Pinta tu aldea, NEBULOSA

Fecha 7/10/2008 11:30:55 | Tema: José Larrey

He aquí que Juan, desde el mirador de su banco del parque, perdida la vista en el punto sin punto del infinito, pensaba en el sueño que había tenido aquella noche, en el cual, lejos como estaba ya de la edad rutilante del amor, habíase deleitado con una relación de un viejo idilio que se perdió tiempo ha en los caminos del olvido. ¡Qué hallazgo el de aquel sueño que le había devuelto a los días felices de su juventud sumando a su larga existencia una noche más entera de vida!
Y así, como aquella noche, aquél juego de sueños continuó otras muchas noches de otros muchos días. Era como si la senectud se hubiera parado en él para concederle una prórroga de la felicidad vivida. De manera que sucedíale que el día terminaba para él convirtiéndose en noche y las noches en venturosos días. Vivía para soñar y soñaba para seguir viviendo.
Y meditando llegó a la conclusión de que su cuerpo ya había muerto en parte, que él solo estaba en esta vida a medias, y que había alcanzado un extraño paraíso donde volvía a existir y donde sus deseos íntimos que le conducían a la felicidad le estaban llegando positivamente, por entregas, en las noches, mientras, en los días, transcurría su tiempo en negativo. Que era como vivir los días a la manera de la tierra y al mismo tiempo vivir las noches en otra vida extraña a la manera de un parnaso maravilloso.
Y deseó dormir las veinticuatro horas del día. Dormía en la butaca, dormía en el banco del parque, dormía en la resolana de junto a su casa. Y un día terminó durmiendo para siempre.
Y mientras dos vecinos le amortajaban, un tercero trataba inútilmente de cerrar con un pañuelo anudado la boca abierta de Juan que reía y reía enseñando sus escasos dientes.



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