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Ricardo García Lozano : Historia, historias, leyendas. El Juicio Final de Miguel Ángel (Primera parte)
el 23/3/2018 12:56:05 (128 Lecturas)

La contemplación del fresco del testero de la Capilla Sixtina es abrumadora. Tuve el privilegio de contemplarlo hace ya años, y jamás me he visto libre de su impresión; más tarde sentí deseos de saber algo más de esta prodigiosa obra, y con las notas que reuní, he pergeñado esta descripción

Había Miguel Ángel terminado de pintar el techo de la Capilla Sixtina, hacia ya veintitrés años, cuando el Papa Clemente VII, que sentía una profunda reverencia por los frescos del techo de la citada Capilla, le llamó para que pintase en el testero de la misma El Juicio Final; quería el Pontífice que su nombre se asociase a los nombres de Julio II y de su antepasado Sixto IV; y nada mejor que una obra del genial florentino para ello. No pudo ver realizado su deseo, pues la muerte se lo impidió.
A su muerte en 1534, fue coronado Papa Alejandro Farnesio, que tomó el nombre de Pablo III. Cuando vio los cartones que había diseñado Miguel Ángel, le hizo llamar y le dijo que continuase adelante con los trabajos. Tras algunos meses de negociaciones, y después de que dos obras de Perugino fuesen sacrificadas para dejar sitio a la obra de Miguel Ángel, y tras algunas obras, que relata Vasari en su magna obra, fue nombrado el artista por el Papa ‘Arquitecto Jefe, Pintor y Escultor del Palacio Apostólico’, con salario de 1.200 coronas de oro al año. Era, en estos años, fiel amigo de Vittoria Colonna, que ejerció una gran influencia en la turbulenta vida del artista. Le regaló un bellísimo Cristo que había pintado; y ella le contestó que rezaría ante el cuadro, para que tuviese éxito en la tarea que iniciaba. El trabajo se comenzó en el año 1535; se prolongó a lo largo del 1536, y gran parte del siguiente año.
Muchos grandes maestros se habían enfrentado ya, al mismo tema: Gioto, Orcagna, Fran Angélico y varios de sus discípulos; pero sus representaciones tenían siempre, un cierto aire de cuento de hadas, y resultaban a veces ridículas. Lo más próximo a la concepción de Miguel Ángel, era el extraordinario trabajo que había realizado Luca Signorelli para la Catedral de Orvieto más de tres décadas antes.
No hay constancia de que Miguel Ángel conociese la obra; se ignora si estuvo en Orvieto; pero sin duda la fama de esta obra maestra, debió haber atraído al artista a una ciudad, que estaba situada en el camino más directo de la Toscana a Roma. En un libro de su propiedad de la Divina Comedia, había plasmado en los márgenes ideas que incorporó en su obra. Miguel Ángel es tan enérgico, pero menos violento que Signorelli, y consiguió sublimar su concepto de Juicio Final. Sus profundos conocimientos de anatomía le permitieron realizar, sin errores, su obra. Hubo objeciones a la gran masa de cuerpos desnudos en un lugar santificado como era la Capilla Sixtina. Varios Papas propusieron borrar la obra; finalmente Pio IV encargó a Daniele da Volterra que tapase los genitales de alguno de los personajes; un encargo que le valió el sobrenombre de "Il Braghettone". Esta alteración radical destruye la armonía, y rompe el equilibrio en la composición. Por otra parte el humo de los cirios y las ocasionales quema de documentos, así como el polvo, causaron enorme perjuicio en la obra, que la restauración de Colalucci, permitió ver en todo su esplendor.
El marco arquitectónico, que en el techo se había tan cuidadosamente estudiado para situar los personajes, fue aquí suprimido; y el conjunto tiene un desnudo e inacabado aspecto, que acentúa con fuerza, el repentino cambio en la escala de las figuras. Causa, al principio, cierta confusión, que poco después se despeja, pues está todo dispuesto cuidadosa y simétricamente. En el arco superior están en dos grupos los ángeles, con los instrumentos de la Pasión.
Miguel Ángel vio en todos los grupos muchas oportunidades de satisfacer su entusiasmo por el desnudo; pero además, hay figuras y rostros, que ponen de manifiesto el fuerte sentimiento emocional con el que enfrentó a la realización del trabajo. Había rechazado todas las colecciones de pacíficos y piadosos santos contemplando pensativamente las sagradas reliquias.
Los instrumentos de la Pasión son recibidos en los Cielos, por una multitud de servidores sin pecado y mensajeros, que estuvieron con él antes de su vida terrenal, con honor y alborozada bienvenida. Como aquellos que saludan el regreso de la batalla a un héroe victorioso, pueden exultantes, besar el caballo de batalla, su espada y su armadura, estos ángeles sin alas y sin halos de santidad, pero volando, pueden aun con más intenso espíritu, llevar la cruz y la columna por el agitado aire.
Se unen a las muestras visibles del Gran Sacrificio, cada uno esforzándose por estar lo más cerca posible. Uno de ellos se arroja a los pies de la cruz y apoya en ella su cabeza; dos magníficas figuras de jóvenes sujetan la columna, y uno de ellos mientras la sujeta en sus brazos, mira hacia lo alto en adoración y reverente amor. En el arco de la izquierda, otros portan las coronas y clavos, volando con ternura hacia Cristo. En el arco de la derecha, nuevas figuras se abalanzan hacia delante, ansiosos por tener parte en el transporte de la pesada carga. La tormenta de movimiento, la unanimidad de un sentimiento todopoderoso, con espléndida variedad de acción, como los ángeles se lanzan a través del nuboso espacio, y como vierten su devoción en estos inanimados compañeros de la agonía del Señor, están representados con un coraje y sinceridad, que solo puede justificarse como si de un tratamiento de depuración espiritual se tratase.
En el centro, inmediatamente debajo, está la figura de Cristo juzgando a todos los hombres. Junto a Él esta su madre; todo el contorno a su alrededor está ocupado por Apóstoles y Profetas, Patriarcas y Santos, con un grupo de bienaventurados, a cada lado. Inmediatamente debajo, los ángeles atronan los cielos con sus trompetas, llamando a la humanidad a Juicio. A su derecha un grupo de redimidos son elevados al Paraíso, a su izquierda los condenados caen de cabeza. En el plano inferior, emergen de sus tumbas los muertos a un lado, mientras que en el otro lado, un barco espera a los desdichados para conducirlos en su pavoroso viaje al inframundo.
Cristo, aquí, no es el tierno y misericordioso Salvador, triste y pesaroso; aquí El es un severo e inexorable Juez; más cercano a un Júpiter lanzando rayos que a un ideal Cristiano. La colosal figura de rostro impasible y de implacable gesto, proclama que el Día de Gracia ha pasado, que es el día de la rendición de cuentas. El corazón de Miguel Ángel estaba dolorido por el pecado y la tiranía que veía a su alrededor; por la ruina de su adorada ciudad donde campaban la traición y la corrupción; donde el bien había retrocedido y el mal se enseñoreaba en el mundo y careciendo su voz de poder, y siendo inútiles los esfuerzos y protestas que él pudiera hacer para cambiar las cosas, vertió la amargura de su atormentado corazón en su obra. Hizo de ella el último e inapelable tribunal; aquí estaba la venganza y el poder, frente al cual todo poder terrenal debía inclinarse; el poderoso debía detenerse atemorizado y el malvado debía temblar y perder toda esperanza.

(Continuará)

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