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Editoriales, Carlos Lamas : EDITORIAL. DÍA DE AUSENCIAS
el 19/5/2017 9:57:45 (936 Lecturas)

LA DOCTORA SE FUE. SÍ, SE LARGÓ DE MI LADO. AL IRSE ME DIJO AL FINAL QUE MIS MALES NO TIENEN REMEDIO, O QUE YO MISMO NO LO TENGO, O ALGO MÁS O MENOS ASÍ; Y DIJO ALGO incluso DESPUÉS, QUE NO LLEGUÉ A ENTENDER PORQUE TENÍA LA BOCA LLENA; ELLA; NO SÉ QUÉ ESTABA COMIENDO; UNA CAMPURRIANA, CREO RECORDAR. Y SALUDÓ Y SE FUE. COMO HUYENDO. DE MÍ Y DE MIS CIRCUNSTANCIAS. CON LO PUESTO SE FUE. BUENO, NO, CON LO PUESTO NO. SE PUSO ALGO Y SE FUE. CANSADA DE MIS REFLEXIONES, ME DIJO, DE MIS DUDAS Y MIS CERTEZAS; DE MIS SENTENCIAS Y DE LAS AUSENCIAS; CREO QUE DE TODO ESO, ME PARECE, PORQUE ANDABA YO UN POCO ESPESO Y NO TENGO MUY CLARO EL MOMENTO EXACTO, AUNQUE HABÍA CLARIDAD, SÍ. AL PARECER SE FUE HARTA, NO TANTO DE MIS DESCUIDOS O MIS ARREBATOS, PERO SÍ DE MI DESGANA, A VECES; Y OTRAS DE MIS ÍMPETUS E ILUSIONES O ALGARABÍAS. SE FUE YÉNDOSE. TAMBIÉN UN POCO CANSADA DE QUE LA UTILIZARA PARA ESCRIBIR EN LOS PAPELES MIS PENAS Y ALEGRÍAS. COMO QUE NO QUERÍA ESTAR SIEMPRE TAN PRESENTE. SE FUE COMO APARTÁNDOSE, COMO HACIENDO HUECO; TAL COMO ESCONDIÉNDOSE, COMO DICIÉNDOME NO ESTOY; YA FUÍ, YA PASÉ Y TAL. Y ME ESTOY EMPEZANDO A PREOCUPAR, TEMIENDO LO PEOR, PORQUE DE ESTO HAN PASADO YA CASI CUATRO LARGAS HORAS...


Ahí sonó la puerta. Es ella. Viene por el pasillo, entra en la cocina y como si nada va sacando de una bolsa cosas que ha comprado en el súper y las va poniendo en los estantes de la alacena. Ahora me mira y se sonríe; menea la cabeza de izquierda a derecha y sigue a lo suyo. Ya está, ahora puedo seguir escribiendo...
Es el día de la madre, Doctora. Mañana, sí, ya lo sabía. No soy mucho de darle bola a estas cosas de los días internacionales del no sé qué, o nacionales o autonómicos o vecinales. Pero el día de la madre tiene esa cosa especial. No quiero ponerme o ponerla triste, ni que caiga sobre el teclado la nostalgia y la melancolía a chorros y lo empape todo, cargando las tintas. No quiero; pero tal vez lo haga.
El gran -y añorado- Facundo Cabral decía de su madre que nunca pudo instruirse mucho, porque cuando estaba por aprender algo llegaba la felicidad y la distraía. Quizás esa sea la mayor demostración de inteligencia, del saber vivir.
Nuestras madres, mi madre, jamás tuvieron tiempo de aprender las cosas que enseñan en la escuela, porque apenas podían darse esos lujos. Había que ayudar en la casa con los trabajos de cada día, con sus labores, de niñas mujercitas; casi sin pasar por la adolescencia, iban de la niñez con ningún juguete, a la pubertad sin explicaciones. Y casi todo eran obligaciones. Y luego el hombre, el hombre único y para siempre, como debía de ser. Y más tarde, pero no mucho más tarde, los hijos, y nuevos deberes y faenas y más sacrificios.
Esa era la vida. Mi madre trabajaba en casa para todos y trabajaba fuera; no dejaba de trabajar y nunca para ella, sino para los demás. El cariño lo demostraba trabajando, haciendo todo lo que esperábamos que hiciera por nosotros. Cada comida, cada café con leche con pan y manteca. Cada camisa bien lavada y planchada. Muchas veces me sentaba a su lado viéndola planchar la ropa. Tengo en mi nariz aquel viejo aroma de la plancha caliente sobre el paño húmedo sobre el pantalón sobre la tabla, en la cocina. Estaba así la tarde contemplando la ceremonia del planchado. Y luego ayudándola a estirar y doblar las sábanas que iba en seguida a planchar, del derecho y del revés. Una extraña paz me envolvía. Una sensación de estar a su cobijo y que el tiempo pasara, lento, sin que nada malo pudiera pasar.
Llevarme al colegio, el primer curso, no sabía yo por qué, era para ella una especie de recreo. Me dejaba en la puerta y me daba cuatro o cinco besos, pero luego de dar dos pasos volvía a ella para que me diera otro par más, al menos. A poco de esto, a muy poco, despegándome como nos despegamos los que nos creemos muy machitos, le dije que quería ir solo, caminando los quinientos metros que separaban mi casa de la escuela independizándome de su cariño y sus mimos. Y sé que sufrió, pero me dejó hacerlo.
No fui un buen hijo. Fui un adolescente rebelde y contestatario; pero eso, dicen, se cura con los años; aunque no fue mi caso. Hice mil travesuras y las seguí haciendo de hombretón. Y supo ser severa, pero siempre paciente y cariñosa.
Traté de compensar sus sacrificios pero nunca hice lo suficiente, más bien al contrario. La vida nos lleva por caminos raros. Hice lo que creí que quería hacer, equivocándome las más de la veces y castigando su devoción y sus empeños; frustrando sus buenos deseos. Le hice mal, le hice daño.
Hace año y medio que se fue mi viejita, y todo lo malo que fui hoy me pesa. No estuve cuando debí estar, pero ella jamás me lo reprochó. Ya es tarde, demasiado tarde para lágrimas. Me queda, eso sí, el tibio recuerdo de mi querida mama. Y de sus besos, y del pan con mantequilla, y de su sonrisa y el murmullo del tiempo al pasar, mientras la miraba planchar la ropa. A pesar de haber sido lo que fui, a pesar de todo, aun tengo esa suerte.
Déjenme, por favor, cerrando los ojos, besar a mi viejita querida, como ayer, como siempre. Gracias mama.

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