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Ricardo García Lozano : HISTORIA, HISTORIAS, LEYENDAS, PIUS IX
el 17/4/2020 15:40:08 (64 Lecturas)

Hace algún tiempo escribí éste breve resumen (basado en un texto en inglés) de un polémico Pontífice, considerado por unos como un santo y por otros -entre ellos algún cardenal- como un perturbado

Pio IX ascendió al Trono Papal en 1846 con grandes expectativas por parte del pueblo y halagüeñas promesas de reformas por parte de él mismo. Publicó un acta de amnistía para delitos políticos, pero las reformas prometidas se demoraron mucho. En 1848 una revolución se levantó en Francia, que expulsó a Luis Felipe de su trono, y sacudió los tronos de Europa. Toda Italia fue agitada, durante algún tiempo. El Papa supuso que podría haber una confederación de estados italianos de los que él sería el Soberano Pontífice.
Carlos Alberto, el liberal rey de Cerdeña, levantó el estandarte de un gobierno liberal, miles se unieron a él, pero pronto el ejército austríaco arrasó Italia a través de los Sardos, pero no pudo romper el espíritu de libertad. Insatisfecho con el resultado, el pueblo italiano demandó del Papa un gobierno más liberal. Él rehusó; sus ministros fueron asesinados.
Los ministros se dispersaron, el Papa huyó y Roma se proclamó en República. Luis Napoleón, que había sido elegido presidente de la República Francesa, derrocó la república y configuró un Imperio; un ejército Francés invadió Italia y tomó Roma. La república cayó y el Papa volvió para ascender una vez más al trono papal, guardado de su propio pueblo por las bayonetas francesas. Fue un despotismo extranjero y sacerdotal.
Carlos Alberto murió y su hijo Víctor Manuel se convirtió en rey de Cerdeña, con un Gobierno Liberal en contraste con el del Papa. La confesión llegó a ser una maquinaria política donde los sacerdotes interrogaban a las mujeres sobre los crímenes políticos de sus maridos y padres -había un espía en cada familia, los enemigos de un hombre estaban en su propio hogar-. A medianoche los hombres eran arrestados en sus propias camas, y arrastrados a la Inquisición, en cuyas mazmorras sonaban los gemidos de los torturados.
Las prisiones estaban llenas de hijos de Roma, sobre el cadalso su sangre fue derramada. La ciudad entera y los estados de la Iglesia, gemían bajo la opresión. Tal era el gobierno sacerdotal donde los sacerdotes gobernaban y los laicos no tenían voz. El gobierno Napolitano, junto con el de Parma, Lucca y Módena compitieron con el del Papa en crueldad. Austria en Italia los excedió. Los celos entre Francisco José y Luis Napoleón condujeron a la guerra en Italia.
Las batallas de Magenta y Solferino rompieron el yugo de Austria en Italia. La guerra Austro-Prusiana cortó la Iglesia del Imperio, y arrojó al Papa en los brazos de los franceses para su defensa. Los jesuitas fueron llamados para ayudar al Papa y pronto comenzó a dar forma al gobierno en el plan Ultramontano. El dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado por el Papa, que comenzó a considerar el asunto de la Inefabilidad.
Una Bula del Papa restableció la Herejía Católica en Inglaterra, contraria a las leyes del Reino, y los curas llegaron a ser activistas políticos en Irlanda, Canadá y Europa, fomentado revueltas contra los gobiernos Protestantes y la escuela pública. Aunque el poder papal estaba decayendo, los Católicos Italianos estaban intranquilos bajo los gobiernos Pontificio y Napolitano, que llegaron a ser tiranías que ni sus mismos padres habían sido capaces de instaurar.
Mientras que el Rey de Cerdeña mantenía la fidelidad de su pueblo, el primer gobierno traicionó sus promesas, y repudio sus juramentos. Toda Italia estaba lista para la revuelta. Garibaldi bajó a Nápoles, y a su alrededor se unió toda Sicilia. El Rey borbónico huyó y Lucca, Parma, Módena y Sicilia se unieron al Rey de Cerdeña, que llegó a ser Rey de Italia con Cavour y Garibaldi como distinguidos ministro y soldado respectivamente, en el Gobierno y el ejército. Al Estado Pontificio solo le quedó Roma, donde el Papa permaneció protegido por soldados franceses.
Los Jesuitas persuadieron al Papa de su infalibilidad, y Pio IX convocó un concilio para declararla. El 18 de julio de 1870, el dogma fue proclamado. Con esto vino la proclamación de guerra contra la Prusia Protestante por Francia y los Jesuitas. El 19 de septiembre los franceses fueron derrotados en Sedam y Napoleón hecho prisionero. Las tropas francesas abandonaron Roma y nunca volvieron, y las tropas de Víctor Manuel marcharon para tomar la última posesión. Toda Roma proclamó a Víctor Manuel como Rey de Roma y de toda Italia, y los gobiernos Europeos reconocieron el hecho y reconocieron al Rey.
En un día cayó para siempre el más viejo y más despótico gobernante en el mundo, Pio IX, el primero de la Papas infalibles y el último de los Pontífices Soberanos, quedando reducidos los Estados Pontificios al minúsculo Estado del Vaticano. El año 1878 se abrió con sucesos memorables. La caída de Turquía pasó desapercibida cuando Víctor Manuel, tras unos pocos días enfermo, murió en Roma el 9 de enero. Toda Italia lloró en su tumba: fue enterrado en el Panteón. En su funeral el Papa envió su bendición. Su hijo Humberto fue proclamado Rey, que anunció que seguiría la política de su padre.
El 7 de febrero el Papa exhala su último suspiro, a los ochenta y seis años de edad y treinta de pontificado. Para algunos fue un hombre de moral pura, nobles impulsos y amable corazón a pesar de su loco orgullo al declararse infalible. Otros le consideran vanidoso y hasta loco pues parafraseando a Jesucristo llego a decir refiriéndose a sí mismo: “Yo soy el camino la verdad y la vida”, y quiso hacer un milagro que le salió mal. Vivió tiempos difíciles para la Iglesia; los avances de la sociedad estaban arrinconando al Papado y cometió el error de ponerse en manos de los Jesuitas. Por su obstinación fue severamente tratado por los acontecimientos políticos, que al final le hicieron caer de su trono y de su reino.

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