COMO SI FUERA UN ARTÍCULO, ANTONIO "EL CHURRERO"

Fecha 21/9/2010 10:27:41 | Tema: Tomás Chiscano

(A mi querido y entrañable amigo,
Antonio Corraliza González)


EL TIEMPO, ESE CONSUMIDOR DE HORAS Y DE ILUSIONES, NO PERDONA, NI TIENE EN CUENTA SI ES EL MOMENTO MÁS APROPIADO PARA HACERSE PRESENTE, NI SE PARA A PENSAR SI ES NECESARIO ESE DEVENIR. Y ES QUE EL TIEMPO, POR MUCHO QUE ALGUNOS QUIERAN DOSIFICARLO Y DOMINARLO, ES INDEPENDIENTE; TAN
INDEPENDIENTE, QUE HACE LO QUE LE DA LA GANA, COMO LE DA LA GANA Y CUANDO LE DA LA GANA
Al principio de las cosas, en esos momentos en los que uno empieza a ser responsable de su trabajo, puesto que la infancia y juventud ya pasaron, nunca piensa en los días que le quedan para terminar su labor, para jubilarse. Pero el tiempo, ese maldito tiempo, no para, no cesa de consumir ilusiones y esperanzas y, cuando menos te lo esperas, esa trompeta que utiliza para despertarnos de nuestro letargo consentido, nos da el aviso de que la cosa está a punto de terminar, de que hemos cumplido con nuestro cometido y que, por lo tanto, debemos prepararnos para dejar aquello que tantos años ha sido nuestro trabajo y nuestra responsabilidad. Y llega la jubilación.
Eso es lo que le ha ocurrido a mi querido amigo Antonio Corraliza González, "El Churrero". Una mañana, después de muchos sacrificios y trabajo; después de muchas satisfacciones por el deber cumplido, y después de algunas dolorosas circunstancias (la vida tiene de todo: cosas alegres y cosas tristes), mi amigo Antonio se encuentra con la jubilación, con ese estado (lo sé por propia experiencia) totalmente desconocido, que nos dice que ya no tenemos que preocuparnos por el trabajo, puesto que llegó nuestra hora de descansar. Y empezamos a mirarnos y no nos conocemos. ¿Yo parado, sin nada que hacer? ¡Imposible! Creo comprender a mi amigo Antonio cuando piense que con él se ha terminado una labor que empezó su abuelo, hace ya más de cien años, que continuaron sus padres y que siguieron, él y sus hermanas, hasta este final que parecía que nunca tendría fin.
Y, por esas cosas de la vida, quien esto escribe, sin quererlo ni pretenderlo, empieza a recorrer aquellos caminos que ya han sido recorridos hace un montón de años. Y me veo, vestido con un mono y unas alpargatas, con la cara renegría del sol que había en "El Paseo", yendo todos los domingos al puesto de churros que tenían el "señó" Diego y la "señá" Juana, los padres de Antonio, en la "Calle Cortada", porque era muy chiquitita, que estaba enfrente de la antigua Plaza de Abastos, donde daban las trasteras de la casa de don "Alfonsito" Morales (el más rico de todos los ricos del pueblo) y donde se encontraban, además de la churrería, la carnicería del "señó" Telesforo, el bar Alfonso y la droguería "La Paije".
Por la otra calle, la llamada "Calle el Polvo", nos encontrábamos con la tienda del "Labanero" (El Habanero), con el corralón de Manolo, "el de la sal", con la taberna del "Chorra", con el almacén de frutas del "señó" Felipe Ramos y con la taberna de Luis, "El Botero", entre otros más que también han desaparecido. Y me acercaba a la churrería y siempre, siempre, siempre, además de los churros que pedía, me regalaban una porra, con la cabeza bien abierta, con ese color que era un vaticinio de gusto exquisito y, sobre todo, rechinosita por fuera y por dentro, convirtiéndose en un placer sumo, que no tenía precio.
Se sucedieron los años y Antonio, junto con sus hermanas, se hizo cargo de la churrería. Y todo siguió igual: le veía hacer la masa, con sus manos, en el baño de hojalata, puñetazo tras puñetazo, revoloteo, tras revoloteo, hasta dejarlo a punto para poder pasarla a la jeringa, desde la cual, por la presión del mazo, ese mazo hecho con rama de higuera, porque siempre estaba blanca y limpia y que se apoyaba en el sobaco ("eres limpio, como el palo de un churrero", se decía cuando queríamos alabar a alguien por ser buena persona), hasta derramar la masa en el aceite. Pero, cuidado, que ese aceite no estuviera más caliente de lo debido, ya que los churros tenían que estar rechinosos por fuera y por dentro, de ahí su exquisitez.
Y veo a mi amigo Antonio, ese hombre enorme por su bondad, por su hombría de bien, por su generosidad, por su trato amable, por su predisposición para hacer el bien a toda persona que se lo mereciese, cómo se empecinaba en hacer bien su trabajo, en dar satisfacción a sus clientes, en quedar muy alto su orgullo de churrero, ese oficio que aprendió de sus padres.
Querido Antonio, amigo mío: Quiero reconocer públicamente tu sentido de la amistad, tu compromiso con todo aquel que se cercaba a tu puesto y tu generosidad maravillosa. Y quiero que sepas que te deseo lo mejor; que sepas aprovechar el cariño de tus hijos y hermanos, y que, si alguna vez nos necesitas, puedes contar conmigo y con toda mi familia. Un fuerte abrazo.






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