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Antonio Mª Flórez Rodríguez : GENIO Y FIGURA. LOS TRAJANO Artistas singulares
el 11/12/2012 11:27:28 (16607 Lecturas)

Llegan los Trajano a Don Benito a mediados de los 20, no se sabe bien por qué, aunque se presume que tiene que ver con la expansión de los negocios fotográficos a los que ellos se dedicaban. Estaba en plena efervescencia la dictadura de Primo. España se agitaba social y políticamente y Europa recomponía su puzzle de piezas rotas derivadas de la 1ª Guerra Mundial, en tanto los fascistas ganaban presencia en algunos países

Es aquella una época de transición en la que van surgiendo nuevos valores y enfoques en la cultura mundial, destacándose la irrupción del surrealismo y otros movimientos vanguardistas, contraponiéndose a los regionalismos en boga, reivindicadores de lo autóctono, de lo nacional. Extremadura, latifundista y atolondrada, paquidérmica y atrasada, busca su espacio en el mundo y la contemporaneidad, sin arriesgar en demasía. Don Benito, remansada en el tiempo, se jacta de sus glorias pasadas y se entretiene con las riñas de gallos, el fútbol y los toros, que ya no se lidian en su coso de madera incinerado a mediados de la década pasada; y los más pudientes se entretienen en el Salón Moderno y veraneando en La Concha de San Sebastián.
Los Trajano vienen de Mérida, de ahí el apelativo, pero se apellidaban Rodríguez Simoens. Llegó primero Alfonso y tras él se vino Manuel. Aurelia y Francisca, las otras dos hermanas, se instalaron más tarde en Madrid. María, la madre, era hija de portugués, de la regia Coimbra él. Manuel, el padre, gustaba de la caza y tuvo varios oficios. Se sabe que fue proveedor de la Casa Real en los tiempos de Alfonso XIII, por Carta que conserva una nieta suya residente en la gala Versalles. Algunos lo relacionan con el famoso "Lupus" emeritense, experto en podencos y autor del tratado sobre La destrucción de los animales dañinos, pero este extremo aún no se ha podido confirmar.
Alfonso tenía ya mucho mundo recorrido cuando recaló por Don Benito. La leyenda afirma que salió pronto de su casa, que fue motorista, torerillo, actor -Antonio Juez dixit- y que incluso vivió en Nueva York, tal vez por los lados del Little Spain, la famosa 14 colindante con el West Village. Expuso con éxito allí, años antes de que García Lorca la habitara y cantara con surreal maestría. Lo documentado es que vivió en Madrid en el Paseo de Ronda, que frecuentó los círculos intelectuales de la Villa y Corte, que estuvo afiliado a la Asociación de Pintores y Escultores, que hizo ilustraciones para La Esfera, que expuso en los Salones de Humoristas de José Francés y en el Primer Salón de Otoño de Madrid en 1920, al lado de figuras emergentes como Rafael Alberti, Benjamín Palencia, Vázquez Díaz, Julio González, Solana o Benlliure. Por aquella época, también, pese a su juventud, se vuelve un habitual en las principales muestras artísticas regionales de Extremadura, al lado de Hermoso, Covarsí, Caldera, Antolín, Pérez Comendador, Torre Isunza, Pérez Rubio y Ortega Muñoz, entre otros. Sus dibujos y acuarelas son adjetivados positivamente.
Se sabe que el padrino de bautizo de Manuel de la Asunción fue su hermano Alfonso, diez años mayor, y que aquél vivía muy atento a las andanzas de éste. Instalado el andariego en la calle Esterilla de Don Benito, el más joven le sigue. El mayor se enamora de una Hidalgo-Barquero y el menor de una Cidoncha. Los prolegómenos de la boda del primero son toda una novela y los del segundo no menos. Alfonso afianza su carrera artística participando en el Salón Nacional de Bellas Artes en Madrid y en el Salón de Artistas Extremeños de Sevilla y recibe el encargo, al igual que Garrorena, Olivenza, Vadillo y Martín Gil, de realizar una serie de fotos en algunas localidades de la región para ser mostradas en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, con el ánimo de ensalzar lo más atractivo y auténtico de la tierra. En esta tarea le colabora su hermano, y ambos recorren Alange, Guareña, Don Benito, Villanueva, Magacela y Campanario retratando paisajes, personas y monumentos. Las instantáneas se destacan por su exquisito sentido compositivo y sensibilidad.
En los años treinta, el mayor se instala en Villanueva y el menor sigue en Don Benito, cada uno con su respectivo estudio fotográfico. Ambos se llenan de hijos. Alfonso sigue pintando y perfecciona la técnica del retoque fotográfico y, además, se vuelve empresario construyendo el cine Trajano en la calle Carrera, dotado de un proyector sonoro Súper Fosko que se inaugura en la feria serona de febrero de 1933. Manuel se convierte en un agudo retratista de estudio, explota su vena artística tocando el violín, pintando y siendo fiel a su vocación bohemia; dicen que sus placas tomadas a José Antonio Primo de Rivera, a quien hizo un extenso seguimiento reporteril, son de valía histórica.
Y llegó fatalmente la Guerra del 36. Alfonso perdió sus propiedades y buena parte de su obra en un bombardeo al inicio del conflicto con lo que tuvo que trasladarse con su familia a Don Benito. En julio del 38 fue apresado y muerto en oscuras circunstancias. Manuel también padeció con su familia y sufrió persecuciones y encierro que gracias a su carácter festivo y jacarandoso supo sobrellevar. En los años del hambre Carola y Filomena, la viuda del uno y la esposa del otro, terminaron de criar con dignidad a sus extensas proles. Manuel siguió dedicado a la fotografía en su estudio-casa de la calle Villanueva y en el 63 se trasladó a vivir a Madrid con su familia hasta su muerte un par de décadas después.
Ambos dejaron honda huella en la comarca por su especial talante y sus dotes artísticas innegables e inyectaron en las venas de sus descendientes el amor por la cultura. Músicos, pintores, fotógrafos y escritores, han surgido de esta saga familiar dando cuenta de un hecho por demás sugerente y llamativo: la sangre de los Trajano está contaminada de arte. ¡Qué singular!


(Nota: La pintora Ángeles Trajano, hija y sobrina de Manolo y Alfonso, expone su más reciente obra, hasta el 28 de diciembre, en la Casa de la Cultura de Don Benito)

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