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Guadalupe Mancha Trigueros : LA MORACANTANA. VELADA DE DRAGONES Y MONSTRUOS
el 18/9/2012 12:24:01 (1384 Lecturas)

Parece que ésa iba a ser una de esas noches en las que no podía pegar ojo. Las detestaba. Estaba acostada, pero se levantó porque no podía aguantar dar más vueltas hacia izquierda y derecha sin conciliar el sueño y dando vueltas a las mismas cosas, para siempre llegar a la misma conclusión. Así que se levantó. Estaba claro que cada persona tenía su propio destino, y el suyo estaba cantado que iba a ser el de espectadora de la felicidad ajena. Muy raro, y no tan absurdo, aunque esa noche, no era igual que todas...

Otras, aguantaba acostada hasta que se obraba el milagro de entregarse a Morfeo. En cambio ésta no pintaba de igual forma. Hacía mucho calor. Era ese mismo calor de allí, de aquellas largas temporadas estivales que pasó descuidada del mundo cuando era niña, en Brasilia con su abuela. Ese calor tan pegajoso y molesto que no se quitaba ni aun dándote un baño. Su abuela, viuda de un distinguido diplomático italiano, vivía a las afueras de la capital brasileña en una inmensa casa de aires palaciegos con piscina de agua de mar, y un gran jardín que la rodeaba por el que Gabriela solía, en tales noches, recorrer con despaciosidad contando estrellas tras darse un chapuzón. Un jardín que era un vergel en toda regla con frondosos árboles y bonitas flores que por las noches lo embriagaban todo con empalagosas y exóticas fragancias. Al menos aquellas eran noches de silencio sólo interrumpido de forma intermitente por el sonido de los grillos y de sus pasos al pisar algunas ramitas que se iban desprendiendo de los árboles.
Pero esos días con la abuela en Brasil quedaban ya muy lejos y en noches como estas, Gabriela sólo evocaba fantasmas. No eran fantasmas comunes los suyos, de los de sábanas blancas que volasen por la habitación, ni de los que arrastraban cadenas, condenados a vagar errantes entre dos mundos, no. Ni mucho menos. Los suyos eran espectros que se apoderaban de su mente hasta asediarla tratando de gobernarla mediante un golpe de estado.
Despierta y decidida a una noche más en vela de dragones y monstruos, se fue al salón, sin encender luz alguna. Descalza y a tientas; como su vida. Antes de llegar a la estancia, a oscuras total y con la soltura de un ciego que se conoce de memoria el lugar que recorre, cogió una copa del mueble-bar y la botella fría de Martini que guardaba siempre en el frigorífico y se lo llevó todo al salón. Descorrió las pesadas cortinas de terciopelo rojo y levantó persianas. Se quedó quieta, de pie con la copa en una mano y la botella en la otra, algo petrificada en una mirada introspectiva por toda su vida. Por las ventanas no entraba ni pizca de fresco. Mediados de agosto, Verbena de la Paloma.
“Qué fiestas tan bonitas se hacen en esta época en la mayoría de los sitios de este país”, pensó, y entró en una espiral, ensimismada en una retahíla de imágenes y pensamientos inconexos que se sucedían como destellos llegando incluso a deslumbrarla y hacer que se tambalease sobre sus propios pies.
Es de noche en Madrid. La gente normal estará durmiendo para ir mañana a sus quehaceres. Se despertarán temprano, se ducharán, se enfundarán en sus trajes y perfumes mientras se toman un café rápido para más tarde desayunar en el trabajo si les da tiempo, en una jornada de 9 horas que se harán, según el ánimo, interminables. Irán en coche unos, en tren o metro otros, los menos y más privilegiados, caminando. Pero ahora todavía es de noche. “El cielo está completamente despejado y apenas puedo vislumbrar unas cuantas estrellas porque la luz que irradian los luminosos de los edificios de esta gran ciudad así me lo impiden. De nuevo a solas tú y yo con un poco de Martini y sólo una copa para dos. Y sigo sin reaccionar. Dejarse llevar suena demasiado bien y mis oídos están deleitados con el murmullo lejano que llega de la calle. La ciudad no duerme del todo, le pasará como a mí, que tal vez está desvelada y se ha tomado un momento para pensar, una pausa para coger de nuevo el pulso. Doy un sorbo largo a la copa y la apuro de otro. No, no tengo ganas de más de lo mismo. Creo que acabo de soltar el timón y navego sin rumbo. Mis fuerzas están extenuadas, y yo caigo y soy abismo. Debe haber más de una entrada al Universo… Y no me explico qué ha desencadenado tal pensamiento…, pero siento ahora que esta ya no es mi casa y que, este mundo tampoco es mi hogar. Debe haber otra entrada al universo…”

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