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Manuel García Centeno : EL CANTO DEL CUCLILLO, ‘LLEGÓ EL OTOÑO’ Y OTROS RELATOS
el 17/12/2018 13:00:00 (149 Lecturas)

Aquellas mañanas dulces y frutales de septiembre de mi alcoba y penumbra. En la dulce penumbra silenciosa. Cantaban los aromas de melones y membrillos bajo mi alta cama.
Y en el rincón oscuro permanecían mis tortolillas amuralladas en los trapos viejos que les ponía de cama y cabecera.
Y mientras tomaba mi tazón de café, mis tortolillas quedábanse arremolinadas bajo la silla. Acariciándome con sus picos los dedos de los pies. Y diciéndome: Acaba de una vez que nosotras también queremos comer...


…Y cogía un puñado de trigo de una talega. Y me iba con ellas a la escalera que daba al doblao de la casa. Y grano a grano iba dándolas de comer.
Y luego un buchecito de agua en mis labios. Y ellas agradecidas me hacían arrullitos suaves. Y abanicaban sus alas. Y daban sus pasitos altamente graciosas y confiadas hasta que las gallinas incordiaban.
Y salía yo con el palo y fuera gallinas. Y mis tortolitas venían tras de mí. Y al llegar al umbral para dar un saltito y entrar en el pasillo de la casa, ellas se quedaban como queriendo saltar. Y no saltaban.
Y las tomaba en mis manos. Y las dejaba subiditas en el umbral de piedra. Y un breve empujoncito. Y daban sus vuelecitos.
Y caminaban por el pasillo con ese caminar altamente gracioso como cojillas de ambas piernas.
Así pasaba mis días dulces y frutales de septiembre.
Con un olor frondoso y sensual. Melones. Melocotones. Membrillos... Se hacían grandes y no se iban de mi casa a pesar de saber volar. Hasta que una madrugada de invierno las encontraba como los trapos: lacias, muertas. Y me apenaba y lloraba.
Siempre mi mama me lo advertía: No pasarán el invierno.

**

El patio de mi casa
es particular
cuando llueve se moja
como los demás.
¡Agáchate! y ¡Vuélvete a agachar!


Así lo recuerdo y al saltar se movía el vestidito de las niñas y aparecían las bragas y los muslitos y el culito asomaba y yo me quedaba allí sentado en el umbral de la casa y las muchachas advertidas de mis miradas insolente e irrespetuosa, me daban un guantazo y anda asqueroso ve a tu casa y que te limpie tu madre los mocos y yo me levantaba y le daba a alguna con la mano en las trenzas y les decía: tarari que te vi.
Así pasaban los días de juegos, a la comba y al diablo y allí mis ojos hacían gozo. Y cierto día ellas se hablaban entre sí y se reían.
De pronto me sujetaron los brazos y me querían tirar al suelo y yo me resistía.
Y una fuerte me sujetó las piernas y ¡ala! Al suelo. Me bajaron el pantalón dejando al desnudo mis partes íntimas -que empezaban a ser públicas-.
Me echaron tierra y saliva y con un palito me restregaron y me dejaron encenagado y lloré y lloré porque aquella humillación me dolió. Pero también me sirvió para ser respetuoso con las mujeres.
¡Qué lección me dieron!

***

VELAS ENCENDIDAS

"Ir en silencio, que no hable nadie y no salga nadie de la fila. Niño vete a la acera, mira que te doy, mocoso".
Se guardaba silencio en las calles estrechas. Lágrimas vertidas. Muchos ¡ayyy! Y ¡Ohhh! Y qué preciosa está la Virgen.
Yo escuchaba recostao, adormecio en el hombro de mi papá, que decía a mi madre: "Te lo dije mujé, que nos trajéramos al niño, ¿has visto cómo se ha dormido?".
No le vamos a dejar solo. Se puede despertar a media noche... y un siiisss anunciaba que la Virgen llegaba. Llegaba igualmente Jesús por la calle Cárcava. Unos descalzos penitentes con velas encendidas le seguían. El instante que se cruzaban la Virgen y su Hijo era una emoción tremenda. Había lágrimas, como en un suceso cierto. Todos guardaban silencio. Y ni siquiera: siiisss, susurraban los más creyentes.
Al unísono mantenían la respiración cortada. Era esos instantes que se cruzaban la Madre con el Hijo. Nuestro nuestro Padre Jesús Nazareno y su Madre la Virgen. Yo abría los ojos. Levantaba mi cabeza. Lo observaba todo. Como salido de las profundidades de las aguas, de las adormecidas aguas de aquella noche larga.
Cada Semana Santa me dormía al ver pasar encapuchados y velas encendidas. Hasta que llegaba la Virgen y su Hijo.
Y entonces, dijo un costalero: "Alumbra con la vela chacho que me sa caío la petaca...".

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