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Editoriales, Carlos Lamas : EDITORIAL, IRSE AL INFIERNO
el 1/2/2019 18:00:37 (99 Lecturas)

ESGRIMÍAN ANTIGUOS FILÓSOFOS DE CONSTANTINOPLA, DOCTORA, EN SU DISCUSIÓN CON LOS SOFISTAS Y LOS ASTRÓNOMOS PERSAS, QUE EN EL FINAL DE NUESTRA VIDA TERRENAL, EN EL VIAJE QUE LAS ALMAS HACEN FUERA DE NUESTROS CUERPOS, RUMBO AL MÁS ALLÁ, SE ABRÍAN CUATRO PUERTAS POR LAS QUE DEBÍAN OPTAR PASAR NUESTROS ESPÍRITUS. LAS PUERTAS CONDUCÍAN AL CIELO, AL PURGATORIO Y AL INFIERNO, Y NADIE ESTABA ALLÍ PARA VIGILAR LOS ACCESOS, COMO SE DICE DE SAN PEDRO, O DE OTROS GUARDIAS DE SEGURIDAD (LA CUARTA PUERTA CONDUCÍA DE NUEVO A LA TIERRA, SINO NO HABRÍA ARGUMENTOS PARA MUCHAS PELIS). Y EN AQUEL MOMENTO, NUESTRO YO ESPIRITUAL NO TENÍA DUDAS SOBRE QUÉ PUERTA ATRAVESAR, PORQUE A LA HORA DE IRNOS, NADIE HACE MEJOR BALANCE DE NUESTRAS VIDAS QUE NOSOTROS MISMOS. AUN ASÍ, DICEN, HABÍA DUDAS, CONFUSIONES, ABUSOS Y TRETAS, PARA CONSEGUIR LO QUE ALGUNOS CREÍAN UN MEJOR PREMIO. ES DECIR, HAY GENTE MU MALA QUE LO ES HASTA EN EL MÁS ALLÁ. LA PUERTA MÁS ATRAVESADA ERA LA DEL PURGATORIO; MUY POCOS SE CREÍAN LO SUFICIENTEMENTE BUENOS COMO PARA IR AL CIELO, E IGUALMENTE, OTROS TANTOS, NO CONSIDERABAN HABER SIDO TAN MALOS. EN GENERAL LA GENTE, AUN EN ESPÍRITU, SIEMPRE BUSCA TENER UNA NUEVA OPORTUNIDAD (SIGO ABAJO PORQUE ESTO VA PARA LARGO)


Aquellos sabios se animaban a diagnosticar lo que pasaba en esos mundos ocultos a nuestros ojos de simples mortales, porque decían haber logrado confesiones de almas reencarnadas y otros espíritus desorientados, en tránsito irregular por el planeta. Porque, según afirmaban, a algunas almas del purgatorio se les ofrecía la chance de reencarnarse para redimirse en la nueva vida. Justificaban esto diciendo que por eso todos los animales y los insectos -muy usuales para reencarnaciones- eran buenos, y sólo hacían daño por sobrevivir. A eso se oponían los sofistas, al argumentar que muchos de los hombres considerados 'malos' por la sociedad, sólo hicieron eso mismo, daño por sobrevivir, pero igual fueron juzgados. Mas dejemos esa polémica que no nos conducirá a ninguna conclusión, al contrario que a los sofistas.
El asunto es que el alma, nuestra alma, tenía varias opciones a elegir, a la hora del saludo final, en nuestro momento de despedida y cierre. Cual guías turísticos de aquellos destinos, los de Constantinopla aseguraban que el cielo era un sitio muy delicado, armonioso y amable. Allí nadie daba una voz más alta que otra, y la ausencia de egos hacían del lugar un oasis de perfección. Se trataba de un inmenso jardín natural, junto a un lago, bajo un cielo soleado, o estrellado, según las horas, donde todo el mundo pacía con sus ropajes más cómodos, sedosos y coloridos, y todos no hacían más que charlar sin parar, sonriendo amablemente y mirándose siempre a los ojos. Como ve, Doctora, esto también podría ser considerado un infierno para según quiénes.
El purgatorio era básicamente un lugar donde todos se hacían preguntas. La gente deambulaba sin rumbo fijo por callejuelas estrechas y empedradas, bajo un cielo nublado, amenazante de tormentas, que nunca acababan de caer. Las gentes se escudriñaban unos a otros, con cierto recelo, apartando la vista y mirando al suelo o a los costados, cuando se cruzaban las miradas. Nadie lloraba, porque ya era demasiado tarde para lágrimas. Había quienes parecían buscar algo por los rincones, o en sus bolsillos. Vestían ropas arrugadas, caídas, como húmedas, grises o marrones oscuras, de telas ásperas y pesadas. Nadie nunca dormía.
Tras la puerta infernal había días y días. Algunas jornadas todo era bulla, gritos y carreras, estampidas, relámpagos y tormentas, temblores y erupciones, vientos huracanados y olas infernales. Y no había cómo guarecerse, o protegerse, al ir todos desnudos. Durante esos días había peleas y empujones, piedras que iban y venían, luchas y cacerías a degüello, muerdos y arañazos. Y alaridos y palos y campanas que no dejaban de tañir y alarmas que nadie paraba. A veces todo se inundaba y nadie sabía nadar, y otras veces la lava de los humeantes volcanes cubría hasta el techo. En cambio, otros días, no pasaba nada. Nadie hablaba, ni se golpeaba, ni corría, en medio del silencio más absoluto. Decían los lugareños que esos, precisamente esos, eran los días peores.
La cuarta puerta, la del retorno a la Tierra, apenas se traspasaba era un solo escalón hacia abajo. Los que volvían a este valle de lágrimas, lo hacían normalmente para solucionar entuertos. Consideraban que aun no era su tiempo de irse, poniendo manos a la obra en el intentar ayudar a los suyos. Pronto, temprano o tarde, caían en la cuenta que nada, o casi nada podían hacer, más que contemplar el pesar de sus seres queridos que intentaban volver a sus vidas, luego de la trágica pérdida. Así y todo solían quedarse un tiempo por ver cómo marchaba todo, pero al comprender que aunque las cosas fueran mal nada podrían hacer, optaban por pedir el reingreso al sitio de donde venían. Aunque esta experiencia les servía para saber sin dudas que su puerta era la del cielo.
Esta semana, Doctora, podía haber hablado de la bochornosa inauguración de Agroexpo, con el paseíllo 'protegido' de los políticos -algo que nunca se había visto en Feval-; del joven Íñigo Errejón, sus correrías y las de sus compañeros -qué pereza dan estos enredos de un partido que no es partido ni es ná, y está lleno de no tan jovencitos universitarios, que se creen el ombligo del mundo, y no han dado un palo al agua-; de aceites de oliva vírgenes extra -que nos son 'extra' la mitad de los que lo publicitan-; de conflictos de taxistas y los otros -que ni me he enterado bien, ni me importa un pito-; de los chinos y sus plantaciones en la luna -son buena gente, pero alguien habrá de pararlos-; o de trenes, de andaluces, del pequeño Julen, o de Vox, pero me pareció más sano, Doc, inventarme la tontería de más arriba (o el cuentito, como quieran), así nos entretenemos todos, sin mandarnos al infierno los unos a los otros. Aunque, tal vez, sin darme cuenta, ahora que lo pienso, he hablado de todo eso. Quién sabe.
Buenas tardes.

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