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Mariano Escobar Muñoz : OTRA MIRADA, EL JUSTICIERO
el 1/8/2017 13:12:16 (37 Lecturas)

EN EL DESOLADO PANORAMA CULTURAL DE UNA POSGUERRA QUE NUNCA TERMINÓ, EN PLENA PENURIA DE TODO ELEMENTAL DERECHO, SE HIZO PRESENTE UNA PUBLICACIÓN SEMANAL DE COMICS QUE ALIMENTARA LA HAMBRUNA IMPERANTE, EN TODAS SUS VERSIONES, CON LAS HAZAÑAS DE UN INTRÉPIDO AVENTURERO...

En enero de 1941, en plena posguerra y como producto cultural de la misma, cuando la comida y libertad competían por el último puesto, vio la poca luz que acompañaba una publicación semanal de historietas (tebeos, comics) sobre las andanzas de un justiciero, caballero español de la época que, acompañado de un adolescente de pantalón corto y calcetines altos y que, como su jefe, todo lo resolvía a base de "jarabe de palos". La longeva serie duró casi los mismos años que la dictadura que le dio combustible y tenía un título genérico de lo más sugerente para el escenario histórico donde se desarrollaba: Roberto Alcázar y Pedrín.
El tebeo era más tóxico que el rejalgar y su lenguaje no iba mucho más allá de la pura onomatopeya "bang", "cras", "pun" con una considerable influencia en las buenas costumbres por lo que no parece casualidad que en la mili, muchos oficiales de carrera (militar, por supuesto) decían continuamente aquello tan piadoso de "ostras Pedrín". Roberto Alcázar (Primo de Rivera) fue en principio un periodista justiciero que, como es lógico, acabó teniendo acomodo en aquella cosa tan rancia de la Interpol, cuando la CIA y el FBI no se nos habían colado hasta el corral; pero siempre persiguiendo a malos muy malvados y protegiendo a los buenos que no habían roto un plato en su vida. Era como Rambo sin charrasca, en traje de Bogart y peinado como el fundador de la Falange; sobre todo, con un código muy particular para meterse en charcos ajenos.
No es descartable la posibilidad de que el muy Ilmo. Sr. Presidente de la Diputación Provincial de Badajoz tuviera en su juventud a esta publicación como fuente donde bebiera las enseñanzas y modelos que tanto le han servido en su meteórica carrera política dada su conocida inclinación a meterse en berengenales a los que no ha sido invitado, que no son de su competencia política y de los que hace la interpretación que más le conviene en rentabilidad política.
Últimamente se ha convertido en adalid del cumplimiento de la ley de memoria histórica (LRMH). Y por mor de su unidimensional partidismo y, evidentemente, sin una idea clara de la seriedad del asunto, lo primero que se ha propuesto es sembrar la discordia entre las distintas posiciones que hay sobre el desarrollo de la ley, con actos, apoyos y exclusiones que con su hisopo sacramental va repartiendo allá por donde le llevan; la última muestra de ello quedó evidenciada el día anterior a la marcha anual desde el centro de Castuera hasta el sitio donde se ubicó el tristemente famoso campo de concentración.
Como presidente de la Diputación de Badajoz y, como suele ser habitual en sus comportamientos, confundiendo competencias, ha vuelto a erigirse en abogado, juez y fiscal de una ley que se han adjudicado los mismos que le negaron los recursos necesarios para su cumplimiento efectivo. Una ley en la que no tuvieron que poner una sola coma porque ya se la regaló, rigurosamente elaborada un tal Gaspar Llamazares. Una ley que el Sr. Rodríguez convirtió en un huevo sin sal con la pretensión de que molestase lo menos posible.
Es absolutamente impresentable que, a estas alturas, el alcalde de una localidad con nombre de reminiscencias de la dictadura diga públicamente que esa ley no hay que cumplirla y no haya una actuación inmediata por parte del poder judicial. Como es impresentable que el mismo (u otro) no cumplan con lo exigido sobre muchas referencias aún visibles a aquel ominoso periodo histórico sin que le caiga de forma automática todo el peso de la ley.
Y como resulta intolerable semejante estado de cosas, hete aquí que aparece el Roberto Alcázar (Primo de Rivera) de la Serena se pone a restablecer la justicia a su modo, como lo hacían los puños inmaculados de aquel supuesto agente de la Interpol.
Fiel a su estilo, débil con los fuertes, fuerte con los débiles, utiliza su cargo y su poder político no para llevar al juzgado y castigar a los verdaderamente culpables, los alcaldes franquistas, sino a los ciudadanos de esos pueblos, muchos de los cuales (622 en Guadiana, por ejemplo) votaron a su partido. Pretende negar subvenciones de "su" Diputación para esos municipios como si eso no fuera un derecho y sí un premio o castigo discrecional. Como en los casos de bloqueos y embargos que practican las grandes potencias a países como Cuba, Irán o Venezuela el efecto de tan miserables medidas (como las de Gallardo) elude a los supuestos culpables y cae directamente sobre los ciudadanos de a pié que se quedarán sin algunos servicios por votar "inadecuadamente"; como con todas las ocurrencias de este personaje político podríamos llegar al absurdo de que un pueblo con nombre impresentable tuviera dinero de sobra, tanto como para "pasar" de las subvenciones permitiéndose el lujo de mantener un nombre ilegal comprado en esa tesitura. Pero mucho más impresentable es que este político intente engañar con sus verdaderos objetivos, siempre camuflados tras sus melifluas manifestaciones. Como el imperio hace en Cuba, por ejemplo, Gallargo pretende culpabilizar a los ciudadanos por votar a un partido político distinto del suyo; esa es la brutal realidad, y sus supuestas heroicidades, su papelón de vigía de occidente, de lucecita de El Pardo, son forraje para el rebaño.
Pero ya puestos, no debiera ser preciso recordar a Gallardo que el nombre del campo de fútbol municipal de la ciudad, de su propia ciudad, no es precisamente el de un defensor de la legalidad en 1936 o de alguien que luchó contra la dictadura o de un anónimo demócrata villanovense; como lo fueron, si es que la cosa tiene que ir de alcaldes, el republicano de izquierdas Rafael García Calderón o el socialista Joaquín Hidalgo Santos, ¿o sí?; pues pudiera ser, conocidos los particularísimos esquemas conceptuales de este político que tanto gusta de ir haciendo ruido con el martillo en el yunque pero sin dar un solo golpe asentado en la cabeza del clavo.

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