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Manuel García Centeno : EL CANTO DEL CUCLILLO , MI ARO (Y OTROS CUENTOS)
el 1/2/2019 17:56:30 (109 Lecturas)

Llevaba en mis bolsillos mis tesoros más preciados: la peonza, el pipirigallo, los bolindres, el mocho, cromos de colores y mi capital menguado: dos o tres perras gordas

El aro siempre venía conmigo, el aro que me había hecho la primavera pasada, mi chacho Ventura en Helechal.
Yo alquilaba mi aro por una perra chica, ir y volver a la huerta de Cañita.
Mi aro era grande y de hierro. De modo que arrendaba mi aro por una perra chica y jugaba mientras al guá.
Tenía potra y ganaba y algunas tardes me iba a la plaza con unas perras gordas y me mercaba regaliz, chochos y pan de higo, que me gustaba mucho y algarrobas, y un caramelo de Almendralejo que me duraba un mes, pues le daba tres chupadas y lo guardaba.
En la plaza lo pasábamos muy bien, era amplia y cogíamos todos.
Había múltiples juegos: las niñas con el diábolo y la comba. Los muchachos con los bolindres y los cromos y así iba y venía el tiempo, con juegos. Y la cigüeña en el campanario y las golondrinas torciendo las esquinas subían y bajaban por la Plaza con magia y equilibrio. Y la cigüeña: clo clo clooo. Y daba alimentos a sus cigoñinos con el pico.
Era así la vida, juegos, algo de estudios y colgados de la primavera, esperando el verano para ir a la alberca a bañarnos.
A plena tarde con luz clarísima y agua fresca del pozo. Y al atardecer de azafrán y plata en el cerro de san Cristóbal.

El mundo gira y tiene
que doblar la vida.

Mas algo hay que hace
germinar la ternura:
el beso de una madre
protegiendo una cuna.

El mundo gira y lleva
la muerte y la esperanza,
más en el último instante
algo que decir tiene
el amor y su causa.


***


Echábamos la tarde

La pelota era de trapo con tiras de goma, mira, que botaba y se podía jugar con ella.
A veces hasta con un bote jugábamos, o bien con una bolsa de papel, la atábamos con cuerdas finas y mira que volaba si le dabas con la puntera; y por eso también venían aquellos que decían que si había pasado demasiado alta para el portero, así que era difícil, por no decir imposible, el pronóstico final. También sobre quién más, quién menos, había metido goles; ora decían los otros que ellos doce, ora nosotros que quince y uno dudoso, precisamente aquel del regateo al lao del portero cuando llegó el burro de Pascasio, y lo espantamos y Pascasio nos maldijo y se quitó el cinturón y corrió tras nosotros diciendo: joios por culo que me vais a tira la carga de leña con el trabajito que ma costao...
Porfiábamos semanas y meses, y a veces lo resolvíamos, por fin, juntando todos los partidos y echando una perra gorda al aire y si era cara, o era cruz, y no seas tramposo que las has tirado mal y no había manera, tú; ¡cómo era aquello de ganar o perder! Que era casi como perder o ganar la vida, ceder la victoria, al contrario.
Cuando mejor lo pasábamos era en la era -valga la redundancia-, porque en la era sí había sitio para jugar, como estaba empedrada y era muy lisito el terreno; además del monte, que le llamábamos el Cerrillo, o sea, un cerro chico, y toda la tarde que si ahora una prórroga, que si hemos empatao y hay que echar el desempate... Eso sí, hasta era el partidillo más serio porque poníamos a uno de árbitro y a los niños más chiquininos para que fueran a por la pelota si uno le daba una bolea fuerte y se nos iba a una huerta.

Coplas en las eras,
fatiguitas a cuestas,
cuando a pleno sol
los hombres abrían
quebrada voz al aire
acariciando el logro
de una buena dejada.

***


Entonces

Entonces lo más, era tener una peseta y aguardar que subiera por la calle arriba la CÁNDIDA con su carrito de helado de leche y huevo, y sus barquillos de canela, que por una peseta te llenaba las dos manos: una de barquillo y otra con un cucurucho de helado. Y a correr a sentarse en la sombra que se derretía el helado. Y subía la CÁNDIDA la laera del Pilar con su carrito blanco y azul como un barquito bamboleante atracando a puerto.
O esperar que llegara Chaspe y por una perra gorda te dejaba una montaña de nieve en la mano. Chaspe iba cepillando la barra de hielo y después lo prensaba y le ponía un palito, le echaba esencia y la nieve vestida de verde o amarillo, que eso era a elegir.
Entonces lo más usual era tener un patinete con ruedas de rodamientos, un patinete de tres ruedas y bajar las laderas y frenar variando tercamente el manillar y poblándose de ohhhh los demás que creían que ibas a derrapar.
La siesta era la reina del verano, una reina popular y llena de luz, una reina con sombras donde sentarnos a jugar o enseñarnos los diminutos atributos de la presunta hombría que un día nos llegaría. Y jugar al CATRE que era poner unas cuantas perras gordas y otras chicas en una piedra lisa y jugar con los bolindres. Y sacarlos y ganarles el CATRE. O JUGAR al GUA y llenarte los bolsillos de bolindres de barro.
Entonces la infancia, era, ya digo, una cajita de Laxen Bustos, unas sandalias, una blusita y un pantalón corto con un solo tirante... ¡Y a correr!

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