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Antonio Mª Flórez Rodríguez : GENIO Y FIGURA, EN DEFENSA DE LOS TOROS Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN
el 14/3/2018 19:13:43 (198 Lecturas)

En octubre de 2015 el consistorio barcelonés de Ada Colau prohibió la exhibición de un gran cartel de promoción de la Feria del Pilar de Zaragoza, creado por el fotógrafo José Ramón Lozano. En él aparecía una foto del torero Morante de la Puebla, de montera y bigote daliniano, con el torso desnudo hasta el pubis y tatuado con la palabra “Salvador” y un entramado de ojos, hojas y flores; y a su lado, la expresión "Soy Arte puro"

La original composición, que no pasó desapercibida para los medios del país, lo fue mucho más por la censura expresa de un gobierno que se tilda de demócrata por la sibilina razón de que la imagen vulnera una disposición municipal de 2004 en contra de las corridas de toros y favorable a los derechos de los animales ya que estos son "organismos dotados de sensibilidad psíquica, además de física".
Respetable y discutible postura moralizante, pero que hace que uno se pregunte: ¿qué tiene que ver esto con la censura de una obra de arte? ¿Las razones morales son suficientes para impedir la exposición del Guernica de Picasso o Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya porque eres "pacifista" y contrario a la guerra? ¿Se puede prohibir un cartel de promoción del Louvre o del Museo Vaticano porque albergan pinturas de mujeres con tetas al aire y de hombres con penes visibles porque va contra la decencia cristiana? ¿Se puede prohibir la exhibición del lienzo "Teresa soñando" de Balthus del Metropolitan de Nueva York porque es una obra "perturbadora"? ¿Se puede constreñir la circulación de la novela Lolita de Vladimir Nabokov porque habla de una relación "inapropiada" entre un adulto y una adolescente? ¿Se le puede prohibir a un escritor que haga cambios en su obra porque un funcionario inculto lo impone desde la soberbia de su cargo, a pesar de ser aquél el dueño de los derechos morales de ella? Casos distintos parecen ser los de las fotos de Santiago Sierra retiradas de ARCO y el secuestro del libro de Fariña por un juzgado, donde se ve aparentemente una intención mercantilista y politiquera que desborda lo ético y lo jurídico.
Lo de Colau me recuerda la primera vez que fui a toros en Barcelona en el verano de 2006, recién llegado a esta ciudad a trabajar de médico en una entidad catalana. Fue en la Monumental, ese mítico lugar donde había toreado lo más granado de la torería española y americana del siglo XX y donde reaparecería un año después José Tomás; pero también donde habían actuado The Beatles, Rolling's Stones, Bob Marley y Bruce Springsteen. Hacía yo cola para entrar y un grupo de cinco jóvenes que portaban alguna pancarta se me acercaron para hablarme contra las corridas de toros y entregarme una octavilla en la que aparecía un morlaco con una equis que lo cruzaba y un NO sobre su cuerpo ensangrentado. No les presté mayor atención y ellos siguieron a lo suyo con otros componentes de la cola. Varias veces acudí entre julio y agosto de aquel año y siempre por allí rondando aquellos muchachos, cada vez más acuciantes con su campaña y cada vez más agresivos con sus mensajes. Educadamente les pedía que me dejaran tranquilo y les decía que si no eran conscientes de que yo estaba allí porque me gustaba ir y que por qué no hacían mejor algo que fuera proactivo, que si no les gustaban las corridas que no fueran por allí y dejaran hacer a la gente lo que le gustaba con tranquilidad.
Soy aficionado desde mi infancia, pero no fanático, porque mi familia tuvo finca de ganado en Colombia y tuve cercanía con estos animales, y porque más tarde acudía con frecuencia a la tertulia taurina que hacía mi pariente el ginecólogo Tomás Zuluaga en su casa de Don Benito. Un día que venía cansado de hacer ejercicio y hacía mucho sol, me cogieron los "anti" soliviantado y de malas pulgas y les dije que no me molestaran más y se fueran a hacer algo que de verdad les gustara y fuera útil, "iros al campo a pintar crepúsculos o a la playa a limpiarla de latas y plásticos". Se quedaron descolocados. Y les dije, además, que fueran coherentes, que defender la supervivencia perpetua de los toros implicaba desconocer la razón de su ser y su destino, y que si defendían su vida también deberían defender la vida de las hormigas y la hierba, esa hierba que en ese momento estaban pisando y esas hormigas que bajo sus pies estaban muriendo aplastadas infamemente por sus sandalias. Perplejos y pasmados, al instante se marcharon. Nunca más los volví a ver por allí, también porque, acabado el verano y pasadas las fiestas de la Merced en septiembre, la temporada taurina de aquel año había llegado a su fin. No creo que mis palabras fueran razón para que ellos desistieran de su postura, pero a mí, por lo menos, no volvieron a molestarme. Si las corridas de toros han de acabarse, si los toros han de extinguirse, que sea por un proceso natural, no por el empeño de unos iluminados "salvamundos" que confunden su libertad de expresión, sus "antigustos", con la conculcación del pensamiento y los derechos de los demás.

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