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Alfonso Calvo Tapia : Especial Santiago y Santa Ana 2012. Soy funcionario ¿pasa algo?
el 24/7/2012 13:23:24 (1654 Lecturas)

Hace tiempo que vengo barruntando un desahogo en estas páginas acerca de los funcionarios; un colectivo, como saben, al que pertenezco y del que además me siento muy orgulloso y al que no voy a dejar de defender, le pese a quien le pese


Aprovechando la oportunidad que me ofrece nuestro director de colaborar en este ‘especial’, considero que ha llegado el momento para compartir con ustedes la indignación y la impotencia que uno siente al verse atracado día tras día, sabiendo además que los ladrones en vez de compartir prisión se regodean en su poltrona buscando nuevos atajos con el que seguir llenando sus bolsillos.
Como saben, en la pasada década, en la del pelotazo, cuando media España se lo llevaba calientito a casa, cuando un encofrador se embolsaba tres mil euros, cuando hasta el último paleta montaba una constructora y en connivencia con un par de concejales se forraba sin cuento, cuando un aprendiz que no sabía levantar ni tres ladrillos se paseaba en Audi, los funcionarios aguantaban y penaban. Nadie se acordaba de ellos. Eran los parias, los que hacían números para cuadrar su hipoteca, hacer la compra en el Carrefour y llegar a fin de mes, porque un nutrido grupo de compatriotas se estaba haciendo de oro inflando el globo de la economía hasta llegar a lo que hemos llegado.
Y ahora que el asunto explota y se viene abajo, la culpa del desmadre, por supuesto, es -de eso no hay duda- de los funcionarios. Los alcaldes, diputados y senadores que desgobiernan la cosa pública a cambio de una buena morterada no son responsables de nada y nos apuntan directamente a nosotros: somos demasiados, hay que ultracongelarnos, somos poco productivos. Los responsables bancarios que prestaron dinero a quienes sabían que no podrían devolverlo tampoco se dan por aludidos. Todos los intermediarios inmobiliarios, especuladores, amigos de alcalde, diputados provinciales, asesores y compañeros mártires no tenían noticia del asunto. Nosotros sí.
La culpa, según estos preclaros adalides de la estupidez, es del juez, abogado del estado, bombero, médico, policía o inspector de Hacienda, administrador civil del estado, con menos vida social que una rata de laboratorio para preparar unas oposiciones monstruosas y de resultado siempre incierto, precedidas, como no podía ser de otra forma, de otros cinco arduos años de carrera.
La culpa es del profesor que ha sorteado destinos en pueblos que no aparecen ni en el mapa para meter en vereda a benjamines que hacen lo que les sale de los de ahí porque sus progenitores se estaban fundiendo el dinero que les salía por las orejas. La culpa es del auxiliar administrativo perteneciente a la administración del Estado, natural de Écija y destinado en Barcelona, que con un sueldo de 1000 euros, pagando un alquiler mensual de 700, tiene que soportar estoicamente que un taxista que ganaba 3000 le dijera: - Joder, qué suerte, funcionario.
A poco que nos descuidemos, los funcionarios seremos el chivo expiatorio, sino lo somos ya, de toda una caterva de inútiles, vividores, mangantes, políticos semianalfabetos, altos cargos de nombramiento digital, truhanes, pícaros y economistas de a verlas venir que sabían perfectamente que el asunto tarde o temprano tenía que petar, pero que aprovecharon a fondo el momento al grito de ¡mientras dure dura!, y que ahora, con esa autoridad que da tener un rostro a prueba de bomba, se pasan al otro lado del río y no sólo tienen recetas para arreglar lo que ellos mismos ayudaron a estropear, sino que, además, han llegado a la conclusión de que los culpables son los funcionarios.
Soy funcionario de carrera por OPOSICION, ganada compitiendo en buena lid contra otros candidatos. ¿Y saben qué? No me avergüenzo de nada. No debo nada a nadie (sólo a mi familia, maestros y profesores). No tengo que pedir perdón. No me tocó la lotería. No gané el premio gordo en una tómbola. No me expropiaron una finca. No me nombraron alto cargo, director provincial ni vocal asesor por agitar un carnet político que nunca he tenido. Aprobé con un examen ORAL frente a un tribunal formado por ceñudos señores. En buena lid, si, sin concejal proclive, pariente político, mano protectora ni favor de amigo. Después de muchas noches de desvelos, angustias y desvaríos y con la sola e inestimable compañía de mis santos cojones. Como tantos y tantos compañeros anónimos repartidos por toda España a los que ahora algunos mediocres quieren convertir, por arte de birli-birloque, en culpables de la crisis.
¿Saben qué? que me siento muy orgulloso de ser funcionario y al que le moleste ya sabe, ajo y agua.

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