OTRA MIRADA. ‘CONSTITUCIONALISTAS’

Fecha 9/10/2016 13:48:42 | Tema: Mariano Escobar Muñoz

COMO ES NORMA, LA AMBIGÜEDAD DEL LENGUAJE EN CUANTO SE REFIERE A LAS RESPONSABILIDADES Y COMPROMISOS DE LOS POLÍTICOS, CONFORMA TANTO LOS TEXTOS CONSTITUCIONALES COMO LOS PROGRAMAS ELECTORALES; SI ALGUIEN DIJO QUE, TANTO LOS UNOS COMO LOS OTROS, ESTABAN HECHOS PARA SER INCUMPLIDOS, LA COSA VIENE COMO ANILLO AL DEDO EN EL CASO DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS EN ESTAS TIERRAS DE MARÍA SANTÍSIMA, DONDE EL CINISMO Y LA HIPOCRESÍA SON LOS DEPORTES MÁS POPULARES; Y ESO, DESDE LA MÁS ALTA NORMA HASTA EL MÁS INFAME "HAGO SABER" DE ALCALDE CHUSQUERO
Rebuscando en los arcanos del saber más sabio encontraremos una amplia variedad de definiciones sobre términos como ‘constitucionalismo/constitucionalistas’ y veremos que no siempre son coincidentes, lo que nos lleva a colegir que mal empezamos si los hay que, por ejemplo, consagran sistemas en los que por la gracia de dios hay ciudadanos superiores, como los reyes; por eso, y en legítima defensa, de todas las versiones me quedo por la que parece que por simple tiene menos posibilidades de poder falsearse; es la que viene a decir que "es aquel sistema que está regulado por un texto constitucional como marco normativo".
Pero como esa definición puede servir lo mismo para un roto que para un descosido, intento dar un paso más y me asomo al algo más acotado, el ‘constitucionalismo social’ que definen como "el movimiento que tiene como objeto la defensa y promoción de los derechos sociales en los textos constitucionales", o sea, lo que ya empezó allá por los tiempos de la Revolución de 1917; y no me refiero a la que está en la cabeza de algunos, que también podría, sino a la mexicana.
Cuando los loros de la prensa doméstica española (sin duda la gran mayoría) resucitan una palabra vieja para vestir y hacer de uso obligado una de sus típicas genialidades, es que las cosas no van nada bien. Su maniqueísmo, zafio y ramplón es, a falta de algo más nutritivo que llevarnos a las entendederas, fruto del permanente ditirambo con el que levitan mientras que con sus babas engrasan, mañana, tarde y noche, los mecanismos mediático/empresariales que les dan de comer.
El recurso es tan viejo y trasnochado como ellos mismos pues el término ‘constitucionalismo’, y por ende su aplicación a políticos y partidos, los constitucionalistas, que junto a sus contrarios conforman toda una melopea política, simple y maniquea, es un ejemplo doloroso de lo que me propongo decir.
En cada canal, en cada dial del espacio radioeléctrico (que diría Ignacio Ramonet), en cada programa desinformativo o tertulia idiotizante, hay un summus sacerdotum que rodeado de una caterva de monaguillos que nunca debieron pasar de 1º en la facultad, campan a sus anchas atentando a partes iguales contra el DLC y contra nuestras medianas inteligencias, si las comparamos con las suyas.
Cuando la ocasión presenta un accidente capilar se agarran a él como si, además del alivio visceral, les fuera la vida en ello; con total impunidad y desfachatez reducen la Constitución de 1978, en vigor según sus conveniencias, a un artículo, el 2º; y ahí empieza y acaba la cosa ya que de los 168 restantes ni saben, ni quieren saber ni contestan. Trazan una línea divisoria, en rojo sin que sirva de precedente, y los personajes y los partidos que están por el cumplimiento del susodicho artículo 2º son, automática y axiomáticamente, constitucionalistas sin mácula; el resto son sospechosos de todo. ¿Para qué complicarse más la vida con matices si ya lo dijo Calvo Sotelo (Leopoldo no, el anterior en el Congreso de la II República, sí, ese mismo, don José), "antes España roja que rota"?
La cosa, como decía, no es de ahora, aunque la intencionalidad sea siempre la misma.
Sin grandes alardes memorísticos nos podemos situar en septiembre de 1998 cuando tras los acuerdos de Estella/Lizarra se trazó, por los mismos autores de ahora -los de siempre-, la misma línea divisoria: los buenos españoles a la derecha (casualidad) y el resto, sumarísimamente, partidarios del terrorismo. Y se quedaban tan tranquilos porque la gente, gracias a los medios de comunicación, se lo creía.
No descubro nada si afirmo que a lo largo de la historia, muchos constitucionalistas han perpetrado las mayores atrocidades en el santo nombre de la constitución de turno, dentro y fuera de nuestras fronteras; y es que un texto constitucional, por sí mismo, es garantía de poco.
Hace unas semanas, en Turquía, el presidente Recep T. Erdogan aprovechando su mayoría en el parlamento, ha aprobado una enmienda temporal de la Constitución del país para levantar la inmunidad de 53 diputados de la oposición de izquierdas del partido de la Democracia de los Pueblos por el delito de creerse ‘eso’ de la libertad de expresión. Como un tal Balduino, a la sazón rey de Bélgica en abril de 1990, que abdicó de rey durante dos días, para no sancionar una ley aprobada por el parlamento. O como en Venezuela donde el nuevo parlamento con mayoría de los Capriles y Ledezmas quiere revocar al presidente por encima de la Constitución sin esperar a las elecciones presidenciales. Simples ejemplos de constitucionalistas de bien.
Aquí y ahora, cuando vamos camino de las terceras elecciones, el asunto va mucho más lejos pues unos y otros han hecho causa beli y condición eliminatoria para formar gobierno, nunca entre contrarios.
A los que se autocalifican de constitucionalistas, aquí y ahora, poco parece importarles que, además de la indivisibilidad del territorio nacional, en el texto aprobado en 1978 se contemplan derechos esenciales para los españoles como la vivienda, el trabajo o los servicios públicos, los mismos derechos que los partidos buenos se han venido saltando a la torera desde el advenimiento de su democracia sin ruborizarse habiendo ocupado alternativamente todos, absolutamente todos los gobiernos que han sido. Ese cumplimiento de la Constitución no les preocupa, no trazan líneas rojas ni hacen exclusiones y ni siquiera tienen un mínimo de mala conciencia por su complicidad en esos sistemáticos y vergonzosos incumplimientos.
Mientras tanto, los loros pesebreros repartiendo tarjetas de constitucionalidad e indulgencias plenarias y haciendo ensayos de juicio final colocando a cada uno en su sitio sin que se les caiga una sola esquirla del cemento de sus caretos. Seguramente tenemos los políticos que nos merecemos, entre otras cosas porque con un dudoso acierto, los elegimos, pero ¿también merecemos la prensa y los prenseros que tenemos y a los que, aparentemente, no hemos votado? O ¿es que iba en la letra pequeña del voto?.




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