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Ricardo García Lozano : Especial ‘SANTIAGO Y SANTA ANA 2018’ TENTACIONES
el 7/8/2018 11:09:58 (96 Lecturas)

Estaba solo en casa de madrugada, leyendo un ensayo sobre la influencia del Romanismo en América del pastor Charles Chiniquy, y muy cómodamente sentado en un sillón frente a la chimenea, donde un tronco ardía con amarillenta llama, que a veces en los bordes flameaba de un azul espectral, y que caprichosamente se hacía invisible para volver al rato con renovados bríos

Había dejado el libro sobre mis rodillas y miraba embelesado la llama, cuando oí decir: "Buenas noches", con una muy agradable y bien modulada voz. Sin sorpresa e inquietud porque alguien hubiese entrado en casa, cuando estaban todas las puertas cerradas, me volví hacía la derecha de donde me parecía que venía la voz, y sentado en el sillón que estaba al lado del mío vi a un hombre joven, de unos treinta años, de buena presencia, vestido con elegancia, y que me miraba sonriendo. Le pregunte, tal vez con cierta indiferencia, que quién era, qué hacía allí y qué es lo que quería. Sin dejar de sonreír, pero con ligero gesto de pesar, como si hubiese cometido una incorrección, me dijo: "Le ruego que me perdone por haber invadido su intimidad y no haberme presentado: soy Asmodeo, conocido por los católicos como el demonio de la lujuria". Hice yo un gesto de pesar como si la palabra lujuria y su significado fuesen ya algo hace mucho tiempo olvidado, y también sonriendo le dije: "Me parece que llega con décadas de retraso, a mis ochenta años mí sangre es demasiado fría y espesa, para que pueda correr ardiente por mis venas inflamada por deseos lujuriosos".
"No hay sangre tan fría y espesa que yo no pueda hacer hervir de deseos carnales, si me lo propongo; pero no he venido para eso; no es la lujuria lo que aquí me trae, me trae una pasión tan violenta y arrebatadora como ella, pero de índole distinta. Me trae la pasión por el conocimiento", dijo con un brillo de soberbia en los ojos, que con extraordinaria fuerza de voluntad inmediatamente apagó, volviendo a adquirir su rostro el aspecto amable y amigable que desde el principio había presentado.
Como no hubo respuesta por mí parte continuó diciendo: "Durante mucho tiempo le he venido observando y muchas veces le he oído quejarse de la brevedad de la vida frente a la enormidad de lo que puede saberse; y que para usted la muerte solo significa el no poder saber más; pocas son las personas que equiparan la muerte al cese del conocimiento, y eso me hizo interesarme por usted; para la mayoría la muerte es dejar de disfrutar de más groseros goces".
"Es muy cierto lo que dice -contesté yo- solo la Historia de la Humanidad, centrándonos en una sola rama del conocimiento, presenta tal cantidad de hechos que serían necesarias varias vidas para conocerlos en detalle y ensamblarlos en un conjunto aprehensible; y lo que digo para la Historia, para cualquier otra disciplina. Cuando empezamos a comprender, la muerte con un despótico manotazo nos aparta para siempre".
Durante unos minutos, tanto yo como mi extraño visitante, nos mantuvimos en silencio mirando el fuego. De repente, como si hubiese estado pensando como decirme algo que no se atrevía, y al final hubiese tomado la decisión, sin dejar de sonreír y con voz esperanzada, dijo: “¿Que me daría si le permitiese, que los segundos fuesen para usted, años y los años siglos? ¿Qué me daría si le permitiese viajar a cualquier momento de la historia de la Humanidad y contemplar el verdadero desarrollo de los acontecimientos?”. También sonriendo y con cierta sorna le dije: "Le daría las gracias, porque no pienso darle mi alma; tengo entendido que eso es lo que quieren los demonios". "¿Para qué quiero yo su alma?; tengo tantas almas de moralistas, reformadores y guardianes de las buenas costumbres, sacerdotes, monjes, monjas y hasta de Papas, que no sé qué hacer con ellas; ya solo me interesan almas de calidad, y permítame decirle que sus pecados contra la castidad han sido más bien flojillos. La lujuria es uno de los pecados más comunes y si le soy sincero, apenas nunca tuve trabajo; contra el sexto mandamiento la humanidad ha pecado constantemente sin necesidad de tentación; les basta con el instinto que puso en ellos el Creador”.
"Lo que yo quiero -dijo el amable joven-, es sentir su sentir cuando esté presente en los acontecimientos que podrá contemplar, e intervenir si los desea, cuando acepte mi propuesta. Quiero saber cómo se siente el hombre cuando contempla los horrores y la barbarie del hombre. Quiero sentir la exaltación cuando la abnegación y el sacrificio se adueñan del corazón humano. No quiero ser espectador; quiero ser protagonista. Quiero llorar y quiero reír, quiero sentir el sublime goce del amor y quiero dejarme arrastrar por el odio”.
Me quedé en suspenso y sorprendido por el extraño requerimiento. Educado como católico estaba más bien dispuesto a desconfiar del "Maligno". Temía ser engañado y sobre todo me aterrorizaba el pensamiento de que una vez que le permitiese compartir mi alma, tal vez se adueñase de ella, y me llevase por un camino tal de perdición que no podía ni imaginar.
Tratando de ocultar mis pensamientos, que sin embargo él había captado íntegramente, le dije un poco azorado. "Tengo que pensarlo".
Comenzó entonces a hablarme de cómo había observado a la Humanidad desde que comenzó a su andadura como bípedo; sus inciertos comienzos siempre al borde de la extinción, sin dientes, sin garras; solo con una débil luz de inteligencia. Su odisea en la conquista del mundo; su barbarie y su elevación... Estuvo hablando durante horas con su fascinante voz; haciéndome vivir todos y cada uno de los episodios que me iba relatando. Yo tenía los ojos cerrados y más que oír veían el acontecimiento que me relataba. Quedó él en silencio y yo permanecí allí mudo, durante un largo espacio de tiempo, reflexionando.
Podría conocer a Miguel Ángel, y verle pintar el techo de la Sixtina; podría conocer a Galileo y compartir su emoción al ver cráteres en la Luna y los satélites mayores de Júpiter; podría encarnarme en ellos, y podría vivir la vida de cada de cada personaje de la Historia. Tal vez podría conocer a Jesús de Nazaret y al Cristo verdadero...
Con ojos cerrados traté de imaginar el significado de lo que se me ofrecía; aquel océano de conocimiento, aquella infinitud de vidas diversas que vivir, aquel gozar de la compañía de los más eminentes hombres. Si pudiese tener garantías de que cuando quisiese podía expulsarle de mi mente y de mi alma tal vez aceptaría su extraña proposición. Al instante, habiendo leído mis pensamientos dijo Asmodeo: "Se lo garantizo, solo con que diga: ‘Apártate de mí’, le dejaré para siempre. Solo tiene que decir si acepta: ‘Ego assentior’".
Con voz apenas audible dije: "Ego assentior".
En ese momento el libro cayó de mis rodillas al suelo y el ruido que hizo me despertó sobresaltado...

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