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Guadalupe Mancha Trigueros : La Moracantana, PLANETAS ERRANTES
el 21/9/2020 9:51:42 (28 Lecturas)

A VECES, PARA AVANZAR, HAY QUE VOLVER AL PRINCIPIO.

ÉRAMOS COMO PLANETAS ERRANTES, PLANETAS SIN UNA LUZ QUE NOS ILUMINARA, EXILIADOS DE UN CENTRO ESTELAR SOBRE EL QUE ORBITAR...; AUNQUE EN EL FONDO SIEMPRE EXISTE UNO SOBRE EL QUE HACERLO...

Vagábamos con rumbo desconocido hacia nuestro particular destino, que era reencontrarnos de nuevo, en algún lugar, en algún momento, pero aún no lo sabíamos. Era nuestra triste historia llena de idas y venidas de la vida del otro, protagonistas de un largometraje en el que no entendíamos muy bien el papel que desempeñaba cada uno. Universos paralelos donde se repetían patrones conductuales de manera incesante. Y sin saber muy bien por qué, un buen día, tras llevar recorrido un gran trecho del camino, uno de los dos se veía en la obligación de volver al punto de partida. Esta no era la primera vez, pero me preguntaba si, por una, sólo por una, podría tratarse de la última y definitiva; de esa que marcaría un antes y un después en la vida de un humilde planeta. Nunca una vez es igual que otra. Es imposible. No hay segundas oportunidades para primeras impresiones y como dijo Heráclito “todo fluye, somos y no somos”.
Al vuelo observo, sin evitar estremecerme, mientras paseo despacio cruzando el puente sobre el río, candados colgando. Aún no entiendo muy bien cómo puede utilizarse un candado para simbolizar el amor o la unión entre dos personas. Siempre me ha parecido que el amor precisamente es algo que no debe encadenarse o encerrarse bajo llave por temor a perderlo. Al contrario, pienso que debe estar en total libertad para que pueda ser, para que no se asfixie, para que sepa que es libre de irse o de quedarse, que no está atado; para demostrar su solidez de hecho, para recordarle que está por su voluntad y no obligado. Que en esto no existen garantías, pero que desde luego es mejor arriesgarse a no hacerlo. Porque amar siempre es ganar (sobre todo para el que ama, por supuesto). No importa cuantas veces te decepcionen, lo intentes y te fallen... no importa. Se aprende. Se asume. Se acepta. Y se continúa. Porque aunque duele, de amor nadie se muere. Es pura supervivencia. Es la vida.
Supongo que lo que ocurre es que cuando se está en el ojo del huracán, en medio de la placidez que proyecta esa calma aparente, absorto en la mirada del otro, es complicado por no decir imposible otra vez, darse cuenta de que se aproximan curvas y muy peligrosas con peligro de desprendimiento y pavimento deslizante en muchos de sus tramos. Pero no me arrepiento. Tenía que hacerse y se hizo. Nunca nos hubiéramos perdonado quedarnos con las dudas ni con las ganas de saber qué final tenía la vida previsto para esto. Y hay veces en las que nos hemos vuelto a cruzar con la distancia espaciotemporal justa y necesaria para desearnos el buen viaje que nunca nos hemos deseado, pero es cierto que no hemos vuelto a colisionar y que ya no lo haremos, y que eso estará bien, porque la colisión significaría la destrucción total de uno de los dos planetas. Y ellos lo ignoraban, pero al dejar de existir uno, el otro también se extinguiría de inmediato. Planetas que habían confundido al otro con el sol...
Al final todo pasa por algo y ahora, desde el destierro y desde “la oscuridad” que entraña ser un planeta errante, creo que por fin veo la luz alrededor, que la venda se cae y es todo como en realidad siempre lo había sido. Por fin siento que poco a poco vuelvo a mi ser, a mi esencia. Vuelvo a ir recuperando la forma de una galaxia, llena de vida y a darme cuenta que aquel planeta, que cegada en mi empeño llegué a confundir con el Gran Astro Rey, muy probablemente era tan sólo un meteoroide (cuerpo menor del sistema solar) con ínfulas de planeta pero meteorito al fin y al cabo, de esos que sin querer, tan solo porque está en su naturaleza, arrasan con todo lo que ven a su paso mientras se desintegran una vez alcanzada la superficie de un planeta. Y si no puedes pretender de un pez que trepe por el tronco de un árbol, pues de un meteorito no se puede pretender tampoco que entre en la atmósfera de un planeta y no muera. La clave de todo siempre había sido una cuestión de no saber distinguir los elementos. Ya han pasado varios años luz y alguna que otra estrella fugaz a la que por supuesto no desperdicié nunca la oportunidad de pedirle un deseo esperando lo mejor. Pero me pregunto si seguirá en las sombras, taimado y esquivo, observando el universo desde el más absoluto estado de ingravidez...

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