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Pedro Rodríguez Bermejo : LA HOGUERA, DADME UN CARGO Y REPARTIRÉ CULPAS
el 7/2/2018 21:39:15 (104 Lecturas)

Últimamente me encuentro con mucha gente que me pregunta mi opinión sobre el cambio de nombres de algunas calles de nuestras ciudades y pueblos. El tema, si he de ser sincero, me provoca mucha pereza y no creo que sea una de las principales preocupaciones de los ciudadanos, pero pienso que son los vecinos quienes deberían tener la última palabra sobre ello si realmente estuviéramos en una democracia participativa, pero ya sabemos que los políticos que nos gobiernan, que se llenan la boca de hablar de democracia (palabra tan trillada como maltratada), tienen mucho miedo a la verdadera esencia de la democracia, esa que brota y se construye hombro con hombro con la gente de la calle

Siempre he pensado que una persona modélica debería ser sensible, tierna, afectiva, sentimental, emotiva, receptiva, empática, solidaria, tolerante... y cualquier calificativo que pueda dotar de humanidad su personalidad, menos, si esto se pudiera reprimir, cobarde. Como Montaigne pienso que "la cobardía es la madre de la crueldad". De modo que uno debe hacer frente a todas las batallas y asumir en todo momento sus responsabilidades, decir lo que realmente piensa y defender sus opiniones con sólidos argumentos contra viento y marea. A mí no me molesta que una calle lleve el nombre de Santiago Carrillo y otra la del dramaturgo Pedro Muñoz Seca, a pesar de que el primero fue el verdugo del segundo. Comencé a tener claro esto cuando siendo un crío, en la época de la Transición, se estaba en la tarea de cambiar cientos de miles de placas del callejero, siendo testigo de ello viviendo en una gran urbe. Así, llegó el día de cambiar el nombre de la calle en la que yo vivía, "Avenida del Caudillo", nombre que fue sustituido por el de "Avenida Laureá Miró", un abogado y político nacionalista local que fue diputado y que murió repentinamente en 1916.
Apoyado en el barómetro de la Caixa, le pregunté a un amigo taxista catalán -tenían una parada cerca de mi casa- qué le parecía la transformación del callejero sabiendo, porque una vez se lo oí comentar, que a su padre le habían matado en la Guerra Civil. Se quedó mirando circunspecto a algún punto lejano de la Nacional II que cruzaba delante de nuestras narices y dijo:
- Mal.
- ¿Mal? Pero si a tu padre le mataron en la guerra...
- Sí, pero le mató su hermano, es decir, mi tío.
No me pareció oportuno indagar en un tema que seguramente derivaría en una lógica hiriente de venganzas y rencillas personales abonadas por la coartada de la guerra, el eterno mito de Caín y Abel. Ya en aquella preadolescencia comencé a tomar conciencia de la monstruosa locura que representó para todos los que padecieron aquella maldita y condenada guerra entre hermanos..., incluso de sangre. Aunque pensé que el nombre estaba bien quitado si tanto dolor producía en una parte importante de mis compatriotas.
Pasado el tiempo, tuve muchas ocasiones de ponerme triste porque aquel ritual derivaría miles de veces en la mezquindad y el absurdo, como cuando los separatistas vascos les quitaron a Unamuno y Baroja una calle en Bilbao. Poco a poco el tema se fue convirtiendo en un aquelarre delirante que continúa hoy en día con un puñado de progres ignorantes obsesionados con la idea freudiana de "matar al padre" (muchos son hijos o nietos de franquistas) y que están empeñados en que desaparezcan de Madrid las calles dedicadas a Josep Pla, Eugenio D`Ors, Salvador Dalí, Jardiel Poncela y Ramón Gómez de la Serna, a quien el recordado Tierno Galván dedicó un sentido homenaje en la década de los 80. Afrenta tan insultante causa dolor porque sólo puede surgir de la incultura de cuatro pijoflautas con nociones muy limitadas sobre nuestra historia, revolucionarios de asamblea y vaso de plástico que, amparados en un efímero puñado de votos, andan en la inútil misión de reescribir la historia y salir a matar a Franco todos los días, único y estúpido objetivo que hace fluir el éxtasis de su pueril superioridad moral.
Aclaremos algo: la búsqueda y recuperación de los restos de todas las víctimas de la Guerra Civil española es una cuestión de justicia y dignidad, una guerra cainita de clases, religiones, nacionalismos exacerbados, venganzas enconadas e intereses potenciales. Nadie con un mínimo de sensibilidad, civismo, empatía y humanidad debería estar en contra de ello, poniendo énfasis, además, en que estas labores deben estar subvencionadas por el Estado. Pero de lo que hablamos es de la perversión de la controvertida Ley de la Memoria Histórica, que dejada al albur de los sectarismos ideológicos puede resultar infame en demasiadas ocasiones. Decía Manuel Azaña refiriéndose al cambio de nombres de las calles: "Es una inocente manía que parece responder a la ilusión de borrar el pasado hasta en sus vestigios más anodinos y apoderarse del presente y hasta del mañana. En el fondo, es una muestra del subjetivismo español, que se traduce en indiferencia, desamor o desprecio hacia el carácter impersonal de las cosas. Madrid, administrado casi siempre por forasteros y analfabetos, ha dado sobre el particular ejemplos de muy mal gusto, y no ahora, sino desde hace mucho tiempo. Sobre todo cuando le vienen a un alcalde ataques agudos de cursilería".
Ahora comprobamos que la cursilería ha sido sustituida por la rabia, el revanchismo y el vómito de bilis de quienes creen que todo comenzó con ellos. A nadie por el simple hecho de ser alcalde en la larga y oscura travesía del franquismo se le debe tildar de represor o fascista si lo único que hizo fue administrar con mejor o peor fortuna una casa consistorial durante una época nefasta de nuestra historia. Seguramente, algunos de aquellos regidores estaban más capacitados que muchos de los mediocres alcaldes que sufrimos hoy en día, como decía Azaña, unos turbios e insignificantes analfabetos a los que enterrará la historia y de los que sólo se recordará su odio e innata capacidad para construir nada desde la humildad, la concordia y la generosidad. Mientras, en su particular liga de ver quién es más de izquierdas, rebosan prepotencia, marcan con fuego su dominio, cobran unos sueldos estratosféricos y olvidaron pronto que el amor se encuentra siempre más cerca de la pobreza.
No se trata de olvidar el pasado, pero ante la imposibilidad de borrarlo, debemos afrontar la cuestión con inteligencia pragmática, procurar que no se convierta en una atadura, en un lastre, en una corriente de ira que envenene la convivencia y nos arrastre de nuevo hacia una espiral peligrosa, un bucle siniestro que sólo sirve para abrir viejas y dolorosas heridas y resucitar fantasmas, como si nuestro país hubiera quedado atrapado en el tiempo como una flor muerta en el hielo. Como decía Antonio Gramsci: "Lo viejo murió hace tiempo y lo nuevo no acaba de nacer". Sé que vivimos tiempos de un relativismo fatuo, que cualquier exiguo alcalde puede torturar los números, las palabras e incluso los hechos para que le digan cualquier cosa, lo que él desea, instalándose así muy lejos de una verdad histórica que nada le importa.

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