas no. El sistema capitalista, dueño y señor de pasiones, creencias, ideas… y que convierte en mercancía hasta el amor a nuestra santa madre, impone sus leyes al nivel que lo necesite en cada caso o momento desde el punto de vista político para evitar que el asunto se desmande. Sus fundamentalistas regulan quién sí y quién no sirve de cobaya para que el experimento resulte con la cartera y las expectativas futuras llenas a reventar.
Desde febrero de 2022, la honra de eso llamado tan infantilmente deporte sigue una regla inmisericorde: en los eventos deportivos no pueden participar, por estar excluidos, manu militari, por las filantrópicas organizaciones y lameculos de estamentos deportivos de toda laya, que para eso están, en decisiones más que escandalosas y canallescas. Un solo ejemplo por ser el más representativo: con la colaboración inestimable del nuevo orden mundial el nuevo dogma es que Rusia, país supuestamente y sin mayores análisis, agresor de la pacífica y modélica Ucrania, ya sabemos, la bestia contra la inocente, desvalida y modélica doncella, no puede participar de eventos tan inocentes como las competiciones deportivas; éstas no pueden ser manchadas con la presencia de banderas, colores, himnos ajenos o contrarios al modélico orden y armonía que reina en el mundo gracias al gran sistema que bendice todo lo bendecible, según sus intereses sagrados. El mundial que se celebró por primera vez desde aquella fecha, Rusia no participa en competiciones de ninguna clase de deportes, a ningún nivel aunque eso suponga una merma en los beneficios de esos chiringuitos de nombres tan variopintos y anglosajones. No pasa nada pues es la rebaja de supuestos beneficios, o sea, el coste, que hay que asumir por la decencia perdida en este mundo.
Eso sí, el sistema no está dirigido por tontos y, a la vez del escarmiento y el castigo ejemplar, se establecen exenciones y excepciones con condiciones muy concretas para la participación de figuras del deporte ruso que suben lo suficiente el caché de la competición haciendo pasar a determinados deportistas por la desvergüenza, el oprobio y la ignominia de aceptar no lucir prenda, escudo, bandera o símbolo que pueda tener que ver con su origen.
Y, como a todos los pajaritos les llega su san Benito (tanto da que los pajaritos sean cerdos y el santo sea Martín) hete aquí que, justo cuatro años después, periodos de tiempo mágico para los grandísimos eventos del deporte mundial, el gran Imperio, el de los buenos, el vigilante de todas las virtudes de los demás, en un arrebato de bondad hace lo propio con Irán, país moro y malo, canalla y siniestro de aquellos días en que una turba de malvados, maleantes y fundamentalistas de la peor de las religiones -vamos, Satán con turbante-, le dijo a un tal Mohammad Reza Pahlevi de título noble Sah, un nombre tan largo como las cifras de sus cuentas en bancos del Imperio, sustentadas con la apiña a sus paisanos, le dijeron que hale, carretera y manta y que el imperio persa había agotado todos sus comodines.
Pues el Imperio, por unos cuantos cientos de miles de millones de barriles de petróleo (el Imperio no parece tener bastante con el robado a Venezuela) ha declarado una guerra santa, otra cruzada como las de antes y declara la guerra, en un entretenimiento de su presi al que le aburren los juguetes, a esos tíos con chilaba y turbante.
Durante tres largos meses, los resentidos y eternos perdedores hemos esperado a ver qué pasaba con el mundial de fútbol, en el que estamos, que además se celebra en territorio imperial. Los tontos de capirote de siempre hemos pasado cien días esperando la noticia de que el Imperio, como país EEUU, era excluído, apartado, repudiado del paraíso y la fiesta de la libertad, la igualdad y la democracia del mismo modo y maneras con que se hizo, hace 4 años con la pérfida y «comunista» Rusia (ya se sabe que quien lo fue, puede volver a serlo si le das vagar y tiempo), del fiestorro siguiendo la norma de la UEFA o la FIFA o la santa madre que los parió a todos.
Pero nada, la espera, como pasa en todos estos casos, ha sido en vano y las barras y estrellas lucen ahí, ondeando al viento a la espera de las maravillas de Messi y sus colegas del arte de la pelotita. Suponemos que la norma aplicada al caso es aquello que se decía en mi pueblo: «a padre no se le riñe».
Pero es que, encima, se permiten el lujo de poner condiciones tan aparentemente absurdas, supremacistas y chulescas y los bienintencionados aficionados al fútbol, que también los hay, ven con pocas sorpresas, a estas alturas, que el Imperio se permite acciones propias de algunos personajes de sus «novelas del Oeste», como los bandidos, cuatreros o ladrones de caballos que eran castigadas con la horca «in situ».
No a una sola queja, ninguna protesta. Ni un solo país, ni una sola Federación de fútbol, ninguna organización supranacional, mucho menos ni un solo medio de comunicación ha señalado estas vergüenzas, estos atropellos, aunque solamente sea en beneficio del propio fútbol como deporte y de la dignidad de los inocentes seguidores de este deporte; nadie la levantado la voz o el dedo para acusar y denunciar las diferencias de tratamiento entre situaciones aparentemente similares, solo aparentemente, aunque esas diferencias sean física cuántica para los predicadores de los periódicos y de las teles, que hablan y escriben al dictado lo que les dicen que digan por un poco de pienso, según el tiempo y las latitudes. Esos que se llaman periodistas y creadores de opinión que ni saben ni quieren saber más allá de lo que alcanza la correa del perro con las que les atan a sus pesebres, un limitado espacio de los que la vergüenza torera, la dignidad y profesionalidad hace milenos que se ausentó para no volver.
Pero no sólo esto, no se quedan ahí disfrutando siestas de ovejas modorras que ni siquiera eso merecen.
Callan y otorgan su propia ignominia, olvidando sus otrora melifluos discursos sobre la fiesta del evento, la calificación de que los espacios, los estadios, las ciudades y los países donde se celebra la fiesta se convierten, en el tiempo que dura un mundial, en espacio libre de diferencias, y persecuciones, de racismo, sea de color, origen, creencias por el bien del fútbol, cosa que, aunque viven de él, ni quieren, ni gustan, ni respetan.
Para su oprobio olvidan que, el país agredido, que la víctima de la agresión militar, Irán, para participar en los partidos que le corresponden tiene que pasar, si no quiere resultar eliminado por incomparecencia: aceptando la ignominia de concentrarse fuera de la frontera y solo entrar en territorio sagrado de EEUU el tiempo justo de jugar el partido y tras el pitido final salir hacia la frontera con Méjico; sí, he escrito Méjico, «exiliado» hasta el próximo partido.
Quieren olvidan que jugador irakí A. Hussein fue retenido e interrogado durante siete horas en el aeropuerto de Chicago al parecer por apellidarse Hussein y estuvo en un tris de ser encarcelado.
Al imperio solo acceden los limpios de corazón y de mente; solo así puede entenderse que a un jugador acusado en su país y pendiente de juicio le sea denegado el visado de entrada.
Los casos no paran, pero se me acaba el papel. Pobre fútbol, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos. Asco de Mundial.






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