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Tomás Chiscano : Como si fuera un artículo, SÓLO TE QUEDA LA DICHA)
el 13/10/2009 11:03:48 (1556 Lecturas)

(A MI QUERIDO AMIGO JESÚS ADAME GUISADO)

Me gustaría que este artículo, o lo que sea, lo leyeran algunas niñas, algunas ministras y, sobre todo, algunas mujeres de esas que luchan y se manifiestan a favor de los derechos humanos y de la vida.

Me gustaría que ésos y ésas que protestan cuando se mata a un pájaro, o se rompe un nido con huevos en proceso de incubación, o se corta una rama de un árbol para calentarse (porque cuando se corta una rama para que se convierta en vara de mando, se callan), también protestaran y se manifestaran cuando se arranca la vida de un feto, de un ser vivo que está en proceso evolutivo, en proceso de ser persona, en proceso de niño o niña, en proceso de vida y de ilusión. Me gustaría que lo leyeran, pero me parece que eso es algo impensado.

Y es que cuando todo está impensado, no se te ocurre otra solución que ponerte a escribir cosas como ésta: "Sales a la calle y corres el riesgo de encontrarte con lo que no esperabas: una cara conocida, la de un amigo que se presenta después de muchos años de ausencia, que te saluda cariñosamente. Y te paras con él y le haces mil preguntas: ¿dónde estás?, ¿con quién vives?, ¿qué fue de aquel sueño que soñaste tantas veces, bajo la sombra de una noche misteriosa que todo lo prometía?, ¿sales o entras…? No paras de hablar, mientras le miras a la cara, esa cara que tiene los surcos de los días y de las horas marcando el paso de los suspiros, de las ansias, de la fe en un futuro, de la alegría por ser y estar en el camino. .
Sigues andando y saludando a la gente. Notas como que hay un ambiente risueño y placentero. Te paras un momento en una esquina. Un remolino de ondas juguetonas te quiere mandar un aviso. En un principio, no le haces mucho caso; ¡hay tantas cosas en las que pensar! Pero ante la insistencia revoloteadora del aire, que se ha convertido en remorata, no tienes más remedio que pararte y atender. Abres el postigo de tu vida y allí está: es un hilo suave de amor que se ha desprendido del sol, en un alarde osado de presencia compartida. En el suelo, junto al rayo de luz anunciador, hay un sobre cerrado. Lo abres y allí está. Es una carta que te dice que vas a ser abuelo. ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Que voy a ser abuelo? ¡Voy a ser abuelo! Y pierdes el sentido.
Después, cuando has conseguido recuperarte lo suficiente como para ser consciente de que la noticia es verdad, te paras en medio de una calle que ya ha desaparecido, porque se ha convertido en rayo de luz. Todavía no sabes si va a ser niño o niña. ¡Qué más da! Aún es pronto para dibujar el camino, para enseñar las veredas de la vida, para compartir los lugares de tus juegos: aquellos soportales que te cobijaban cuando había lluvia; aquellos pasillos del parque que te hacían soñar cuando empezabas a sentir el escalofrío del amor, aquellas calles solitarias y acogedoras, donde jugabas sin temor a que nada ni nadie te rompiera la ilusión del juego.
Y el tiempo va pasando. Y los días se agarran a tus sentidos para que no te duermas. Ya lo sabes: va a ser niña. Cambia el color. Ya te imaginas cómo va a ser la cuna, el cochecito y la silla. Oyes llantos que te saben a gloria, porque son llantos de alguien que está vivo y viviendo. En tu despacho, en ese rincón íntimo donde sueles desparramar tus sensaciones y tus anhelos, cuelgas cientos -qué digo cientos-, ¡miles y millones de ternuras que hacen temblar las puntas de tus dedos, al imaginarte las sensaciones que experimentarán cuando toquen esa cara limpia y pura que todavía no ha nacido!
Te irás preparando para que, cuando llegue el momento de tener que ejercer de abuelo, no tengas que echarte nada en cara. Tiempo tendrás de contarle las cosas que más te han gustado vivir: sensaciones placenteras que envuelven tu existencia. Y llegará un día en el que, sentado en el sillón de tu soledad compartida, habrá un desfile de sensaciones y realidades que llamarán a la puerta de tu ensoñación. Y verás, delante de ti mismo, las caras de tus abuelos mirándote con cariño y los semblantes de tus padres rebosando orgullo y satisfacción, porque ven que no han sido estériles sus ejemplos y enseñanzas. Y pasarán rozando tu consciencia esos momentos con tus hijos, cuando acababan de asomarse al brocal del pozo de la vida. Y te das cuenta de que las cosas tienen fecha de caducidad. Es entonces cuando no te queda más remedio que agarrarte al verso:

Todo pasa en un instante.
Todo pasa en un revuelo.
Sólo te queda la dicha
De poder llegar a abuelo".

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