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Guillermo Paniagua : CRÓNICA DE... CASTUERA: CLAUSURA DE LAS JORNADAS SOBRE MIGUEL HERNÁNDEZ
el 9/11/2010 10:50:00 (1978 Lecturas)

En la Serena, cuando la diosa Aurora se levanta para bendecir la alborada, se muestra generosa y grandiosa con sus hijos. Sabe que el despertar es ilusión. Acostumbrada está La Aurora a amar, a despertar y a mimar a quien la acompaña

A La Serena, acostumbrada a sentir sed, la Aurora riega con sus pechos la esencia que necesita para vivir, y no es sólo pan lo que necesita el hombre, también conocimiento y cultura. A lo largo de mi vida, he visitado muchos lugares de La Serena, con mis amigos, movido por inquietudes culturales. He visitado Villanueva de la Serena, Cabeza del Buey, Magacela, Zalamea y Valle de la Serena, Campanario, La Coronada, etc., y siempre he apreciado generosidad y grandiosidad en sus herederos. Hace unos días, todo esto me ha sido regalado, junto con unos amigos, en Castuera, con motivo del año Hernandiano, dedicado al Centenario del nacimiento de Miguel Hernández.
Castuera para mí significa mucho y todo: mi infancia, mi niñez, mi juventud, mis amoríos, mis padres y hermanas, mi esposa, mis maestros y profesores, mis diversiones... y la gente del pueblo. Yo para Castuera soy: Guillermito, Guille, Guillermo y don Guillermo, dependiendo de aquel que me conoció en cada etapa de mi vida, y siempre, todo estos apelativos, se abrazan entre sí para mostrarme su cariño y respeto, aunque no lo merezca.
Este año, con motivo del ya mencionado año Hernandiano, la generosidad de Castuera hacia mí ha venido de su Alcalde, don Francisco Martos, y de la Concejala de Cultura, doña Piedad Roso. Castuera, a través de sus representantes, me ofrecieron un sencillo homenaje, como escritor. Pero esta generosidad la compartimos varios escritores locales. Fue para mí una noche grande, pues tuve la oportunidad de estar con mis amigos y compañeros de juventud. Abracé a Domingo Martín de la Vega, un lujo de sencillez para España, Jorge Soubrier, supe de Dionisio Mendoza, un activista de los años 68, saludé a Víctor Mendoza, entre otros. Abracé a otros escritores de Castuera, también homenajeados, y, sobre todo, convivimos. Aquella noche, 29 de octubre de 2010, fue una excelente noche para mí. No solamente disfruté de este homenaje compartido, sino también, como he dicho antes, abracé a mis amigos y me sentí querido por ellos, y por Paqui. Recibí el parabién de las manos de doña Manuela Holgado, Consejera de Cultura de la Junta de Extremadura, y el abrazo de mi buen amigo, don Francisco Martos, Alcalde de Castuera, que en todo momento me asistió, cuando tuve que moverme o comunicarme.
Sinceramente tengo que dar las gracias al pueblo de Castuera, aunque, quienes me conocen, saben que siempre lo llevo en mi recuerdo. Doy también las gracias a los representantes de la Corporación Municipal (me apena que los concejales del PP no estuvieran en el acto, no así Baldomero, concejal de IU) por la velada que nos regaló.
Tuvimos la oportunidad de estar en la presentación del libro "Escarcha y Fuego", dedicado a glosar la figura de Miguel Hernández, editado por la Diputación de Badajoz. El libro está escrito por diversos autores extremeños, como Santiago Castelo, Zambrano, Justo Vila, Irene Sánchez, Efi Cubero, etc., y la introducción y coordinación fue obra de Manuel Simón Viola, que presentó el libro, junto con el alcalde, Irene Sánchez e Inmaculada Bonilla.
En un acto como este, no pudo faltar la música. Fue ofrecido un concierto, a cargo de la Banda Municipal de la Escuela de Música de Castuera. En él tuvo lugar el estreno mundial de la obra musical "Un deber de amor" (una suite), de Vicente Ortiz Gimeno, natural de Castellón. Esta obra fue ganadora en el concurso nacional de composición sinfónica, convocado por el Ayuntamiento de Castuera, en el mes de abril de este año, como homenaje al poeta. Me sorprendió la Banda Municipal y su director por el buen hacer y profesionalidad.
Si hermoso fue el desarrollo del acto cultural, no menos fue el vino de honor que, junto al exquisito sabor de los quesos de la Serena y sus embutidos, sin estar enfadado con el jamón, supieron satisfacer los deseos gastronómicos. Aquí tuve la oportunidad de charlar con los amigos y amigas de mi juventud que, aunque algunos bastante cambiados en la fisonomía, el carácter se ha mantenido. Parecía que seguíamos siendo aquellos niños traviesos y juguetones que íbamos juntos a la escuela, con nuestro brasero, o al colegio, o que subíamos a la Sierra de las Pozatas a buscar espárragos o a buscar fósiles, o que paseábamos, los días de invierno, por el Pozo Nuevo. Los años pueden pesarnos, pero la alegría de los amigos, no.

Don Benito, 04 de noviembre de 2010

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