Punto y coma, DARSE CUENTA

Fecha 14/10/2008 12:13:47 | Tema: Manuel García Centeno

No sabía nada del amor; no sabía nada de mí mismo. Ignoraba que me había enamorado. Hasta que ella me disparó una carta anunciando que se había enamorado de otro.
Me tumbé en la cama. Y me puse a llorar. Me arrepentí de llorar. ¿Llorar yo? Salí a la calle dispuesto a ser distinto, más cuando me di cuenta que todos los chicos y chicas que se cruzaban conmigo iban cogidos de la mano, me sentí totalmente ridículo.
Así estuve días y días. A veces llorando. A veces arrepintiéndome. Hasta que un amigo me aconsejó que lo que tenía que conseguir era no arrepentirme de llorar. Y llorar más.
De modo que me sumergí en una cueva de llanto. Y lloré, lloré, lloré (más veces). Y fui sanando. Mi llanto fue milagrero. Y fui ascendiendo de la cueva a la ventana. De la ventana a la calle. De la calle a los amigos. De los amigos a los demás. De los demás a mí mismo.
Me proclamé humildemente habitante de mi realidad. Me caí del globo inflado. Y me dí cuenta de que aquella aparente seguridad que tenía en mí mismo tan solo era fruto de lo bien que me habían salido las cosas.
Empecé a contemplarme desde distintos ángulos. Me ví ridículo, me vi bajito (como soy).
Desde ese momento mantuve mejores relaciones conmigo mismo. Empecé a dudar y a no tener miedo de dudar. A saber que mis problemas debía resolverlos yo mismo.
Y que tenía espacio emotivo que habitar: la soledad. Y que en esa soledad también me podía sentir feliz.
No debería ser fuerte para derrotar, sino para convivir. No debía responder con el rencor a las adversidades.
Entonces no me daba cuenta: empezaba a ser adulto.




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