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Ricardo García Lozano : HISTORIA, HISTORIAS, LEYENDAS, Crónica de la España Musulmana (Abderraman II) (II)
el 16/2/2010 11:25:23 (1325 Lecturas)

El Califa de Bagdad Harum-al-Rashid (Califa que reinó
desde el año 786 al 809, famoso, a nivel popular, por ser el Califa que aparece en los cuentos de Las mil una noches), tenia en su corte un músico llamado Isaac Maucili...

Fuese porque el Califa estaba cansado de su estilo, o por pura curiosidad, le preguntó si tenía algún discípulo que pudiese ser de su agrado. Maucili le dijo que tenía un alumno llamado Ziryab, que gracias a sus lecciones podía algún día ser digno del Califa, aunque todavía tenía mucho que aprender de su maestro. El Califa de todas formas quiso conocerle y Maucili, aún a su pesar, tuvo que presentarle en la corte.
En presencia de Harum al Rashid y sabiendo que su maestro, al que conocía bien, habría tratado de adjudicarse todo el mérito de su talento, quiso dejar claro que si bien Maucili le había enseñado los rudimento del arte, su talento era propio. Rechazó por tanto el laúd del maestro que se le ofrecía, y dijo que tocaría con el suyo, que era diferente y construido según sus instrucciones. Cuando se le preguntó por tal actitud, dijo que el laúd del maestro iba bien para entonar las canciones compuestas por Maucili, pero sus composiciones eran tan nuevas que necesitaban un instrumento más completo. Comenzó pues Ziryab a cantar y cantó una oda compuesta en honor al Califa para la ocasión.

Era aquella una música que nunca antes se había oído, tan nueva, tan hermosa y compleja, y encantó al Califa de tal modo, que Maucili al ver su expresión, sintió una sensación de frío recorrerle la espalda; era una sensación mezcla de intensa admiración por la belleza de la música, y la terrible sensación que siente el mediocre, cuando se haya en presencia de la grandeza.
Naturalmente, el Califa quedó prendado del nuevo músico, le instó por tanto, a que le visitase con frecuencia y que cada nueva composición se la cantase. A Maucili le reprendió por haberle ocultado un artista de tanto talento y compositor tan original. Maucili que fue el primer y más hirientemente sorprendido, se disculpó como pudo y abandonó la audiencia con la sensación de que Ziryab se la había jugado, al ocultarle la amplitud y profundidad de su talento y conocimientos. Una vez en su casa, Maucili hizo llamar a Ziryab y le dijo sin preámbulo que estaba celoso de él, y que como no quería perder el favor del Califa, pues estaba seguro que él se convertiría en el nuevo favorito del sultán, le propuso o que bien se marchaba de Bagdad a un lugar donde no pudiese ser reclamado por el Califa, con una gran cantidad de oro que le daría, o que haría cuanto estuviese en su mano para darle muerte.
Ziryab era lo bastante inteligente y avisado, para saber, que los celos entre los artistas son aun más apasionados que los del amor, y que su maestro no hablaba en vano; cogió el oro y escribió al príncipe Haquen de España, ofreciéndole sus servicios. La respuesta de Haquen fue que sería bien recibido en su corte (era corriente que los que por cualquier razón se enemistasen con el Califa de Bagdad, fuesen bien recibidos en España, dada la enemistad que existía entre los Abásidas y los Omeyas). Cuando llegó Ziryab a Algeciras supo que Haquen había muerto y que el trono lo ocupaba ahora su hijo Abderraman II. Ziryab desilusionado estaba ya a punto de regresar a Bagdad, cuando un enviado del nuevo monarca le notificó que sería muy bien recibido en la nueva corte, y que le habían dado orden de comunicar a los Gobernadores, por dónde había de pasar para llegar a la capital, de que le tratasen con el máximo respeto, se cuidasen de su alojamiento y de que nada le faltase. Cuando por fin llegó a Córdoba, se le dio una casa inmensa amueblada con gusto y con varios servidores. Se le dijo que tendría tres días para descansar del viaje, y sólo entonces, se le llamaría a presencia del monarca.

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