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Manuel García Centeno : Café express, ‘Yo no maté’ y ‘Yo sí maté’ (Cuentos)
el 9/3/2010 12:44:59 (31 Lecturas)

A mi marido señor abogado, y no lo asesiné. Yo no. El tomaba pastillas para dormir y me decía: dame algunas más y estoy más tiempo dormido. Verá usted, el quería vivir, pero dormido

Aquella noche nevaba y se quejaba de frío. Hacía frío pero el se quería dormir y no pasar frío. Yo le dí las pastillas que él me pidió, ¿qué cuántas? Aquella noche diez, pero, mire usted, yo no sabía que se las iba a tomar juntas. De modo que fue así: le hice caso. Pero yo no sabía que se iba a morir. Pensé: a lo mejor se queda diez días dormido. Vago no era, es que no quería trabajar. Era algo perezoso. Que le gustaba la cama. Él me pedía las pastillas. A lo mejor él quería hacer un suicidio, por ejemplo. Vaya diferencia, una cosa es una cosa y otra es otra ¿sabe usted? Le vuelvo a repetir lo mismo. El me pedía las pastillas; yo se las daba y punto. Y no maree usted más la perdiz, Yo se las daba porque él me las pedía. Ni pongo ni quito rey. ¿Yo cómplice? ¿Qué cómplice?.

Que quería café, pues café. Me pedía ron con limón, pues ahí va: ron. Eso de la coca, yo no lo sé ni lo he visto. Vamos, un día lo ví pero creía que eran polvos de talco, que tendría irritada sus partes, pensé yo. El se murió a su agrado. Yo no le vi morirse. Estaba frío, eso sí. Frío, frío, frío. Vamos, helado. ¿Sabe lo que le digo?.
***
Acabo de matar a mi mujer. La he asesinado por serme fiel. Yo tenía mucho sentimiento de culpa y mira que se lo advertí: me tienes que engañar, por lo menos una vez. Yo no podía llevar solo ese pecado, aunque me confesaba cada semana, pero no se me quitaba.
Se lo ponía a pedir de boca; cada sábado por la noche convidaba a cenar a algún amigo íntimo y ‘toma ahí lo tienes’. ¡Qué va!.
Ya estaba hartito, con ninguno cuajaba y además me decía: ‘no sé por qué, cariño, pero cada día te amo con más intensidad’.
Aquello me dolió mucho, lo de la intensidad; lo veía yo como el infinito. Inalcanzable. Busqué y pagué a un actor secundario y tuvo que desistir, y me lo advirtió: ‘sería más fácil que tú y yo fuéramos a la cama’. Me gasté un dineral en psiquiatras y no conseguí nada. Ya en los últimos límites de mi desesperación le dije: al menos un abrazo, un beso si me apuras. ¿Haz algo por Dios!
Intenté averiguar el por qué de que no le causaran enojo mis engaños sexuales, y callaba. A lo máximo que llegó fue a encogerse de hombros, o sea: ‘no sé’. Estaba llegando al límite. Sentí inmensos deseos de acabar con ella. Y al fin me lo aclaró: ‘no me enojo porque te acuestes con mi hermana. Además es gemela y es para mí un espejo’. Aquí acabó y fue sencillo: la cambié por su hermana, la cual había emprendido (supuestamente), un largo viaje. Y no se ha enterado nadie. Sólo lo sabemos usted y yo señor comisario.

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