Especial Feria de DON BENITO 2010, RECUERDO DE UNA FERIA

Fecha 6/9/2010 19:46:27 | Tema: Guadalupe Mancha Trigueros

Siempre me fascinará el poder de la mente para evocar recuerdos. Para rescatar de la memoria fragmentos, momentos, personas y detalles, y , no sé si llevarnos a ellos o traérnoslos a nosotros de vuelta, como si el tiempo nunca hubiera existido
Recomponiendo las piezas de un puzzle que, después de hecho, alguien se encargará de tirar por los aires, como si se pudiera volver a empezar una y otra vez a nuestro antojo. Las personas estamos constantemente recordando. A veces es una manera de sentirnos a salvo, al abrigo de algo que sabemos con certeza que ocurrió. Una especie de cofre del tesoro custodiado por nuestra mente en algún lugar dentro de nosotros. O un refugio al que acudir para encontrarnos cuando más perdidos estamos porque nuestra brújula no puede marcar el norte. Quizás los recuerdos sean esas miguitas de pan que los niños tiraban para orientarse en el bosque en el cuento de "La casita de chocolate". Tal vez sólo sean eso, un punto de referencia, un hogar al que volver para entender que aunque parezca mentira, nada fue un sueño.
Según dirían algunos, ha pasado el tiempo. ¿Suficiente tiempo? Nunca es suficiente tiempo. No lo entiendo. Hay cosas que no podemos elegir, porque el tiempo lo decide y, en cambio, luego hay otras que dependen enteramente de nuestra total y absoluta decisión. Ese no es el caso ahora. Lo que ocupa es sin duda que acaso transcurran años y años, te sigo escuchando todas las veces en que me decías: Toma, esto para que te diviertas en la feria.
Recuerdo muy bien cuál fue mi última feria. Recuerdo que esa mañana, de calor pegajoso de verano, mientras me tomaba el café me dio por encender el ordenador y enredar un rato navegando por Internet. Tras escuchar algo de música decidí ver si por casualidad, porque era tiempo de que la gente estuviera ociosa y de vacaciones, tendría algo en la bandeja de entrada de mi correo electrónico o si tal vez hubiese algún amigo conectado. No tenía planes para ese día. No me gustó nunca hacerlos. Me daba como una especie de angustia inexplicable. Siempre he vivido al día más o menos, con sus salvedades. Aquella mañana no era distinta. Anda, pues sí, un mensaje. Es de una amiga. Al parecer nos lo ha enviado a unas cuantas. Lo leo. "Chicas, me he podido organizar y sé que os aviso con poco tiempo, pero estaré allí sobre las 14.00 h para comer en el ferial. Animaos y quedamos las que podamos. Besos". Pensé que era genial poder reunirnos unas cuantas después de tanto tiempo. Así que no le di demasiadas vueltas y llamé a la estación de autobuses para averiguar los horarios. Me encontraba fuera del pueblo por aquellos días, intentando disfrutar de los que sin duda serían mis menos amargos días de verano hasta la fecha, aunque entonces yo sólo pude intuirlo.

Esa misma semana me acababan de dar una buena noticia, y quería celebrarlo. Quería por un momento sentir la vida correr por mis venas, la vida que unos meses antes se había congelado de buenas a primeras; aprovechar ese instante de explosión de adrenalina. Sentía que por un segundo la vida por fin me sonreía. Que todo daba un vuelco. Todo iba a ir bien. Así que salí por la mañana a hacer unas compras de última hora. Al llegar a casa ahí estabas tú. Claro, si ibas a venir hoy, era sábado. Aunque aquél verano habías, inexplicablemente y para sorpresa de todos, racionado tus visitas con cuentagotas. Allí estabas. Sentado en el sillón. En tu sillón. Como siempre. Te faltó tiempo para decirme que si me acercabas a la estación para coger el autobús. Para un día que venías a la semana me daba no sé qué irme. Pero, complaciente, accediste a llevarme en coche porque ese día hacía un calor exagerado para la época en que estábamos.
Recuerdo muy bien la conversación que mantuvimos de camino. Me hablabas sobre las ferias de tu niñez y de tu juventud. La de amigos a las que presentaste en esas ferias y que por casualidades de la vida terminaron casándose, formando una familia. Tus correrías con tu pandilla. Las travesuras siendo niños y no tan niños. Pensé, y de hecho te lo dije, que vaya celestino y yo sin haberlo sabido nunca hasta ese momento, y que qué bien os lo pasabais . Me dijiste también que las ferias de antaño no tenían nada que ver con las de ahora. Antes la gente del pueblo disfrutaba de otra manera. Se bebía, por supuesto, se corrían sus buenas juergas, pero todo transcurría de una forma más calma, había más respeto y la gente del pueblo participaba más en las casetas y del ferial. Alegaste que probablemente lo que sucedía era que antes no había tantas fiestas como ahora y la gente se reservaba más para ciertas ocasiones. El hecho de esperar esas fechas clave, eso le confería a todo un algo especial que ahora se había perdido. Hoy, se gozaba de más sitios y momentos para celebrar sin que se necesitase un motivo ni porque fuese la víspera de ningún día señalado.
En la radio del coche no sonaba nada. Llevabas puesto un CD grabado con canciones de grupos de tus guateques. Yo siempre te había conocido ya así, con tu barba poblada y señorial, y a veces olvidaba que tú también habías sido joven. Me encantaba ir contigo en coche. Escuchando en ocasiones tus historias, siempre interesantes, y conversando o pidiéndote parecer en otras. Y no sé. Esa vez me fui con un nudo en la garganta. No te veía muy bien. Llegamos. Fin del trayecto. Te empeñaste en acompañarme mientras esperaba que llegase el autobús. Hacía mucho calor y te notaba cansado. El autobús no se demoró y enseguida me dispuse a subir porque el billete se compraba dentro. Echaste mano, también como siempre, a tu bolsillo trasero del pantalón y me tendiste un billete. "Toma, diviértete en la feria" -dijiste- "y ten cuidado". Pusiste la cara, como solías hacer, esperando a que yo te diese un beso. Te abracé fuerte y te di tu beso. Te dije gracias, y que no hacía falta que esperases hasta que se marchase el autobús. Insistí, hacía mucho calor. Pero tú nunca me hacías caso en eso. Esperaste. Y yo seguía con el nudo en la garganta cada vez más apretado. Pensé que era porque nunca me gustó que nadie me despidiera en una estación; porque me parecía muy triste. Nada de eso. Era sólo que intuía que sería la última vez que, como tantas otras habías hecho, me irías a despedir a una estación. Y no sé por qué, yo lo sabía. Extraña sensación. Te di adiós con la mano por la ventana con una sonrisa y te vi girar sobre tus pasos y marcharte hasta que te convertiste en un puntito, muy pequeño y muy lejano que terminó por desaparecer al girar en la rotonda.
Recuerdo que durante todo el viaje estuve pensando e imaginándote de joven en tus días de feria. Y a mis padres, los primeros amores, a mis abuelos… a la gente de otras épocas que formaron parte de aquellas fiestas, sus historias, sus vidas… En las ferias siempre ocurrían cosas que recordar y compartir. Pensé también que la feria se parecía un poco a la vida o la vida a la feria. Que uno siempre iba con intención de pasarlo bien pero a veces te volvías a casa con un sabor agridulce, mirabas las luces con expectación y sobre todo… sobre todo se acumulaban recuerdos inolvidables. Indelebles a los estragos del tiempo.



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