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Dámaso Giráldez Domínguez : VIOLENCIA DE LENGUA (18), EL PLEONASMO: AUTOSUICIDIO
el 2/7/2020 17:24:29 (44 Lecturas)

Cuando, en fechas pasadas, platicábamos aquí sobre el oxímoron, ya señalábamos entonces al pleonasmo como la figura de dicción que se le oponía. Porque, en efecto, los pleonasmos son las repeticiones que hacemos al hablar, más o menos deliberadas o más o menos conscientes. Es decir, la redundancia que supone un pleonasmo es a veces intencionada y buscada, porque nos parece necesaria, pero otras muchas veces es sólo un uso torpe de la lengua, que cometemos por desconocimiento o descuido y que no aporta nada nuevo ni beneficioso a nuestros intereses comunicativos

Esto ocurre cuando juntamos dos palabras que tienen el mismo o semejante sentido, o cuando el significado de la que llamamos complementaria ya está incluido en la principal: vivir la vida, el mundo mundial, subir arriba o entrar dentro, por ejemplo.
Sin embargo, hay usos intencionados del pleonasmo que aportan admirables atractivos artísticos al habla. Es lo que ocurre, en la lengua literaria, cuando esta figura, en manos de los buenos escritores, carga la comunicación de maravillosos efectos y valores expresivos: “temprano madrugó la madrugada” es un verso de Miguel Hernández, perteneciente a la elegía que escribió a su amigo Ramón Sijé, cuya forma pleonástica lo hace rotundamente conmovedor y emotivo.
En definitiva, el pleonasmo puede ser una virtud, si con ello logramos mayor expresividad o conseguimos evitar posibles ambigüedades, pero también es un vicio, un vano exceso innecesario, claro está, según el grado de inteligencia o negligencia con el que lo usemos.
En todos los manuales escolares aparecen siempre, como ejemplos de pleonasmo, frases del tipo “bajar abajo”, “lo vi con mis propios ojos” o “yo mismo lo hice”. Es evidente que, si bajo, tiene que ser hacia abajo; que si lo vi, tuvo que ser con los ojos, y que si los ojos son míos, pues son propios. Ahí tenemos elementos que sobran, como sobra “mismo” en “yo mismo lo hice”. Cierto que lo que pretende el hablante en estos casos es realzar, enmarcar, destacar algún elemento de su discurso, y por eso repite (innecesariamente, sin esa intención) los mismos significados.
En español, uno de los pleonasmos más frecuente y también más inadvertido, es el que supone colocar los pronombres personales “yo, tú...” delante de las formas verbales, pues la información sobre la persona gramatical ya está incluida en la terminación de aquéllas. Así cuando decimos “hablo, hablas...”, no son necesarios “yo, tú...”, pues si hablo he de ser forzosamente yo y si hablas, no puedes ser más que tú. De todas formas, desde pequeños, aprendemos la retahíla de la conjugación verbal con los paradigmas “yo hablo, tú hablas, él habla...”, estructura que es normalmente necesaria, sin embargo, en otros idiomas, el francés o el inglés por ejemplo, porque en estos casos, la forma verbal, sobre todo en la lengua oral, no permite reconocer la persona gramatical, y necesita obligatoriamente el auxilio de los pronombres. Aunque a veces la presencia del pronombre también es obligatoria en castellano, como ocurre para distinguir entre “yo hablaba” y “él hablaba”.
En fin, en el abuso de este pleonasmo se basan, curiosamente, estudios de psicolingüística, según los cuales la abundancia innecesaria del pronombre “yo”, por ejemplo, en discursos de determinados hablantes, puede delatar espíritus egoístas, egocéntricos o ególatras.
Un pleonasmo que las orientaciones ideológicas, sociales y políticas actuales avivan con candente vehemencia (tema del que ya tratamos en otra ocasión) es el que se produce al discriminar gramaticalmente el género masculino y el femenino, en alocuciones que buscan lo políticamente correcto y que quieren ganarse al público femenino, pensando que así refuerzan los derechos de la mujer. Entonces oiremos eso de “escuchadme, españoles y españolas, o ciudadanos y ciudadanas, o, lo que es peor, estudiantes y estudiantas, o, ya en el paroxismo lingüístico, jóvenes y jóvenas”, como espetó, en algún momento, cierta líder política.
Porque tenemos que saber que el sistema lingüístico ha elegido la forma del masculino para representar, conjuntamente, a ambos géneros. Cuando decimos “el hombre es mortal”, ya está gramaticalmente incluida también la mujer, por lo que no se necesitan más precisiones. Es una cuestión de sencillez y economía lingüísticas. Resultaría tedioso estar remachando constantemente frases como “los elefantes y las elefantas tienen grandes orejas”.
Así pues, no resultó nada coherente quien dijo (lo repito tal como lo oí): “los hombres y las mujeres de este partido estamos convencidos de que vamos a ser nosotros quienes ganemos las próximas elecciones”. ¿Quiénes eran nosotros? ¿Sólo los hombres o también las mujeres? En todo caso, y a tenor del puntilloso comienzo, este avezado adivino tendría que haber concluido su corazonada con el insoportable remate: “...estamos convencidos y convencidas de que vamos a ser nosotros y nosotras quienes ganemos las próximas elecciones.”
Cerraré estas anotaciones con un disparatado pleonasmo del presidente venezolano Nicolás Maduro, quien, ante la Asamblea Nacional de Venezuela, opinó así de la situación económica de su país: “Un solo tipo de cambio es inviable; sería un autosuicidio colectivo de nuestra economía”.
Ya hace tiempo que Lázaro Carreter denunció el “autosuicidio” con el que alguna prensa calificó la disolución de las cortes franquistas, al comienzo de la transición política española. Y he aquí que vemos ahora como el engendro adquiere nueva vida en la intrépida boca del mandatario venezolano, sin advertir, unos y otros, que la palabra suicidio, por sí sola, ya significa “quitarse uno voluntariamente la vida a sí mismo” y no necesita ni puede admitir, por lo tanto, el prefijo griego “auto”, como tampoco lo han de llevar “autoexiliarse o autoconvencerse”, que desgraciadamente también oímos y leemos con alguna frecuencia.

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