Anoche estábamos cenando y porfiaba yo con mi mujer, si esto o aquello. Mi mujer es muy porfiona, llega incluso a decir: es la derecha, aunque vayamos por la izquierda
Me enerva y tengo que ceder, pero anoche se da la casualidad de que porfiaba de los años que tenía mi madre cuando falleció. ¡Si lo sabré yo!
Entonces yo alcé el cuchillo. Y gritó asomándose a la ventana: ¡Socorro, socorro! Y la que se lió. Toda la vecindad. Unos llamaron a los bomberos, otros a la policía, e incluso a la Benemérita. Me esposaron y me sacaron de casa y yo agachao y avergonzao. Impotente y llorando.
Sólo decía: No iba a hacerla nada, sólo le quería decir que afilara el cuchillo. Precisamente estaba cortando un filete y se resistía y pensé, será el cuchillo. Y lo alcé... y como estábamos encandilados en un zafarrancho dialéctico, derivó en acoso y amenazas, según ella. Declaré, juré y prometí, y menos mal que el señor Juez era del barrio y nos conocía.
Cuando volví a casa mi mujer me dijo: Te perdono, pero que sea la última vez. ¡Vamos que ni en broma me levantes el cuchillo! Y te digo una cosa, las mujeres estamos muy bien miradas por la justicia. Y ya sabes...
***
EL HOMBRE A QUIEN
BESABAN LOS CABALLOS
Siempre que llegaba a la pradera salían los caballos a su encuentro. Relinchaban y trotaban. Hacían cabriolas y danzaban de puro gozo. El los obsequiaba con terroncillos de azúcar.
Danzarines le hacían coro.
Bajaba del coche un poco de alfalfa y les dejaba pienso en la pila de piedra, justo al lado del riachuelo. Se iba y los caballos le seguían hasta el camino, hasta que él cerraba la cancela de maderas rotas por el ahínco arremetido de las herraduras.
Al fin los regañaba y se volvían.
Pero aquella tarde de algo se olvidaba el dueño. Detuvo el coche y se acordó. Abrió la puerta y entró, y al instante le hicieron corro los caballos, y le besaban en la cabeza, en la nariz, en el oído. El alzaba las manos y decía: Dejadme ya que me vais a lavar y hace frío.
Este hombre se hizo mayor, pero aún se dedicaba a visitarlos.
Falleció y la noche del velatorio allí fueron los caballos, y se quedaron quietos y solemnes ante la puerta. La tarde del entierro formaron parte del sepelio y al llegar al cementerio su yegua más querida se aproximó al féretro y los dolientes le hicieron hueco.
Se alzó de patas, relinchó fuerte y dejó caer sus patas en el féretro. Las herraduras escarbaron en la caja y entonces la viuda dijo: Por favor, abrid la caja. Todos pasaron, yeguas, caballos y potritos y lo besaron...