INTERZONE, ZONA DE CINE “ÁGORA”

Fecha 27/10/2009 11:05:57 | Tema: Pedro Rodríguez Bermejo

Maniquea y fría lección de Historia

“ÁGORA”

DIRECTOR: ALEJANDRO AMENÁBAR
INTÉRPRETES: RACHEL WEISZ, MAX MINGUELLA, OSCAR ISAAC, ASHRAF BARHOM, MICHAEL LONSDALE
GÉNERO: DRAMA HISTÓRICO / ESPAÑA / 2009
DURACIÓN: 126 MINUTOS
Sala de exhibición: CINES VICTORIA (Don Benito)

Decididamente, el cine de Alejandro Amenábar no me gusta. Pienso que es un director muy sobrevalorado sobre el que se crearon grandes y fundadas expectativas a raíz de su interesante ópera prima, Tesis (1996), una película hecha con cuatro chavos que, aunque no llega a ser redonda, resiste bien nuevos visionados gracias a su frescura narrativa y habilidad técnica, sin molestarse en camuflar notorias influencias de cineastas como Brian De Palma o Darío Argento. Algo que no ocurre con el resto de su obra; Abre los ojos (1997), película que desfallece a mitad de su metraje debido a ciertas incoherencias argumentales y un ritmo plomizo y descompensado que hace que finalmente nos importe poco la tragedia existencial sufrida por un guaperas triunfador; no la he vuelto a ver, pero tampoco me emocionó la supertaquillera Los Otros (2001), film-plagio donde los haya que atesora todos los clichés y recursos técnicos mil veces vistos en el subgénero de casas embrujadas, y que basa todo su efecto en una no tan original pirueta final; por último, ni siquiera la oscarizada Mar adentro (2004), llegó a conmoverme más allá de la sentida e impecable actuación de Javier Bardem en la encrucijada vital y degradación moral de una enfermedad irreversible.
Lo sorprendente en este joven director es su manifiesta incapacidad para plasmar sentimientos y desgarros emocionales, ÁGORA es otro ejemplo de cine sin alma que hace que el espectador no participe en la trama y acabe tomando distancia. La acción nos sitúa en la Alejandría del año 391 (siglo IV después de Cristo). Hipatia (Rachel Weisz), hija de Teón (Michael Lonsdale) último director de la biblioteca de Alejandría, es filósofa, astrónoma y matemática, saberes y conocimientos que son absorbidos por los alumnos que asisten a sus clases magistrales. Está tan centrada en la investigación y la búsqueda de la verdad que no tiene tiempo para cuestiones sentimentales, a pesar de que uno de sus alumnos, Orestes (Oscar Isaac) y el esclavo Davos (Max Minguella), pugnan por su amor. Absorta por descifrar el enigma de la elipse y salvar la fastuosa biblioteca de Alejandría, verá como la violencia se desata a su alrededor entre las distintas facciones religiosas -cristianos, paganos, judíos- sin que pueda evitar la tragedia.
Sigo manteniendo que el cineasta español es intrínsecamente cobarde (nada que ver con héroes como Theo Van Gogh, director holandés, escritor, explosivo polemista y pariente del famoso pintor, asesinado a puñaladas y acribillado en un parque de Amsterdam en 2004 tras realizar una película, "Submission", sobre el Corán y la sumisión de la mujer en la religión islámica), de ahí que su cine, con relación a temas históricos o políticos, resulte especialmente maniqueo. Amenábar ha declarado que la evolución de su cine le ha llevado al ateísmo, curioso que a este diletante le haya ocurrido justo lo contrario que al maestro de maestros S. M. Eisenstein (director de obras maestras como "El acorazado Potemkin"), que viviendo en primera persona las masacres y la falta de libertad de un régimen marxista, su pensamiento materialista evolucionó hacia la fe por su concepto profundo del alma y su contacto con la sociedad occidental.
No obstante el descreimiento de Amenábar no le lleva a pensar y realizar una película sobre los genocidios y las matanzas pasadas, presentes y futuras provocadas por el fundamentalismo islámico (no vaya a ser que cualquier barba-chivo coloque su careto en el centro de una diana), lo fácil es repudiar el cristianismo que, según él, "acabó con siglos de tolerancia y eclecticismo cultural", como si el uso de la violencia para imponer dogmas o ideas fuera la seña cardinal e indeleble de la religión que más ha tenido que ver con la evolución del pensamiento humanista a lo largo de los siglos, sentando los pilares de toda la civilización occidental. Es incuestionable que la iglesia de Alejandría, ciudad fundada por Alejandro Magno y convertida en cónclave de los sabios de la época, tuvo mucho que ver en el desarrollo del Cristianismo, pero la mezcla interracial, religiosa y cultural de ciudadanos procedentes de diferentes lugares del mundo llevó a su destrucción, debido a las continuas fricciones y la imposible concordia. El mayor problema de ÁGORA, que tuvo una fría acogida en Cannes y que para su estreno ha perdido 20 minutos de michelines (algo que denota la inseguridad del director sobre su obra), es su excesiva y glacial retórica, el film planea por los páramos yermos de mi corazón sin alojar una chispa de emoción y misterio, al fin un artefacto puramente mecanicista y maquinalmente tendencioso.
Tendencioso hasta en el subrayado del vestuario; blanco impoluto en la indumentaria de los paganos y negro siniestro para el hábito de los cristianos, un recurso pueril para que todos sean perfectamente identificables. Pero eran precisamente ellos, la férrea y oscura facción de los parabolanos -retratados como una especie de brazo armado del cristianismo- los únicos capaces de realizar tareas que todos los demás rechazaban: cuidar de los leprosos, ayudar a los pobres y cargar con los muertos. No obstante, de primorosa factura técnica, la nueva cinta del director de "Tesis" impacta por su poderoso look visual, la magnífica ambientación, el gusto por el detalle y el minucioso diseño digital de la mítica Alejandría del siglo IV (tal vez maquillada en exceso en los planos generales), dotando de cierta trascendencia metafísica y vital a ese espacio conocido como Ágora (enclave público donde se desarrollaban las tensiones sociopolíticas de la ciudad). Unido a esa espléndida estética, el mensaje moral y la denuncia extraída de su argumentación llega nítida al espectador, la cuestión es que ni siquiera una actriz como Rachel Weisz (que no nos engañemos, tampoco es Meryl Streep) logra tender un hilo de empatía hacia el fascinante personaje al que da oxígeno, la bella Hipatia, directora de la escuela neoplatónica, precursora del feminismo, atea, librepensadora y al fin víctima llorada de las violentas revueltas que enfrentaron a los partidarios del obispo Cirilo y las huestes del prefecto Orestes. Una Hipatia carente de la suficiente pasión (científica y sentimental), desprovista de simpatía y calidez, en adecuada sintonía con el tono chato, blando, de una película privada absolutamente de sentido del humor y que no cautiva. El apocamiento, el exiguo brío, la monotonía de la cámara -evidente en el controlado dinamismo de las dos únicas secuencias de acción-, penaliza en exceso una función que se difumina pronto, como las volutas de humo que desprende el ansiado cigarrillo a la salida del cine.



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